
John Porral estrena A Clock, una película de 24 horas que reconstruye la obra The Clock (2010) de Christian Marclay y convierte miles de fragmentos cinematográficos en un reloj sincronizado con el presente.
¿Qué pasaría si una película no pudiera pausarse, rebobinarse ni verse de principio a fin cuando uno quisiera? A Clock, de John Porral, propone precisamente eso: una película de 24 horas que funciona como un reloj y en la que miles de fragmentos de películas y series hacen coincidir el tiempo de la ficción con el tiempo real del espectador. La obra se estrena este viernes 4 de septiembre en La Gran, en Madrid, que durante tres semanas modifica sus horarios para convertir la visita en una experiencia a contrarreloj.

Una película que no se pone en marcha: se pone en hora
Hay películas que empiezan cuando se pulsa play. A Clock empieza de otra manera: se pone en hora. La obra de John Porral, realizada en 2026, reúne varios miles de fragmentos de películas y series de televisión de distintas épocas, géneros y procedencias. En ellos aparecen relojes, horarios o referencias temporales que corresponden exactamente a cada minuto del día. La proyección está sincronizada con la hora real del lugar donde se exhibe, de modo que las 15:17 que marca un reloj en pantalla son también las 15:17 que vive quien está sentado delante.
El resultado es tan sencillo de explicar como difícil de experimentar: un reloj construido con imágenes cinematográficas. La pantalla deja de representar el paso del tiempo para convertirse, literalmente, en un dispositivo que lo mide. Y, como cualquier reloj, tiene una pequeña crueldad incorporada: nunca espera a nadie.

El presente es un lugar bastante incómodo
La sucesión de escenas convierte el visionado en una especie de viaje vertiginoso por la historia del cine. Comedias, dramas, thrillers, westerns, romances o películas de ciencia ficción aparecen reducidos a fragmentos que entran y salen de escena con precisión quirúrgica. A veces reconoceremos una película conocida; apenas tendremos tiempo de disfrutar del reconocimiento antes de que la siguiente imagen ocupe su lugar.
Esa velocidad produce una experiencia paradójica. El espectador está rodeado de historias que pertenecen al pasado, pero vive cada minuto en un presente que no puede repetirse. Una escena puede resultar familiar y, sin embargo, ser imposible de recuperar exactamente porque el reloj continúa avanzando. A Clock convierte así una sucesión de imágenes cinematográficas en una reflexión sobre algo mucho menos manejable: nuestra propia relación con el tiempo.

Copiar una obra sin haberla visto
Pero la historia de A Clock comienza antes de la pantalla. La pieza es una recreación íntegra de The Clock (2010), del artista suizo Christian Marclay, una obra convertida con los años en una pieza mítica del arte contemporáneo y ganadora del León de Oro de la Bienal de Venecia de 2011. Su dificultad de acceso —existen seis copias y su exhibición está sometida a numerosas limitaciones— contribuyó a alimentar precisamente su leyenda.

Porral se encontró ante una situación casi borgiana: reconstruir una obra que no podía estudiar directamente. Su fuente no fue la película original, sino su huella. Trabajó a partir de los escasos fragmentos disponibles, descripciones y documentación escrita, hasta intentar volver a materializar aquella experiencia. El propio documento de sala propone una comparación reveladora: sería como intentar hacer una copia de Las Meninas sin haber visto nunca el cuadro de Velázquez, utilizando únicamente fotografías y descripciones.

De «The» a «A»: el pequeño artículo que lo cambia todo
Aquí aparece la pregunta más interesante de la obra: si las dos películas utilizan las mismas secuencias en los mismos momentos, ¿por qué no son la misma obra?
La respuesta está, en buena medida, en una sola palabra. The Clock es «El Reloj»; A Clock, «Un Reloj». El cambio del artículo determinado al indeterminado señala que la obra de Porral no pretende ser simplemente el original, sino uno de los relojes posibles derivados de él. Las diferencias en el montaje, las herramientas utilizadas y el propio contexto de producción hacen que la repetición produzca algo nuevo.

Y ahí entra de lleno una de las grandes cuestiones del arte contemporáneo: ¿qué significa ser original cuando crear también puede consistir en copiar, reconstruir, apropiarse o reinterpretar? Porral utiliza la recreación como una forma de comprender The Clock, pero también para cuestionar la exclusividad de aquella obra y la propia idea de autoría. El proyecto incorpora programación, automatización, archivo y trabajo colectivo, desplazando además el problema de la obra única hacia las posibilidades de los nuevos medios.

Veinticuatro horas contra el botón de pausa
En una época en la que cualquier vídeo puede detenerse, acelerarse o rebobinarse, A Clock propone una experiencia deliberadamente incómoda: permanecer ante una obra que no se adapta al espectador. No hay atajos. No hay «ver después». El tiempo de la película y el nuestro avanzan juntos.
John Porral, arquitecto especializado en diseño computacional, generativo y algorítmico, ha trasladado esas herramientas a su primer proyecto de videoarte, utilizando programación para automatizar procesos y garantizar que la obra permanezca siempre sincronizada con la hora real.

Por eso la propuesta de La Gran no consiste tanto en «ver una película» como en entrar en ella durante un instante. Del 4 al 19 de septiembre, la galería mantendrá un horario especial y abrirá de forma ininterrumpida durante 24 horas desde las 16:00 del jueves 10 hasta las 20:00 del viernes 11. Una invitación, en definitiva, a comprobar qué ocurre cuando el cine deja de representar el tiempo y decide, durante 24 horas, convertirse en él.
La Gran. Calle Nicolás Morales 38, 1º 8B. Madrid