La Tarta del Presidente: infancia y miedo bajo la dictadura

La Tarta del Presidente retrata la infancia bajo la dictadura iraquí, donde una simple tarta revela miedo, pobreza y poder absoluto.

Hablar de La Tarta del Presidente es adentrarse en una herida histórica que sigue supurando en la memoria colectiva de Iraq. Resulta complicado poder analizar esta película sin aportar el contexto político y social de las décadas de 1980 y 1990, cuando el país estaba asolado por el régimen de Sadam Hussein.

Un dictador omnipresente que fomentaba de forma exacerbada el culto a su propia imagen, convertido casi en una deidad. Su rostro, su nombre y su figura colonizaban el espacio público, los discursos oficiales, los medios y, de forma especialmente inquietante, las aulas. Tal era así que incluso los más pequeños coreaban su nombre como un mantra, como si la repetición constante pudiera sustituir al pensamiento crítico.

La película recoge este clima opresivo no desde el discurso político directo, sino desde lo cotidiano, desde lo doméstico, desde lo aparentemente insignificante: la mirada de una niña.

La Tarta del Presidente: infancia y miedo bajo la dictadura

Cuando la política invade las aulas, la infancia se convierte en un campo de batalla.

Uno de los síntomas más perturbadores de esta situación es la normalización de lo absurdo. Se llegaba a conmemorar el propio cumpleaños del dictador como una festividad nacional. Un día que marcaba el calendario de todo un país y que se celebraba, incluso, dentro de las escuelas. En este contexto se produce el detonante narrativo del film: un sorteo en las aulas —que no dista demasiado de la lógica de la “cosecha” en Los Juegos del Hambre— donde cada alumno debía aportar algo a la gran celebración estatal. No hay heroicidad ni épica: hay miedo, presión y una violencia simbólica que obliga a colaborar con el régimen. A la protagonista de esta historia, Lamia, por más que intenta escabullirse, le toca el encargo más difícil de todos: la tarta.

La Tarta del Presidente: infancia y miedo bajo la dictadura

La tarta no es un postre: es el símbolo del absurdo y la violencia del poder.

 Y es aquí donde la película despliega uno de sus grandes aciertos narrativos y emocionales: convertir un gesto simple y cotidiano en una odisea. Concebimos entonces la pobreza y la precariedad a la que se enfrentaban las familias iraquíes en esos momentos. Lo que para nosotros podría resolverse en una compra de diez minutos, en un supermercado cualquiera, allí se convierte en una misión imposible. La escasez no es una circunstancia puntual, es un sistema. No hay harina, no hay azúcar, no hay huevos, no hay dinero. Cada ingrediente se transforma en un obstáculo, y cada obstáculo en una prueba moral. La tarta no es solo un objeto: es un símbolo del absurdo del poder, de la desproporción entre lo que se exige y lo que se puede dar, de la violencia estructural que obliga a los más vulnerables a sostener la ficción del régimen.

La Tarta del Presidente: infancia y miedo bajo la dictadura

La escasez no es una circunstancia puntual, es un sistema que lo atraviesa todo.

Al más puro estilo Disney —aunque sin el edulcorante emocional que suele acompañar a ese modelo— Lamia no va sola. La acompaña su fiel gallo, una presencia casi simbólica, que funciona como refugio emocional y anclaje afectivo en medio del caos. Pero La Tarta del Presidente no se queda en la ternura: también se suma a la aventura un compañero de clase conocido por ser carterista, una figura ambigua encarnando la supervivencia en contextos de miseria. No hay buenos ni malos absolutos: hay niños adaptándose a un sistema injusto, aprendiendo a moverse en un entorno hostil. La búsqueda de la tarta se convierte así en una carrera contrarreloj que mezcla tensión, peligro y pequeños destellos de humanidad.

La Tarta del Presidente: infancia y miedo bajo la dictadura

No hay heroísmo ni épica, solo miedo, presión y supervivencia cotidiana.

Asistimos, una vez más, a una película narrada desde los ojos de una niña en su más tierna infancia. No obstante, su corta edad no es sinónimo de ingenuidad. Lamia no es una heroína inocente ni idealizada: es una “buscavidas”, una niña que ha aprendido demasiado pronto cómo funciona el mundo. Aun así, su carácter fuerte no es suficiente para evitar el desasosiego del espectador en más de una ocasión. La vulnerabilidad atraviesa toda la película: cada calle, cada mercado, cada encuentro está cargado de amenaza. Y, sin embargo, a lo largo del metraje vemos cómo, gracias a su ingenio y su valentía, sale airosa de determinadas situaciones. No desde la fantasía, sino desde la inteligencia práctica, desde la adaptación constante, desde una resiliencia forzada por las circunstancias.

La Tarta del Presidente: infancia y miedo bajo la dictadura

Lamia no es una heroína idealizada, es una niña obligada a madurar demasiado pronto.

En paralelo, el film construye otra búsqueda: la de la abuela de Lamia. Enferma, desesperada, frágil, recorre la ciudad intentando localizar a su nieta. Pero su angustia no es solo física, es también moral. A su miedo se le suma el dolor y el sufrimiento generado por la certeza más absoluta de no poder darle lo que necesita. No poder alimentarla, no poder protegerla, no poder garantizarle un futuro. Esta impotencia atraviesa la pantalla y se convierte en una agonía compartida con el espectador. La película no necesita grandes discursos: el sufrimiento se expresa en los silencios, en las miradas, en los cuerpos cansados.

La Tarta del Presidente: infancia y miedo bajo la dictadura

Visualmente, La Tarta del Presidente muestra la precariedad y la miseria tanto en las calles como en las casas. Espacios desnudos, paredes agrietadas, mercados semivacíos, miradas agotadas. Por momentos, se vislumbra una idea de comunidad o colectividad: personas que ayudan, que comparten, que protegen. Pero esa red frágil se desvanece rápidamente ante la presión del miedo, del hambre y del control político. La solidaridad existe, pero es inestable, vulnerable, insuficiente frente a la maquinaria del poder.

La Tarta del Presidente: infancia y miedo bajo la dictadura

El régimen no necesita discursos: se impone desde lo doméstico y lo cotidiano.

Hasan Hadi construye así una película profundamente política sin necesidad de discursos explícitos. Todo se articula desde lo íntimo, desde lo cotidiano, desde una historia mínima que revela una tragedia estructural. No hay grandilocuencia, no hay épica revolucionaria: hay infancia robada, pobreza heredada y dignidad resistiendo como puede.

La Tarta del Presidente: infancia y miedo bajo la dictadura

Lo más inquietante de La Tarta del Presidente es que, aunque nos parezcan realidades absolutamente ajenas y muy lejanas, no lo son. La película nos obliga a mirar de frente una violencia que sigue existiendo bajo otras formas, en otros países, con otros nombres. Nos interpela desde la distancia cultural, pero también desde la universalidad de la infancia, del miedo y del hambre. Porque, desgraciadamente, estas realidades están a la orden del día.

La Tarta del Presidente: infancia y miedo bajo la dictadura

La historia más devastadora puede contarse desde lo mínimo.

La Tarta del Presidente no es solo una película sobre Iraq, ni sobre Sadam Hussein, ni siquiera sobre una niña que busca ingredientes. Es una reflexión sobre cómo el poder atraviesa los cuerpos más pequeños, cómo la política invade lo doméstico y cómo la infancia se convierte en el primer campo de batalla de los sistemas autoritarios. Una obra dura, sensible y profundamente humana que demuestra que, a veces, la historia más devastadora puede contarse a través de algo tan simple —y tan imposible— como una tarta.

La Tarta del PresidenteEstreno en cines el 6 de febrero

La Tarta del Presidente: infancia y miedo bajo la dictadura