
La Reina del Pop regresa con un ejercicio mastodóntico de reinvención en el que hay hueco para la política, el feminismo y para la nostalgia bien entendida. Una reafirmación de trono que demuestra, una vez más, porque Madonna es futuro y el alfa y omega absoluto de la música.
La pista de baile vacía . Las luces se van encendiendo. Un megatrón que tímidamente va comenzando a despedir humo. La base va elevándose poco a poco a través de los altavoces. Empieza a sonar I Feel Free, el tema que nos da la bienvenida al nuevo de Madonna, Confessions II, la vuelta a la pista de baile de la artista a sus 67 años. El enésimo ejemplo de la maravilla inagotable que es capaz de crear Madonna Louise Veronica Ciccone, después de más de 40 años en una industria que ella misma redefinió. Un sector que amoldó a ella misma y en el que consiguió crear un hueco para todas las artistas.

Hace más de décadas, Confessions On A Dance Floor llegó como una apisonadora. Para unos fue solo un disco revival bailable, mientras que para otros, entre los que me incluyo, fue una verdadera tabla de salvación. Una sucesión de temas que crearon un lugar seguro imaginario y tangible a la vez que nos permitió ser. Una discoteca en la que nada nos podía pasar. Durante años, hemos querido regresar a ese club y ahora, con Confessions II, Madonna nos da de nuevo la bienvenida. Todo ha cambiado pero, a la vez, nos sentimos de nuevo en casa.

Un disco que es todo un viaje emocional por los recovecos de la música de baile
Como ya avanzábamos, este disco/ sesión —el sonido no cesa ni un segundo durante la reproducción— abre con I Feel Free, una suerte de bienvenida al nuevo universo y que enlaza de manera maestra con el primer disco con el sampler de I Feel Love de Donna Summer. Un tema que ya escuchábamos en COADF I en Future Lovers, primer tema del album de 2005.
Continuamos con los trallazo Good for the Soul y One Step Away buen ejemplo de lo que nos encontraremos a lo largo de los más de 60 minutos de duración: pura elegancia pop con toques disco, electrónica de baile y house de los 90, tamizados por puro talento “madonnesco”.
Llegamos a Bring Your Love, la brillante colaboración con una de las fans más acérrimas de la Ciccone: Sabrina Carpenter. Cuando se anunció, independientemente del resultado, sentí que era algo natural y orgánico. Una fan que ha bebido de la inspiración de su ídolo, consiguiendo su sueño Sabrina somos todas. El tema es simplemente brillante: un ejercicio pop de alto nivel que destila elegancia, sudor, baile y pose. La excusa perfecta para subirse a cualquier tarima.

Y ahora uno de los cortes más emocionales y autobiográficos, “Danceteria”. Madonna hace un homenaje a esa desaparecida discoteca del Nueva York de los 80 que la hizo soñar, que le dio su ADN y marcó para siempre su destino. Debbie Mazar, Keith Haring o Basquiat son algunos de los nombres alquímicos que se mencionan a lo largo de la canción. Nombres que forman parte inherente de la vida de la artista y que ni el tiempo ni la muerte borrarán. Lo que más curiosidad despierta es cómo Madonna consigue de una canción que podría ser un paño de lágrimas y melancolía, un temazo bailable y que no apela en ningún momento a la tristeza, sino al éxtasis que produce ser, estar, respirar y bailar. Bravo una vez más.
Como es de recibo en la mayoría de discos de la Ambición Rubia, el momento latino siempre tiene su hueco. En este caso con la (tímida) colab con Feid en Read My Lips. Si bien, el featuring no es gran cosa, la calidad es innegable. Madonna nunca necesitó paladines y aquí se pone en relieve.
Desde el pop absoluto y rotundo a lo más experimental y autoreferencial
El momento disco house más bailable se cierra con los trallazos indiscustibles Love Sensation, Love Without Words y Bizarre con Martin Garrix. Es después de este momento, a partir de School cuando el álbum se sumerge en sonidos inesperados y experimentales. Fragile y My Sins Are My Savior con el maravilloso Stromae dan buena cuenta de ello.
Las menciones especiales vienen con los últimos tres temas. Nos sumergimos en un repaso por todo el universo sonoro de Madonna: desde Bedtime Stories con Betrayal —una de las piezas más notables e interesantes del conjunto; pasando por Ray of Light con el precioso dueto con su hija Lola León en el que mantienen una conversación emotional que nos salta alguna que otra lagrimita y que da continuación al tema Little Star del LP de maternidad del año 1998; hasta llegar a Music y American Life con L.E.S Girl . Un cierre ideal para salir del club y que el sol nos de en la cara después de una larga noche de disfrute y felicidad.
Si algo vuelve a destacar de este LP — sobresaliente, insisto— es la majestuosa producción del británico Stuart Price. Productor del primer volumen y colaborador habitual de la Reina del Pop, Price logra hacer que cada pieza encaje, que cada loop, base o leve crujido esté donde tiene que estar. Mención aparte a la voz de Madonna y al tratamiento que le da el productor, generando una sensación de cercanía con el oyente y sacándole el máximo partido a su fraseo, seña inequívoca de identidad de la artista desde ” Justify My Love . El resultado: una amalgama perfecta que es un absoluto prodigio sonoro.
Este disco se siente diferente. Madonna regresa a lo que más le gusta hacer: divertir, reivindicar, enseñar y demostrar que la música pop es el mejor bálsamo posible para todo lo malo que pueda ocurrir. Un refugio que nos sirve para cambiar nuestra perspectiva y descubrir nuestra identidad. Madonna logra con la secuencia de Confessions II un éxtasis de pura felicidad y emotividad un torrente de lágrimas en la pista de baile. Eso es precioso y sentirlo nos hace sentir absolutamente vivos.