
Primero se hizo hueco en Trafalgar y San Joaquín; ahora da el salto al Hotel Thompson. La Barra de Ultramarines continúa creciendo en Madrid de la mano de El Grupo Lamucca.
Pese a su nueva ubicación en un exclusivo alojamiento de cinco estrellas del centro de la capital, La Barra de Ultramarines no ha perdido el norte. Su propósito sigue siendo el de ensalzar el bar de toda la vida. Allí se tapea, se comparten platillos tradicionales con producto de calidad y se disfruta sin esa presión tan extendida, por desgracia, de tener que abandonar la mesa o el taburete antes de tiempo, con camareros al acecho para que tu sitio lo ocupe el siguiente comensal.

La carta tradicional de La Barra de Ultramarines
La carta habla en castellano castizo, sin rastro alguno de acento extranjero. Desde Gildas (3,5 €), Croquetas de jamón (10 €), Ensaladilla rusa (9 €) o Boquerones en vinagre (9,5 €), hasta Torreznos (8,5 €), Oreja brava (10 €) o Calamares a la andaluza (9 €). Hay plato hondo para los Callos a la madrileña (10 €) y guisos de los de mojar pan: Albóndigas al Jerez (12 €) o Rabo de vaca vieja con puré de patatas (17,5 €), en compañía de otras opciones.

Calamares a la andaluza.


Gilda con vermú.

Txipirones en su tinta.
Entre medias, chacinas, jamón ibérico, quesos y algún capricho del mar, como los Berberechos a la plancha (16 €) o la Gamba blanca, preparada de la misma manera (14 €). El desenlace, inevitablemente dulce y, por supuesto, casero, puede culminar con flanes y torrijas (6 €), junto a otras tentaciones.
La bodega bebe del mismo espíritu patrio de La Barra de Ultramarines. Un mapa enológico de España con distintas denominaciones y estilos. Del nervio atlántico de los albariños a la elegancia de los godellos, con escalas en garnachas, mencías y referencias de Rioja y Ribera del Duero.

Tortilla de patatas.

Oreja brava.
Un interiorismo que actualiza el bar madrileño
El local revisita el bar madrileño con una sensibilidad actual que esquiva tópicos y rehúye la asepsia moderna. El hormigón visto se mantiene como huella original y encuentra equilibrio en el granito, la madera y el latón, materiales cálidos y atemporales. Mobiliario y luminarias, inspirados en el diseño europeo de mediados del siglo XX, acompañan una intervención gráfica que dota de personalidad a La Barra de Ultramarines sin comprometer la sobriedad buscada.


Albóndigas al Jerez.
Como su propio nombre indica, la barra es el alma del local, el corazón que lo bombea y la pieza que conecta interior y exterior. La cocina, abierta de par en par, muestra manos en acción y platos en marcha, hasta lograr que incluso el cliente deje de ser un mero espectador para sentirse parte del proceso.