
Cronos reconstruye las 124 horas posteriores a los atentados de Barcelona para hablar de memoria, miedo, racismo y de las heridas que el tiempo no consigue cerrar.
Con la llegada del otoño parece que todo (y todos) volvemos a ponernos en marcha. Regresan las rutinas, los horarios, el trabajo y también esa sensación de que, después del paréntesis del verano, la vida vuelve a coger velocidad. Y supongo que la industria cinematográfica no es ajena a ese movimiento. Las salas recuperan poco a poco su ritmo, llegan los grandes estrenos y la cartelera vuelve a coger músculo.
El fresco y la vuelta a la rutina parecen ser también una invitación a recuperar el cine como plan. En ese regreso llega Cronos, de Fernando González Molina, una película que nos obliga, además, a volver la mirada hacia uno de los episodios más traumáticos de nuestra historia reciente.
La película arranca sin pedir permiso.
Barcelona, 17 de agosto de 2017. Una furgoneta acaba de arrollar a decenas de personas en Las Ramblas y, apenas unos minutos después, empieza una carrera contra el tiempo. No hay demasiado margen para acomodarse a la historia ni para que el espectador encuentre una distancia emocional, sin comerlo ni beberlo está sumido en la vorágine de la tragedia. González Molina te coloca directamente en el centro del caos y te zurra de golpe. El dispositivo policial Cronos se activa y lo que sigue son 124 horas de búsqueda contrarreloj hasta localizar al último terrorista huido.
El director coloca al espectador en el epicentro de la tragedia
Desde las primeras escenas, tan solo segundos antes de que se desencadenase la acción terrorista. Cronos entiende que no necesita reconstruir el atentado desde el morbo ni tampoco opta por convertirlo en un espectáculo, su materia narrativa está en lo que ocurre después. En la confusión, en las decisiones tomadas a contrarreloj, en la presión policial y política, en la necesidad de saber qué ha ocurrido mientras todavía existe el temor de que aquello solo fuera el principio. La película bebe claramente del thriller de investigación, pero intenta que bajo la maquinaria del procedimiento sigan estando las personas.

Enric Auquer se convierte en el pilar de este thriller coral
Enric Auquer está soberbio. Su personaje funciona como uno de los principales puntos de anclaje de una historia deliberadamente coral. No interpreta a un héroe de una pieza, sino a un trabajador sobrepasado por unas circunstancias que le obligan a seguir funcionando cuando, humanamente, lo lógico sería detenerse. Ese es precisamente uno de los aspectos más interesantes de Cronos: su voluntad de ser también un drama psicológico sobre personajes hundidos, confundidos y, en definitiva, demasiado humanos.
Porque aquí la tragedia no termina cuando se identifica al enemigo sino más bien, al contrario.
La película va concatenando los conflictos personales y las angustias de sus protagonistas con la búsqueda de los responsables de la masacre. Son profesionales que tienen que seguir trabajando mientras asimilan lo que acaba de suceder. Y ahí aparece, quizá de manera menos evidente pero bastante eficaz, una lectura sobre nuestra relación con el trabajo y con el capitalismo contemporáneo y es que, incluso ante una tragedia de semejante magnitud, la maquinaria no puede detenerse. Hay que seguir produciendo, coordinando, informando, tomando decisiones. La vida no puede ponerse en pausa.

El atentado abre la puerta a que el racismo inunde las calles
El racismo atraviesa también la historia. Y Cronos no lo utiliza únicamente como elemento ambiental, el atentado parece convertirse en una mera excusa para que el racismo campe a sus anchas en una sociedad que acaba de ser duramente golpeada. La xenofobia se convierte en una de las consecuencias sociales de la tragedia. El atentado abre una fractura que afecta a comunidades enteras y señala a determinados personajes, situándolos de lleno ante los prejuicios, las sospechas y la necesidad de encontrar culpables más allá de quienes realmente han cometido los crímenes. La película encuentra ahí uno de sus conflictos más incómodos y es que, el terrorismo no solo mata y hiere, también modifica la manera en que una sociedad mira a una parte de sí misma.
Y junto al dolor aparece otra lucha o más bien, una carrera: la política.
La tragedia se convierte rápidamente en un terreno en el que distintos agentes quieren apuntarse el tanto, controlar el relato o demostrar que tenían razón. Cronos incorpora esa pugna por la información y por el control del operativo sin convertirla en el centro absoluto de su discurso. Es una capa más de una historia en la que todos parecen estar compitiendo contra el mismo enemigo, pero no necesariamente por las mismas razones.

Todo ello se sostiene sobre una cantidad de documentación considerable.
El guion de Alberto Marini, responsable también de El desconocido y El 47, parte del trabajo de investigación de los periodistas Nacho Carretero y Arturo Lezcano. Se nota esa voluntad casi periodística de reconstruir procedimientos, tiempos y circunstancias que probablemente muchos espectadores españoles recuerden de forma fragmentaria. Porque ese es otro de los méritos de Cronos: rescata detalles que conocemos pero que probablemente hemos olvidado.
Aquella sucesión de noticias, imágenes, nombres y localizaciones quedó enterrada bajo otros acontecimientos durante estos años. La película ordena aquel caos y lo convierte en relato. No pretende descubrirnos que aquello ocurrió, sino recordarnos cómo se vivió. La búsqueda de los culpables se convierte así en una búsqueda a contrarreloj, pero también en una forma de recuperar una memoria que el paso del tiempo ha ido difuminando.

Quizá el principal interrogante esté precisamente en la distancia temporal.
¿Es demasiado pronto para hacer esta película? Es una pregunta inevitable cuando el cine aborda acontecimientos traumáticos tan cercanos. Han pasado casi nueve años desde los atentados y, sin embargo, determinadas imágenes siguen teniendo una capacidad de impacto extraordinaria. Hay algo incómodo en convertir en ficción un acontecimiento que todavía forma parte de la memoria de quienes lo vivieron.
Y resulta casi sorprendente que González Molina no sea un cineasta catalán. La película conoce Barcelona, sus espacios y su atmósfera con una familiaridad que hace olvidar por momentos la procedencia del director. Hay una voluntad evidente de que la ciudad no sea un simple decorado, sino parte de la propia historia. Las calles, las Ramblas, las carreteras y los lugares por los que se mueve la investigación adquieren una presencia que refuerza esa sensación de estar asistiendo a unos hechos que sucedieron aquí, no en una geografía cinematográfica abstracta.

Al final, Cronos vuelve a poner el foco en una amenaza que no ha desaparecido completamente y lo hace sin necesidad de convertir el terrorismo en una abstracción. Su interés está en las personas que quedaron al otro lado de la noticia: policías, trabajadores, ciudadanos y víctimas de una situación que, de repente, les obligó a vivir a una velocidad imposible.
Hay, además, algo especialmente oportuno en el estreno de Cronos. La película llega cuando se cumplen 25 años del 11-S, una fecha que ha terminado convertida en uno de esos hitos que dividen la memoria contemporánea en un antes y un después. Y quizá no sea casual que, en un momento así, vuelva a las salas una historia sobre otro atentado que marcó profundamente nuestra memoria reciente. Han pasado casi nueve años desde Las Ramblas y un cuarto de siglo desde Nueva York, pero determinadas imágenes, determinados miedos y determinadas preguntas siguen sorprendentemente cerca y nos siguen golpeando emocionalmente como la primera vez que las vimos.
Recordar estos episodios no significa necesariamente vivir anclados en ellos.
También significa reconocer que hubo un tiempo en el que aquello que hoy parece una página de la historia fue presente, incertidumbre y miedo. Hubo personas que salieron de casa sin saber que no volverían. Otras que tuvieron que tomar decisiones en cuestión de minutos y muchas más que, de una manera u otra, tuvieron que aprender a convivir después de lo ocurrido. Y ese es un poder que también tiene el cine, nos devuelve momentáneamente a lugares que creíamos superados para obligarnos a mirarlos de nuevo.

Cronos no llega únicamente para reconstruir las 124 horas posteriores a los atentados de Barcelona.
Llega también para recordar que los terrores que creemos haber dejado atrás no desaparecen del todo de nuestra memoria. Y que algunas de las amenazas que los hicieron posibles tampoco pertenecen exclusivamente al pasado. En tiempos en los que las noticias se suceden a una velocidad vertiginosa y todo parece durar 16 segundos. A veces, detenerse a recordar se convierte en un acto revolucionario.
Con el estreno de la película hubo quienes dijeron que tal vez es demasiado pronto para contar esta historia. Aunque pensándolo bien, tal vez nunca exista una distancia perfecta para hablar de una tragedia.
Y lo importante reside en desde dónde se cuenta. Y Cronos decide hacerlo desde la mirada de los que tuvieron que enfrentarse a ella cuando todavía no había respuestas. Cuando el miedo seguía presente y cuando detenerse no era una opción.
Al final, la película habla del tiempo en todos sus sentidos: de esas 124 horas en las que había que encontrar a los responsables. Pero también del tiempo que pasa después de una tragedia y de cómo una sociedad aprende —o intenta aprender— a convivir con sus heridas. Ver Cronos en este contexto, coincidiendo con el 25 aniversario del 11-S, hace que su recordatorio resulte todavía más pertinente: hay acontecimientos que forman parte de la historia, pero que conviene no convertir demasiado pronto en pasado.