Aída y Vuelta: volver al barrio, aunque sea por última vez

Aída y Vuelta reimagina el regreso de la serie como una metaficción actual, cariñosa y crítica, que reflexiona sobre la nostalgia, el humor y los cambios sociales actuales. El 30 de enero en cines.

En la era de los comebacks, de los regresos inesperados y de la resurrección constante de productos culturales que, en realidad, no desaparecieron hace tanto tiempo, Aída no podía ser menos. La serie que comenzó su andadura en 2004 como spin-off de 7 vidas y que se despidió en 2015 tras diez temporadas y más de doscientos capítulos, reaparece ahora en nuestras vidas bajo una nueva forma: Aída y Vuelta, la película dirigida y creada por Paco León.

Aída y Vuelta es un regreso que no solo apela a la nostalgia, sino que se pregunta, con inteligencia (e incluso mala leche), por el propio acto de volver (o de seguir).

La premisa de la película es tan sencilla como brillante: no pasó, pero podría haber pasado. El eje narrativo gira en torno a una pregunta tan evidente como irresistible para cualquier seguidor de la serie: ¿qué habría ocurrido si Aída hubiera continuado en emisión hasta nuestros días? A partir de ahí, el filme se desarrolla a lo largo de unos cien minutos durante el rodaje de la última semana de una hipotética temporada de Aída en nuestros días. No estamos, por tanto, ante una continuación clásica ni ante una secuela al uso, sino ante un ejercicio de metaficción consciente, juguetón y sorprendentemente lúcido.

Aída y Vuelta: volver al barrio, aunque sea por última vez

El filme juega con la realidad y la ficción al hacer convivir a los actores con sus personajes sin tratar a estos como simples reliquias del pasado.

El elenco se interpreta a sí mismo: actores, actrices, técnicos y creadores aparecen como lo que son en la vida real, enfrentados a las dinámicas, tensiones y contradicciones del mundo audiovisual contemporáneo. Sin embargo, y aquí reside uno de los grandes aciertos de la película, el guiño a los fans es constante. Volvemos a ver en pantalla a Aída, al Luisma, a Barajas o a Fidel, coexistiendo con sus intérpretes reales en un juego de espejos que nunca se siente gratuito. La película entiende perfectamente que su público no quiere renunciar del todo a los personajes, pero tampoco quiere que se los traten como piezas de museo.

Aída y Vuelta: volver al barrio, aunque sea por última vez

Aída y Vuelta convierte el cariño y la autocrítica del reparto en una conversación directa y honesta con el espectador.

Lo que se palpa desde el primer minuto es un cariño enorme por parte de sus protagonistas, tanto dentro como fuera de la pantalla. Ese afecto funciona como un reflejo, casi como una conversación directa con el espectador. Aída y Vuelta es, en ese sentido, un ejercicio de autoconsciencia brillante, donde los actores llegan incluso a reflexionar sobre sus propios roles en la serie y en sus carreras. ¿Han sido los actores que querían ser? ¿Se han acomodado demasiado en unos personajes que les dieron todo, pero que también los encasillaron? Estas preguntas, lejos de resultar solemnes, se integran de forma natural en el tono de comedia y acompañan al espectador mientras los minutos avanzan.

Aída y Vuelta: volver al barrio, aunque sea por última vez

Regresar a Esperanza Sur es como volver a un barrio conocido: todo resulta familiar, cercano y emocionalmente reconfortante.

Además, hay algo profundamente reconfortante en tenerlos de vuelta. Resulta incluso entrañable reencontrarse con ellos en la pantalla —esta vez, en la gran pantalla— y comprobar que siguen ahí, con sus miserias, su humor y su humanidad intactos. Supongo que porque, después de tantos años, una parte de nosotros se siente un vecino más de Esperanza Sur. Volver a ver a esa gente es como volver a un barrio que ya no pisas, pero que reconoces al instante: las caras, los tonos, las dinámicas. Y durante un rato, todo vuelve a estar en su sitio.

Aída y Vuelta: volver al barrio, aunque sea por última vez

La ausencia de Lorena se integra con naturalidad, sin dramatismos ni explicaciones forzadas, demostrando la solidez del conjunto.

La única ausencia destacable es la de Ana Polvorosa, la inolvidable Lorena García. Su falta podría haber pesado más, pero la película consigue rellenar tan bien los huecos narrativos y emocionales que incluso resulta difícil notar su ausencia. Lejos de convertirse en un vacío incómodo, su no presencia se asume con naturalidad, sin subrayados innecesarios ni explicaciones forzadas.

Aída y Vuelta: volver al barrio, aunque sea por última vezCanco Rodríguez.

La película se pregunta si Aída puede sobrevivir al presente sin traicionar su esencia, aceptando su valor como cápsula del tiempo.

En esta nueva entrega de la serie que nos adentra de nuevo en el barrio madrileño de Esperanza Sur, los años 2020 acechan constantemente a Aída. El filme se pregunta sin rodeos si la familia de los García y su entorno han pasado de moda. ¿Deberían cambiar sus chistes? ¿Ser más políticamente correctos en una era donde, por suerte, ya no se sale impune ante  determinados comentarios? ¿Seguiría siendo Aída si se sometiera a una autocensura constante? La película no ofrece respuestas cerradas, pero sí plantea el conflicto con honestidad. De alguna manera, Aída funciona como su propia cápsula del tiempo, y ahí reside buena parte de su valor: es un producto de su época que, precisamente por no intentar actualizarse artificialmente, se ha convertido en un clásico contemporáneo y en una serie de culto.

Aída y Vuelta: volver al barrio, aunque sea por última vezPaco León.

Paco León firma un regreso original que huye de la nostalgia fácil y protege a los personajes de la incoherencia y la decepción.

El regreso es, además, extraordinariamente original y totalmente a la altura de su creador. Paco León apuesta por un enfoque nuevo que le otorga a la cinta un aire fresco y la desvincula por completo de otros retornos recientes, mucho más movidos por la nostalgia que por una verdadera necesidad creativa. Esta decisión hace que la película sea prácticamente inmune a los temidos out of character, a los personajes irreconocibles, a los agujeros de guion y, en consecuencia, a la decepción de los fans. Aquí todo está pensado desde el respeto, pero también desde la ironía.

Aída y Vuelta: volver al barrio, aunque sea por última vezCarmen Machi.

Más allá del homenaje, la película ofrece una sátira mordaz del presente y reafirma a Aída como espejo deformante de la sociedad española.

Más allá del homenaje, Aída y Vuelta se convierte en una crítica afilada de la sociedad actual. Desde el impacto de la inteligencia artificial —y sus evidentes lagunas, al menos por ahora— hasta los límites del humor y la dureza del mundo del espectáculo. La película no deja títere con cabeza. La sátira se apoya en referencias muy recientes que resuenan con fuerza: Pedro Sánchez, Carlos Vermut, La isla de las tentaciones… Elementos que sitúan la historia en el presente sin que ello resulte impostado, reforzando la sensación de que Aída siempre ha sido, en el fondo, un espejo deformante de la realidad española.

Aída y Vuelta: volver al barrio, aunque sea por última vez

Aída y Vuelta funciona como un cierre honesto: un regreso que no busca quedarse, pero sí decir algo que merecía ser dicho.

Quizás todo esto sea suficiente para avivar la llama de Aída y para que se empiece a barajar la posibilidad de más contenido bajo esta etiqueta, perteneciente ya al imaginario colectivo de varias generaciones. Sin embargo, la propia película parece consciente de que, a veces, es mejor que las cosas se queden tal y como están. Celebrar que terminaron a su debido tiempo también es una forma de honrar su legado. Aída y Vuelta funciona así como un cierre alternativo, inteligente y honesto. Un regreso que no pide quedarse, pero que demuestra que, cuando se vuelve con algo que decir, siempre merece la pena hacerlo.