
Las Líneas Discontinuas es una película sobre los encuentros que no estaban previstos, pero que llegan en el momento justo. El próximo 20 de febrero estreno en cines de España.
Las Líneas Discontinuas es una película pequeña solo en apariencia. Bajo una premisa casi anecdótica —una mujer que vuelve a casa y se encuentra a un ladrón dormido en su cama—, Anxos Fazán construye un relato íntimo y profundamente humano sobre los encuentros inesperados, los momentos de suspensión en la vida y la capacidad que tienen las casualidades para reordenar nuestro mapa interior.
Las Líneas Discontinuas se sitúa en ese territorio delicado donde lo cotidiano se quiebra ligeramente y, a través de esa grieta, entra la posibilidad de cambio.
Bea, una mujer de 50 años en pleno proceso de separación, se enfrenta al desmantelamiento simbólico y real de su vida: abandonar la casa que ha sido su hogar durante dos décadas no es solo una mudanza, es una renuncia forzada a una identidad construida durante años. Denís, por su parte, es un chico trans de 28 años que sobrevive en la precariedad laboral pese a su formación académica y que empieza a plantearse la emigración como única salida posible para poder desarrollarse como músico y como profesional. El choque entre ambos mundos no nace del conflicto, sino del reconocimiento: dos vidas detenidas en un punto de inflexión que, durante tres días, se acompañan sin saber muy bien por qué.

La identidad de Denís se muestra con una naturalidad tan sencilla como revolucionaria.
Uno de los grandes aciertos de Las Líneas Discontinuas es la forma en la que presenta a Denís. Su identidad trans no es el centro de su arco narrativo ni el motor de ningún conflicto dramático. Fazán huye conscientemente del subrayado, del didactismo y del trauma como único marco posible para los personajes trans. Denís es, ante todo, un joven precario, sensible, creativo y cansado. Su identidad se muestra con la naturalidad más absoluta, integrada en el relato sin necesidad de explicación ni justificación, algo que resulta tan sencillo como revolucionario en el contexto audiovisual actual.

No son madre e hijo ni amantes: son exactamente lo que el otro necesita.
La diferencia generacional entre Bea y Denís es evidente, pero nunca se convierte en un obstáculo. Al contrario, la película encuentra en esa distancia una zona fértil de intercambio. Ella carga con el peso de los años vividos dentro de una estructura que ahora se desmorona; él, con la frustración de un futuro que no termina de arrancar. No son madre e hijo, ni amantes, ni amigos (o al menos, en un sentido convencional). Son exactamente lo que el otro necesita en ese momento concreto. La película entiende este vínculo desde la horizontalidad y el respeto mutuo, evitando etiquetas que limiten su complejidad.

Durante tres días, la vida se convierte en un paréntesis emocional.
Durante los tres días que pasan juntos, el relato se transforma en una especie de paréntesis vital. Un oasis en medio de rutinas asfixiantes que los tenían muy contenidos, casi anestesiados. Ese tiempo compartido los despoja de la cotidianidad que los definía y los empuja hacia un ejercicio de autoconsciencia. No ocurre nada extraordinario en términos de acción, pero sucede todo a nivel emocional. Fazán apuesta por el tempo pausado, por los silencios, por las conversaciones que parecen triviales y que, sin embargo, van dejando poso.

A veces basta con ser visto por otro para empezar a verse a uno mismo.
Es precisamente en esas conversaciones donde Las Líneas Discontinuas encuentra su mayor potencia. Los diálogos funcionan como un espejo: Bea y Denís se ven reflejados en el otro, reconocen sus miedos, sus deseos aplazados, sus renuncias. En ese reflejo comprenden, quizás por primera vez con claridad, el rumbo que deberían tomar sus vidas. No se trata de grandes revelaciones ni de discursos solemnes, sino de pequeñas epifanías que nacen de la escucha y del tiempo compartido. La película entiende que a veces basta con ser visto por alguien ajeno para empezar a verse a uno mismo.

El encuentro es fruto del azar, pero su impacto es profundamente transformador.
En el fondo, Las Líneas Discontinuas habla de cómo las pequeñas casualidades pueden dar sentido a nuestra existencia. El encuentro entre Bea y Denís es fruto del azar, pero su impacto es profundamente transformador. Fazán sugiere que esos cruces inesperados —breves, intensos, irrepetibles— pueden convertirse en el impulso que necesitamos para dar un giro a nuestras vidas, aunque ese giro no sea inmediato ni espectacular. La película no promete soluciones cerradas, sino movimiento, apertura.

Soltar es aceptar que la vida también se construye desde lo inesperado.
Esta idea conecta directamente con la reflexión central del filme: Las Líneas Discontinuas va, en última instancia, sobre aprender a soltar. Soltar las certezas, las estructuras que ya no sostienen, las expectativas que nos inmovilizan. Bea debe soltar una vida que ya no le pertenece; Denís, la idea de un futuro lineal y estable que el sistema no le ofrece. Ambos aprenden, durante esos días compartidos, a abrirse a lo inesperado, a aceptar que la vida no se construye solo desde el control, sino también desde la disponibilidad a lo que venga. Y ahí reside, precisamente, la gracia de vivir: en abrazar lo que llega, incluso cuando no estaba en los planes.
Directora y protagonistas en un momento del rodaje.
La crisis vital no es patrimonio exclusivo de la juventud.
Resulta especialmente interesante, y quizás arriesgado en los tiempos que corren, que el centro emocional del relato sea una mujer de mediana edad. El cine suele relegar a las mujeres de más de cuarenta a roles secundarios, maternales o invisibles. Aquí, Bea ocupa el eje narrativo desde su vulnerabilidad, su cansancio y su deseo de recomponerse. Fazán la mira sin paternalismo ni condescendencia, entendiendo que la crisis vital no es patrimonio exclusivo de la juventud. Al mismo tiempo, la película retrata con honestidad la precariedad de las nuevas generaciones: Denís, pese a su formación, no encuentra un trabajo digno y contempla la posibilidad de irse al extranjero para poder labrarse un futuro mejor y continuar su carrera musical.

La cámara observa, espera y respeta la intimidad del relato.
Formalmente, Las Líneas Discontinuas acompaña su discurso con una puesta en escena sobria y contenida, que refuerza la intimidad del relato. La casa, espacio central de la acción, se convierte en un territorio de tránsito, casi suspendido en el tiempo, donde todo puede replantearse. No hay artificios innecesarios: la cámara observa, espera, respeta. Esa coherencia entre forma y fondo es una de las grandes virtudes del filme.
Las Líneas Discontinuas es una película sobre los encuentros que no estaban previstos, pero que llegan en el momento justo. Sobre la necesidad de soltar para poder avanzar y sobre la valentía de abrirse a lo inesperado. Anxos Fazán firma una obra sensible y honesta, que confía en la fuerza de lo pequeño y en la potencia transformadora de la escucha. Una película que nos recuerda que, a veces, aceptar la discontinuidad es la única manera de encontrar sentido al camino.