Mala Bèstia: cuando crecer se convierte en maldición

Mala Bèstia transforma el cuento tradicional en una inquietante fábula sobre crecer, el miedo al abandono y la violencia silenciosa que impone el mundo adulto.

Mala Béstia se presenta como una de esas películas que no empiezan con una historia, sino con un relato transmitido, casi ritual. Antes incluso de que la narración se asiente, la película se abre con un cuento: unas historias casi legendarias que las más veteranas del orfanato cuentan a Atenea.

Ahí se establece el primer gesto estructural del film, la idea del cuento dentro del cuento, una vertebración narrativa que atraviesa toda la obra y que convierte lo fantástico en un lenguaje emocional antes que en un género.

Porque lo que propone Bárbara Farré no es un cuento dulce ni reconfortante. Es una fábula oscura, donde los relatos sirven tanto para entretener como para disciplinar, para educar y para asustar. En manos de la directora, los cuentos dejan de ser un refugio para convertirse en una herramienta de control sobre las niñas, una forma de moldear conductas, de imponer silencios, de definir qué es ser “buena” y qué es quedar fuera.

En el centro de todo está Atenea, una niña que crece en un orfanato donde la infancia no es un estado, sino una cuenta atrás. Lo que podría leerse como un coming of age se convierte aquí en un relato profundamente atípico: crecer no es descubrir el mundo, sino aprender que el mundo puede expulsarte. Aquí, hacerse mayor implica quedar en tierra de nadie.

Mala Bèstia: cuando crecer se convierte en maldición

El verdadero horror está vertebrado por un sistema profundamente machista

El internado que filma Farré es uno de los más inquietantes del cine reciente, no tanto por su estética como por su lógica interna. No hay un monstruo claro, porque el verdadero horror está vertebrado por un sistema profundamente machista que organiza los cuerpos y sus destinos. Cuando las niñas empiezan a menstruar, pasan a vestir de negro, condenadas al abandono, a ser las últimas de la listas. La infancia termina como sentencia. No hay lugar para las ya no niñas.

Y, es que esta imagen es poderosísima, la menstruación convertida en marca de exclusión. Las niñas que atraviesan ese umbral son trasladadas a la torre más alta del castillo, un espacio reservado para aquellas que ya no pueden ser “salvadas” (adoptadas). El crecimiento deja de ser un proceso natural para convertirse en un mecanismo de expulsión. Y en ese gesto, la película encuentra una de sus ideas más poderosas que vertebra toda la trama. El irremediable miedo a crecer es, en realidad, el miedo a dejar de ser elegible.

Mala Bèstia: cuando crecer se convierte en maldición

Schwinning es el núcleo indiscutible del relato

María Schwinning sostiene el centro emocional de la película con una interpretación que transita entre la fragilidad y una intensidad contenida que nunca cae en el exceso. Su Atenea encarna ese estado liminal permanente, encarnando a una niña que intuye que su lugar en el mundo depende de no evolucionar demasiado rápido. Es una interpretación que, sin duda, la sitúa como una firme candidata a actriz revelación en los Premios Goya.

A su lado, Roger Casamajor e Iria del Río interpretan a los padres de acogida de Atenea. Lejos de cualquier simplificación, aportan el contrapunto adulto de una historia narrada casi por completo desde la mirada infantil. figuras atravesadas por el cariño, la norma y la incapacidad de proteger del todo aquello que desean cuidar.

Mala Bèstia: cuando crecer se convierte en maldición

Farré da la vuelta al cuento tradicional

La película también dialoga con la tradición de los cuentos populares para subvertirla desde dentro. Durante siglos, estos relatos sirvieron para enseñar a las niñas cómo debían comportarse. Las chicas debíamos ser agradables, obedientes, discretas. Farré recoge ese imaginario para invertirlo. Aquí, los cuentos ya no prometen salvación sino que revelan las estructuras de violencia que siempre estuvieron detrás de esa promesa.

En lo visual, la película apuesta por un enfoque minimalista que le va al pelo a este ambiente opresivo e incluso asfixiante. Esa contención formal no resta intensidad, sino que la amplifica, reforzando la sensación de encierro y de mundo cerrado sobre sí mismo. La puesta en escena evita el exceso y encuentra en la sobriedad una forma de inquietud constante.

Mala Bèstia: cuando crecer se convierte en maldiciónBàrbara Farré

El diseño sonoro es otro de los grandes pilares del film: te envuelve y te mete de lleno en la historia, generando una experiencia casi física del espacio y del miedo. La música, a cargo de Raül Refree, se integra con esa textura sonora para construir una atmósfera que no subraya, sino que sugiere y acompaña, manteniendo la tensión emocional incluso en los silencios.

A ello se suma el trabajo de Mimosa Produce, que debuta como productora en una colaboración con Sumendi, Lágrima Films, Kabak Films y Mamma Team Sonder. El resultado es una película cuidada hasta el último detalle, en la que cada decisión parece responder a una misma sensibilidad.

La película cuenta también con la participación de 3Cat, Filmin y Movistar Plus+, y ha recibido el apoyo del ICAA y el ICEC, un respaldo que ha contribuido a hacer posible el proyecto.

Mala Bèstia: cuando crecer se convierte en maldición

Una nueva voz dentro del ya imparable cine catalán

Mala Bèstia es también una de las nuevas voces del cine catalán que apuntan con fuerza a consolidarse a nivel nacional. No sería extraño que el nombre de Bàrbara Farré apareciera entre las nominadas a mejor dirección novel en los Premios Goya, confirmando una ópera prima que llega con una identidad muy definida y una ambición poco habitual. Farré demuestra que sí tiene visión y voz propia detrás de la cámara, y que ha venido para quedarse. Los celos y el temor al abandono atraviesan la película como dos fuerzas inseparables en una niña que carga demasiado equipaje emocional sobre la espalda.

Mala Bèstia: cuando crecer se convierte en maldición

Más allá de su construcción formal, la película es también una obra profundamente intimista. El gran peso recae en las emociones que atraviesan a los personajes más que en los acontecimientos externos. Farré filma lo invisible: el miedo, la dependencia, la necesidad de pertenecer.

Y es que, en el fondo, todos tenemos una bestia dentro. La película lo sugiere sin subrayarlo, dejando que esa idea respire en los silencios y en las miradas, construyendo una especie de tensión con el espectador. Una bestia que no es monstruosa en sí misma, sino instintiva.

Mala Bèstia: cuando crecer se convierte en maldición

Los celos aparecen como una prolongación natural del instinto

El instinto juega aquí un papel crucial: es lo que nos conecta con la supervivencia, con el deseo de proteger lo que amamos y con la reacción más primaria cuando sentimos que podemos perderlo.

Mala Bèstia no busca respuestas fáciles, se configura como una fábula oscura sobre el miedo a dejar de ser elegida, sobre la violencia silenciosa de crecer en un mundo que decide demasiado pronto quién merece quedarse y quién debe ser apartado.

Antes de su estreno en salas el próximo 31 de julio (distribuido por A Contracorriente Films), la película podrá verse en el Atlàntida Film Fest, una oportunidad privilegiada para descubrir una de las óperas primas más sugerentes del cine español reciente para aquellos que no han tenido el honor de haberla visto tras su estreno en la selección oficial del Festival de Málaga.