
La reapertura del Café Gijón tras su adquisición por la empresa mallorquina Grupo Cappuccino no hace sino reafirmar que en Madrid se apuesta cada vez más por el turista internacional con poder adquisitivo, en detrimento de la vida de barrio y del respeto por las tradiciones y la riqueza cultural de lo que en su día fue un insigne referente de la literatura, el arte y la historia de nuestro país.
Donde en otro tiempo el recinto, fundado en 1888, fue escenario vivo de La colmena, tanto en la página como en la pantalla; donde José Sacristán –en la piel de Martín Marco– departía con sus contertulios entre las luces y miserias de la sociedad de posguerra; y donde autores como Camilo José Cela, Ramón del Valle-Inclán, Federico García Lorca, Pío Baroja o Benito Pérez Galdós convirtieron el espacio en punto de confluencia intelectual al calor de chocolates, churros, callos o cocidos, hoy, con la reapertura del Café Gijón, el viejo ritual ha sido sustituido por una liturgia bien distinta. Platos impersonales, precios exorbitantes y una cuenta que, además de cobrar, instruye, con un service not included y un suggested gratuity que indican al cliente qué cantidad añadir como propina según porcentajes prefijados –5%, 10% o 15%–, al más puro, impropio e innecesario estilo estadounidense.

La nueva carta y sus precios
Como se apuntaba, la nueva carta es totalmente ajena al legado del antiguo Café Gijón: recetas sin alma, replicables en tantos establecimientos orientados al turismo de paso. Una Pizza Margherita alcanza la friolera de 24 €, mientras que un Sándwich de salmón ahumado se dispara hasta los 28 €. Ni siquiera una Ensalada Caesar con pollo a la brasa escapa a la lógica inflacionaria: 22 € en formato ¡tapa! y 30,45 € en ración. Si se examina la oferta de sushi, el desconcierto se multiplica aún más: un Assorted Sushi XL de 16 piezas, que incluye Spicy tuna roll y Snow crab California roll, cuesta nada menos que 63 €.




En contraste, lo más económico –si cabe emplear tal término– se reduce a una Crema orgánica de calabaza y zanahoria por 12,60 € o a unas Croquetas de jamón ibérico, uno de los escasos vestigios de la cocina nacional, por 16 €. Los postres no atenúan la impresión general: crepes como el de frutos rojos con nata y helado se sitúan en los 22 €, y aunque las tartas resultan algo más baratas –Pastel de zanahoria y nueces (11,50 €) o Tarta de manzana con nata montada (11 €)–, no consiguen disimular que la propuesta sigue orientada a bolsillos y gustos desvinculados de la realidad local.
No obstante, para ser justos, parte de la sección líquida no difiere en exceso de la que puede encontrarse en otros comercios de la Villa y Corte: cócteles, con o sin alcohol, que oscilan entre los 14 y los 16 €, como la Japanese Caipirinha, con ginebra, azúcar moreno y kumquats, o el denominado Barman Special, elaborado a base de zumo de naranja, fresas naturales y plátano.
*Al final de este artículo puedes ver la carta completa de platos y vinos.
Una reforma respetuosa para la reapertura del Café Gijón
Como aspecto positivo, la reapertura del Café Gijón incluye una programación a la altura de su nombre: arte, literatura, cine y música, con pianista cada tarde y, ya entrada la noche, voz en directo. Además, la reforma ha sido, al menos, respetuosa, ya que el comedor sigue reconociéndose en sus espejos, cuadros, madera oscura, mármol y luz cálida.

El sótano, aún no abierto al público, se está restaurando con fidelidad a su configuración original, según nos dicen. Se trata de una estancia de notable relevancia dentro de la arquitectura española, obra de Francisco de Inza, más conocido como Curro Inza (1929-1976), figura indiscutible de la “tercera generación de la posguerra” y perteneciente a la célebre promoción de 1959.
¿Quién fue Curro Inza?
Inza no fue solo arquitecto. Fue, en el sentido más pleno, un hombre de cultura. Versátil, inquieto, con una inteligencia que desbordaba los márgenes de la disciplina, cultivó tanto las letras como las formas de expresión plástica. Se formó en Filosofía y Letras, así como en dibujo y pintura mural en Bellas Artes, y publicó cuentos y poemas. En su caso, su cargo principal nunca se separó del escritor ni del artífice, pues todas sus facetas confluían en una misma conciencia creativa, personal y humanista que ennoblecía incluso los encargos en apariencia humildes.
Con tan solo 33 años, en 1962, proyectó el sótano del Gijón a partir de su primitiva bodega, transformándola en restaurante. Se enfrentó así a una intervención –el revestimiento– que en aquella época se tenía por menor. Su propuesta consistió en envolver el espacio por completo con madera de roble –suelo, paredes y techo–, como si el lugar se cubriera con una única piel, un “jersey” que disolvía los límites convencionales del interiorismo.

Inza planteó el diseño como una continuidad de vetas, a fin de que el enclave se leyera sin cortes. Ante la imposibilidad de mantener esa uniformidad, decidió sacar partido a las irregularidades, resaltándolas con nudos de nogal que generaban pequeñas variaciones visibles y asumían la imperfección como una encantadora cualidad.
Aquella ejecución le abrió las puertas internacionales y perfiló su manera de trabajar, apoyada en materiales modestos tratados con suma destreza y delicadeza. En 1968, dejó la revista Arquitectura para enseñar en Pamplona, donde, con un método socrático, marcó a toda una generación antes de morir prematuramente a los 47 años.