
No hay cuerpo sin gravedad, por eso la performer Florentina Holzinger lleva dos décadas demostrándolo haciendo de su danza una especie de caída libre.
Desde su explosivo debut, la vienesa Florentina Holzinger ha desmantelado las fronteras entre lo sagrado y lo profano, convirtiendo el escenario en un laboratorio de carnalidad radical. Su obra, colisión visceral de ballet, riesgo y culturismo reclama el cuerpo femenino frente a la mirada ajena, y lo transforma en un lugar de poder soberano y precisión técnica.
Imagen de portada: Ophelia’s Got Talent © Bahar Kaygusuz
Sancta © Mayra Wallraff
De las suspensiones aéreas a las aguas residuales, la estética de la coreógrafa austriaca Florentina Holzinger (Viena, 1986) es de una brutalidad bella y de un rigor intelectual implacable. Mientras prepara Seaworld Venice para el Pabellón de Austria en la Bienal de Arte de Venecia de este año, hablamos con ella sobre cuerpos, sobre infiltración disciplinar y sobre el privilegio de no pedir permiso. También sobre volar, y sobre la certeza de que todo lo que sube termina bajando, y en su caso, estrepitosamente.
Retrato de Florentina Holzinger. Foto: Katia Wik
Creciste en una familia ajena al mundo artístico. ¿De dónde surge esa pulsión hacia una práctica tan física y radical?
Florentina Holzinger: Supongo que, en última instancia, viene de una sensación de desconexión total con mi propio cuerpo cuando era niña y me convertía en adulta. La danza se abrió para mí como algo milagroso, una práctica mágica que me permitió conectar conmigo misma y expresarme a través de ella. De repente podía entender mi cuerpo no como un enemigo, sino como una historia de amor. Más tarde comprendí cuánto poder alberga el cuerpo, y esta es mi investigación en curso, entender el cuerpo y, a través de él, entender qué significa ser humana, qué significa ser una persona entre muchas.
A Divine Comedy © Nicole Marianna Wytyczak
Vienes de la coreografía y el teatro, pero tu trabajo siempre ha tensionado el formato escénico. Tras el éxito temprano de Silk en 2012, ¿cuándo entendiste que el white cube también podía ser tu territorio?
Florentina Holzinger: Kein Applaus fuer Scheisse (No aplaudas la mierda) fue nuestro primer espectáculo con una gran gira internacional (lo hicimos en 2011). Supongo que el nombre del espectáculo lo dice todo. Lo hice sin la sensación de deberle nada a nadie más que a mí misma y a mi colaboradora de entonces. Un trabajo que no buscaba agradar a la gente ni hacer que nos quisieran más; que nos parecía emocionante para nosotras y que nos haría querernos más entre nosotras. Aprendí mucho creando arte desde ese sentimiento de curiosidad, pasión y actitud de “que se joda todo”. Literalmente no había ninguna diferencia entre lo personal y lo público; todo lo que ocurría en escena era personal. Nos tomamos muchísima libertad en nuestra interpretación sobre lo que debía mostrarse en un escenario y quién pertenecía.
Sancta © Nicole Marianna Wytyczak
Estudiaste en el SNDO en Ámsterdam. ¿Qué conservas de esa formación y qué tuviste que desaprender?
Florentina Holzinger: Fue la única escuela de danza que me aceptó en ese momento. Más tarde entendí por qué: en realidad no era una escuela de danza, sino una escuela de coreografía. ¿Qué significa siquiera coreografía? Supongo que cuerpos moviéndose en el tiempo y el espacio… Odiaba la escuela porque no estaba sudando, entrenando y aprendiendo técnica. En lugar de eso, la escuela me obligaba a pensar. A menudo es ligeramente incómodo pensar demasiado. Pero a partir de esa frustración y de esa pequeña desesperación y decepción empecé a crear obras, y de repente eso se convirtió en algo que realmente empecé a disfrutar: hacer algo de la nada.
La escuela tenía un enfoque extremadamente abierto sobre “qué es la danza”. Creo que eso me impulsó hacia la disciplina, el rigor y una cierta actitud atlética después de mis estudios, y eso me catapultó directamente al mundo del ballet. Hice muchos espectáculos que llamaría “ballet” y que estaban inspirados en esa práctica específica; sí, me inspiró y me provocó. En general, he aprendido y desaprendido mucho en los últimos veinte años y mi cuerpo ha atravesado muchas transformaciones. Me gusta expandirme hacia zonas extremas y explorar los opuestos. Mi formación en danza está llena de yuxtaposiciones que, de una manera extraña o con el tiempo, empiezan a tener sentido. Experimento la vida de una manera similar, y ese es también el mundo que me gusta llevar al escenario.
Sancta © Nicole Marianna WytyczakSancta
Has trabajado con ballet, culturismo, circo y ópera. ¿Te interesa la fricción entre disciplinas o sabotearlas desde dentro?
Florentina Holzinger: Más que la diferencia entre disciplinas, me intrigan sus puntos en común y el desdibujamiento de ciertos límites. Por ejemplo, todavía existe esa línea entre alta y baja cultura: en el mundo de las artes escénicas sería el ballet o la ópera, incluso el teatro de vanguardia, frente al mundo de la cultura pop, el espectáculo, el deporte o el porno, cada uno con su propia “versión” de cuerpos mercantilizados representados.
Intentamos “sacudir” a las instituciones fuera de sus hábitos, mezclarlo todo y llevar a la gente a un lugar ambiguo, donde puedan reflexionar sobre sus propias expectativas, comportamientos y moral. Cuando lo que estamos viendo no está exactamente claro para nosotras, se vuelve interesante para mí, especialmente en los lugares del llamado arte elevado. Tenemos el privilegio de infiltrarnos ahí, y lo tomo casi como una obligación desafiar los hábitos de esos lugares. Quiero decir, “obligación” suena quizá demasiado forzado; simplemente es lo que nos divierte a mí y a mi equipo.
Sancta © Nicole Marianna Wytyczak
Dado el legado del Accionismo Vienés y, en el contexto español, es inevitable pensar en La Fura dels Baus y en su uso de los cuerpos, el riesgo y la maquinaria. ¿Conoces su trabajo? Y, si es así, ¿sientes afinidad, distancia o una ruptura con esa genealogía?
Florentina Holzinger: Conozco absolutamente su trabajo, aunque, admito, nunca vi nada en directo. Lo que vi online o lo que he oído de ellos me encanta. Obviamente soy de otra generación, pero valoro y analizo mucho lo que vino antes que yo. Me encanta sumergirme en los archivos de la danza o el teatro y dejar que eso informe el trabajo.
Mi trabajo trata mucho del aquí y ahora, del contexto contemporáneo, de ese momento vivido en el tiempo que todas compartimos. Pero ese momento nunca sucedería sin un antes. ¿Qué significa que ciertas narrativas e historias se vuelvan a contar en la historia humana? ¿Quién puede escribirlas y reescribirlas? Percibo la historia como algo que evoluciona en círculos, en repeticiones interminables, con pequeños cambios que tienen el poder de cambiar completamente el rumbo.
Sancta © Mayra Wallraff
¿Cómo desarrollas tus performances? ¿Trabajas con el mismo equipo o realizas audiciones para cada proyecto?
Florentina Holzinger: Tengo muchos cómplices que llevan muchos, muchos años vinculados a mi trabajo y lo moldean activamente. Sin esas personas no existiría nada de esto. Sigo valorando lo personal y lo apasionado en mi trabajo. Necesito amigos y familia como entorno para trabajar, porque eso suele implicar un nivel de confianza y comodidad. Pasamos tanto tiempo juntas que tiene que gustarnos, si no, no tendría ningún sentido.
No es un equipo fijo ni una compañía ni nada por el estilo. La gente hace todo tipo de cosas. Pero me gusta trabajar con personas por segunda, tercera, cuarta vez, y entonces se convierten en familia y podemos profundizar realmente en la materia juntas. Amplío el equipo según los proyectos; a menudo busco cosas muy específicas. No soy fan de los castings, pero me ha pasado.
A Divine Comedy © Katja Illner
En tu trabajo, el cuerpo nunca es metáfora: es material. A menudo se dice que, para ti, el riesgo físico no está ahí para impresionar al público, sino para producir conocimiento. ¿Cómo negocias la responsabilidad y el cuidado cuando trabajas con esa intensidad física?
Florentina Holzinger: Nuestro trabajo es muy físico, pero también lo es el de la mayoría de bailarines que conozco. Supongo que la diferencia es que con nosotras la gente viene de todos los ámbitos de la vida, no solo de la danza o el deporte… Aun así, diría que la mayoría llega a un proyecto con una práctica determinada. Compartir esas prácticas es un aspecto fuerte de muchas de las obras. A menudo representamos situaciones de enseñanza de manera bastante literal en el escenario. Tengo a muchos de mis antiguos profesores en el elenco.
Tenemos una actitud muy seria hacia el entrenamiento como preparación, y eso nos da total confianza en el momento del espectáculo. Se dedica mucho tiempo durante el proceso a que ciertas cosas ocurran de una buena manera. Con la preparación adecuada, la experiencia y el cuidado posterior, todo es posible.
Ophelia’s Got Talent © Nicole Marianna Wytyczak
En algunas de tus producciones recientes, como Tanz (2020), los bailarines son suspendidos en el aire por el pelo o mediante ganchos que atraviesan su carne, y en Ophelia’s Got Talent (2022) se elevan objetos pesados como un helicóptero. ¿Qué es lo que te atrae del espacio aéreo?
Florentina Holzinger: Supongo que cierta obsesión con la gravedad. Trabajar con ella y contra ella es esencial en la danza. Mi principal motivación para querer convertirme en bailarina, supongo, era en última instancia aprender a volar; si no, ¿por qué dedicarle toda una vida? Mi fascinación por la punta también tenía que ver inicialmente con que minimiza el contacto entre el cuerpo y el suelo. Eso nos dio muchos arquetipos femeninos etéreos, histéricos, desarraigados.
Pero, con toda la mirada crítica, seamos honestas: ¿quién no quiere volar? En fin, lo que sube tiene que bajar en algún momento, y con nosotras suele ser con estruendo.
Tanz © Nada Žgank. Cortesía de City of Women, 25º Festival Internacional de Arte Contemporáneo
Gran parte de tu trabajo expone cómo los cuerpos son disciplinados por distintos sistemas. ¿Qué estructura de poder sientes que aún no has mostrado sobre el escenario?
Florentina Holzinger: Muchas, pero debo admitir que, en un momento en el que parece que estamos perdiendo financiación cultural en muchos lugares, y que ese dinero va directamente a instituciones militares, eso empezó a interesarme como estructura.
Sancta © Mathias Baus. Cortesía Opera Stuttgart
Dentro de unos meses representarás a Austria en la Bienal de Venecia. Mientras preparabas Sancta (2024), empezaste a asistir de nuevo a misa y la describiste como “una experiencia extremadamente posmoderna”. Sancta y el catolicismo comparten la idea de que la alegría y el dolor están íntimamente conectados, y de que quienes sufren encontrarán redención. Esta pieza es también tu primera ópera: aborda la irrupción de la libido femenina reprimida y explora las afinidades entre una institución conservadora y subculturas aparentemente impías como el BDSM o las comunidades kink. Aunque se trate de otro proyecto, ¿cómo resuena para ti presentar tu trabajo en este contexto?
Florentina Holzinger: El Pabellón Austriaco fue concebido por su arquitecto, Josef Hoffmann, como un “templo del arte”. Tiene muchas similitudes con la disposición de una iglesia moderna y fue pensado como un edificio sagrado donde el arte debía aparecer como reliquia. El fascismo también tiene esos atributos modernos: limpio, blanco, simétrico, progreso a través de la belleza. Diría que hay algunas sombras proyectadas sobre estos muros blancos.
La historia del pabellón es inspiradora, como lo es la ciudad de Venecia: un lugar paradójico, tipo Disneylandia, inundado de agua, turistas y arte, en un esfuerzo constante por hacer invisibles sus huellas. Todo esto “fluye” hacia nuestra presentación en el pabellón. Nos referimos a ella como un tríptico: un edificio sagrado, un parque temático submarino y, sobre todo, una planta de tratamiento de aguas residuales.
A Year without Summer © Nicole Marianna Wytyczak
Venecia es una ciudad construida sobre el agua y sostenida por una ingeniería constante. ¿Te interesa más el agua como sistema biopolítico que como símbolo ecológico? ¿Su fragilidad o su condición de maquinaria turística?
Florentina Holzinger: Todos esos aspectos me interesan. Venecia es un lugar donde podemos ver exactamente el impacto que la actividad humana tiene sobre el entorno. El nivel del agua está subiendo, las inundaciones aumentan en número; la ciudad hundida no es solo un mito aquí. Las soluciones son cortoplacistas y generan más problemas, como la construcción del MOSE (Modulo Sperimentale Elettromeccanico), que destruyó todo un ecosistema, o la creación del polo industrial de Marghera, que hizo que la clase trabajadora abandonara la ciudad y la dejara completamente en manos del sector servicios: una ciudad hecha para turistas de un día.
El agua juega un papel tan importante aquí. Y también es el material del que están hechos los mitos: historias de sirenas, melusinas y Ofelias. Muchos artistas —incluida yo misma— y muchas obras se han inspirado en la belleza de Venecia y en su atmósfera de fin de los tiempos, lo cual no les impidió participar en su ruina.
A Year without Summer © Nicole Marianna Wytyczak
Hablas de un “organismo maquínico” habitado por performers durante meses. ¿Cómo se sostiene esa dimensión performativa a lo largo de la larga duración de una bienal?
Florentina Holzinger: Lo vemos prácticamente como “mudarnos al pabellón”. Literalmente lo ocupamos y lo habitamos. Todo el equipo fluirá lentamente a través del pabellón. Estamos en una especie de sistema rotativo, pasándonos la antorcha unas a otras durante toda la duración.

Ambas: A Year without Summer © Nicole Marianna Wytyczak
En el teatro, el tiempo se compone dramatúrgicamente, mientras que en la Bienale el público entra y sale del espacio. ¿Cómo se coreografía ese flujo similar a un intermedio? ¿Qué se pierde y qué se gana cuando la obra se instala durante seis meses en un formato de exposición?
Florentina Holzinger: Estar en ese espacio indefinido —indefinido en términos de duración del compromiso, espectador móvil, etc.— es un desafío tanto para los performers como para el público. Las líneas se difuminarán definitivamente entre lo que está escenificado y lo que no. Eso me entusiasma mucho: en el teatro parece que tenemos más control sobre una situación, pero eso también significa que la mayoría del tiempo es “luces fuera”, “siéntense” y “cállense” para el público. Aquí las luces del público están encendidas todo el tiempo. Es un gran cambio de dinámica y seguramente producirá nuevas experiencias y aprendizajes para nosotras.
Harbour Étude © Nayara Leite. Cortesía de BergenKunsthall
Los Études, que has estado desarrollando desde 2020, activarán la ciudad y la laguna. ¿Qué cambia cuando la obra abandona el pabellón y entra en los espacios públicos?
Florentina Holzinger: Las Études siempre fueron una forma de salir del ámbito del teatro y entrar en el mundo real. En el fondo, lo que echaba de menos en el teatro era la naturaleza, o también la ciudad sucia, maloliente y su gente. Nos permite contextualizar los temas del trabajo de otra manera. Dejamos lo artificial y interactuamos “puramente” con lo que encontramos en un lugar, desprovisto de maquinaria teatral o narrativas. En el contexto de Venecia era muy importante para mí salir de los Giardini, salir de la Bienal, trabajar realmente con y en la ciudad y en su laguna.
Harbour Étude © Nayara Leite. Cortesía de BergenKunsthall
Si Seaworld Venice funciona como un escenario apocalíptico que ya está aquí, ¿dónde sitúas la posibilidad de transformación: en el cuerpo, en la tecnología o en la imaginación colectiva?
Florentina Holzinger: Veo el pabellón en un estado de transformación constante. Al fin y al cabo, es una planta de tratamiento de aguas residuales. Es maquínico en el sentido de que la materia se transforma constantemente: de limpia a sucia, de sagrada a profana y de vuelta, en ciclos interminables.
El cuerpo está en un estado constante de adaptación. Adaptándose a la tecnología, adaptándose a la naturaleza, adaptándose a las crisis, adaptándose a otras personas, adaptándose al paso del tiempo. Y también, obviamente, se impone sobre la naturaleza y los cuerpos, desarrolla tecnología, crea violencia y caos.
En nuestro “templo del arte” todas estas dinámicas se han convertido en una especie de acciones rituales y sus consecuencias. Y también hay una especie de gesto de sacrificio presente, que tiene el potencial de expandirse hacia el público. Digamos que incluso hay espacio para la reflexión y la penitencia. Se supone que los rituales purifican, al fin y al cabo, que aportan estructura a la materia que está “fuera de orden”.
Harbour Étude © Nayara Leite. Cortesía de BergenKunsthall
La escala de producción debe ser mayor que en una pieza teatral. ¿Qué has tenido que aprender —o delegar— para operar a un nivel institucional y arquitectónico?
Florentina Holzinger: No se puede comparar realmente, es muy diferente. La duración es claramente distinta y el hecho de que todo tenga que hacerse desde cero. No hay infraestructura teatral preparada para acomodar ciertas necesidades que surgen con la “performance”. El espacio es bastante inadecuado para la performance y, en general, una idea bastante mala en todos los niveles; nada económica en absoluto.
Por suerte, nos gustan las situaciones difíciles, y el trabajo se alimenta de ellas. Es la única manera de que tenga sentido. En términos de espacio es el espacio más pequeño que hemos tenido nunca; de hecho es más difícil alcanzar el impacto visual de nuestros espectáculos escénicos en esas pequeñas salas blancas. Pero, sin duda, eso genera una cierta cercanía e intimidad. La gente realmente entra en nuestro mundo.
Disappearing Berlin, Étude for Disappearing. © Silke Briel. Cortesía Schinkel Pavillon Berlín
Proyectos futuros
Tenemos cosas emocionantes previstas para el próximo año, para continuar nuestra incursión en el mundo de la ópera. Me encantan las posibilidades del teatro musical. Trataremos un tema demoníaco, que todavía no quiero revelar. Intentaremos conquistar al demonio a través de la música y la danza. Estoy muy emocionada con eso.
Étude for Church © Mayra Wallraff
Todas las fotos cortesía Florentina Holzinger ©
Más info sobre Florentina y sus siguientes performances aquí.
Ophelia’s Got Talent © Nicole Marianna Wytyczak