
La película El Agente Secreto retrata miedo, memoria y resistencia bajo la dictadura brasileña.
En El Agente Secreto, Kleber Mendonça Filho vuelve a mirar a su Recife natal para situarnos en el Brasil de 1977, en pleno endurecimiento de la dictadura militar. Un pasado que no nos resulta tan lejano como quisiéramos.
En cierto modo, El Agente Secreto podría entenderse como la cara B de Ainda Estou Aqui, un filme que ha allanado el terreno internacional para el cine brasileño contemporáneo al poner el foco en la memoria y la herida íntima (y tan solo ambientada 7 años antes de esta historia). Si aquella trabajaba desde el duelo, aquí la memoria se construye desde la sospecha, la huida y el miedo en lo cotidiano.
Wagner Moura firma una interpretación brillante, llena de matices y contención. Su Marcelo no es un héroe clásico, sino un hombre empujado a la clandestinidad, al anonimato. No es un agente secreto al uso. No hay una acción espectacular, sino la experiencia de quien debe esconderse para sobrevivir. Moura compone un personaje atravesado por la dignidad y el temor, lo que le ha valido la nominación al Oscar y el premio a mejor interpretación masculina en Cannes.

No se trata solo de violencia física, sino de una violencia estructural que se filtra en los gestos, en las miradas, en la imposibilidad de sentirse a salvo.
Desde la secuencia inicial se instala un clima hostil: ante un cuerpo inerte tendido en el asfalto, la policía decide interrogar al protagonista, que simplemente está repostando en una gasolinera. La arbitrariedad del poder se impone como norma. No se trata solo de violencia física, sino de una violencia estructural que se filtra en los gestos, en las miradas, en la imposibilidad de sentirse a salvo. A lo largo de sus 2 horas y 40 minutos, el metraje se toma el tiempo necesario para desplegar ese malestar político que lo atraviesa todo.

La película adopta una estructura casi coral: distintas historias se desarrollan en paralelo hasta confluir en un clímax poderoso. Este entramado narrativo, que por momentos puede recordar a la arquitectura fragmentada de Malditos Bastardos, está aquí al servicio de un fresco social. No es un ejercicio de estilo, sino una manera de mostrar cómo la dictadura atraviesa múltiples capas de la vida cotidiana.

La leyenda urbana se mezcla con el imaginario cinematográfico y con el terror político.
Hay, además, un claro interés por el metacine. Parte de la trama transcurre en un cine propiedad del suegro de Marcelo, un espacio que funciona como refugio simbólico y como espejo de la realidad. Las constantes alusiones a Tiburón (Spielberg) no son anecdóticas: mientras el tiburón aterroriza a los bañistas en la pantalla, en la ciudad aparece uno real con una pierna humana en su interior. La leyenda urbana se mezcla con el imaginario cinematográfico y con el terror político. El monstruo no es solo la criatura marina, sino el propio sistema represivo que aniquila cuerpos y borra identidades. En esos momentos, el filme roza lo místico y lo fantástico, ampliando los márgenes del thriller hacia una dimensión alegórica.
Ambientada en Recife durante el carnaval, la película subraya el contraste entre la celebración y la opresión subyacente. Bajo el color y la música late el miedo. Esa convivencia entre fiesta y vigilancia revela una verdad incómoda: incluso en los contextos más festivos, el autoritarismo puede instalarse.

Lo personal sí es político.
Mendonça Filho insiste en una idea que atraviesa toda su filmografía: lo personal sí es político. Y probablemente siempre lo será. El Agente Secreto reivindica la memoria como acto de resistencia y rescata la figura de quienes tuvieron que esconderse de su propio gobierno. Nos convierte en testigos de un pasado que resuena con el presente, en un momento en que la política internacional vuelve a estar marcada por la represión, los deportamientos masivos y, por supuesto, la persecución del disidente.

Más que una película sobre la dictadura, El Agente Secreto es una reflexión sobre las huellas que esta deja en el tejido cultural de un país: en sus salas de cine, en sus fiestas populares, en sus relatos urbanos, en la manera en que una comunidad aprende a protegerse y a callar. La tensión acumulada termina por estallar, sí, pero lo verdaderamente perturbador es el poso que deja, todo lo que permanece después: la certeza de que ningún régimen autoritario se limita al ámbito de lo institucional. Se infiltra en la vida cotidiana, en los afectos, en la memoria compartida.

Y ahí es donde la película encuentra su dimensión más cultural: en la conciencia de que nadie sale indemne de una dictadura, porque sus efectos no solo se sufren, también se heredan.
Estreno en cines el 20 de febrero.