Eduardo Balanza convierte el sonido en materia en el DA2

Artefactos Sonoros de Eduardo Balanza reúne instalaciones, instrumentos experimentales y esculturas para reflexionar sobre la memoria musical y la transformación de la escucha en la era digital.

¿Qué ocurre cuando la música deja de habitar objetos físicos y pasa a existir casi exclusivamente como un flujo digital? Esa pregunta atraviesa Artefactos Sonoros, la exposición que Eduardo Balanza presenta en el DA2 de Salamanca bajo el comisariado de Sema D’Acosta. A través de esculturas, instalaciones e instrumentos experimentales, el artista reflexiona sobre la desaparición de los soportes analógicos y sobre cómo la tecnología ha transformado nuestra forma de escuchar, recordar y relacionarnos con el sonido.

Todas las imágenes: Artefactos Sonoros, Eduardo Balanza en DA2 Salamanca. Fotos: © Eduardo Balanza

Eduardo Balanza convierte el sonido en materia en el DA2

El sonido como escultura

Desde hace años, Eduardo Balanza investiga las posibilidades del sonido como material artístico. En Artefactos Sonoros, esa investigación se despliega a través de obras que cuestionan la frontera entre instrumento, escultura e instalación. El ejemplo más significativo es Órgano B71, un dispositivo híbrido que parte de la tradición del órgano barroco para trasladarla a un lenguaje contemporáneo donde conviven vibraciones sobre superficies metálicas, procesos digitales y nuevas formas de producción sonora. El sonido deja de entenderse únicamente como música para convertirse en una experiencia espacial y física.

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Como explica Balanza: “Prefiero referirme a él como un “organismo B71”, una máquina capaz de procesar varias fuentes sonoras a la vez. En lugar de emplear aire a presión utiliza datos meteorológicos para hablar de lo que sucede en la atmósfera, se activa mediante altavoces de contacto sobre planchas metálicas y puede integrar radio, voz humana o sonido digital. Siempre me han atraído los órganos porque poseen algo misterioso, masivo y casi biológico; su complejidad los convierte en organismos vivos que siguen transformándose.”

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La exposición presenta además por primera vez Deconstructing Harmony (2026), una instalación inédita concebida como un laboratorio donde el ruido actúa como materia compositiva. A través de estructuras precarias e intervenciones manuales, Balanza descompone la melodía hasta sus elementos mínimos y explora las posibilidades expresivas del sonido más allá de las convenciones musicales. El conjunto incorpora también reproducciones a escala libre de sintetizadores modulares históricos realizadas en plexiglás, donde la luz sustituye al sonido para convertir estos instrumentos en auténticos fetiches escultóricos. Inspiradas en modelos pioneros de Korg y Moog, estas piezas recuperan algunas de las máquinas que hicieron posible la revolución de la música electrónica y transformaron para siempre el lenguaje sonoro contemporáneo.

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La memoria de los objetos musicales

Una de las líneas centrales de la muestra gira en torno a los soportes que durante décadas acompañaron nuestra relación con la música. Casetes, carátulas, sintetizadores o cintas magnéticas aparecen aquí como vestigios de una cultura material que hoy prácticamente ha desaparecido. A partir de estos objetos, Balanza reflexiona sobre cómo la transición hacia las plataformas digitales ha transformado nuestra forma de escuchar y de construir recuerdos.

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En varias piezas, el protagonismo recae precisamente sobre el continente antes que sobre el contenido. Las carátulas intervenidas funcionan como pequeños ejercicios de apropiación e ironía capaces de activar nuevas asociaciones visuales, mientras que las cintas magnéticas se transforman en esculturas que condensan la memoria afectiva de toda una generación.

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En palabras del artista, esos dispositivos representaron mucho más que simples avances tecnológicos: “El casete permitió registrar recuerdos, noticias, música o videojuegos. Fue un salto enorme que puso al alcance de cualquiera la posibilidad de componer, grabar o coleccionar. Era un paradigma de libertad contenido en un estuche de bolsillo. Hoy todo ese universo tecnológico se percibe como un tótem: Moog, Roland, Panasonic o Grundig representan una forma de entender la tecnología que cambió para siempre nuestra manera de escuchar.”

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Agua, paisaje y territorio

Aunque la exposición se articula alrededor de la memoria tecnológica del sonido, buena parte de la trayectoria reciente de Eduardo Balanza se ha desarrollado en torno al paisaje y al territorio. Proyectos como Fluvial System Symphony, La Orquesta Polifónica del Agua o sus investigaciones sobre el Mar Menor parten de una misma pregunta: ¿es posible escuchar un ecosistema? Para el artista, el agua no solo es un recurso natural, sino también un instrumento capaz de producir información, frecuencias y nuevas formas de conocimiento.

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Esta investigación, desarrollada junto a científicos, ingenieros y biólogos, amplía el campo de acción de su práctica hacia un territorio donde arte, ciencia y tecnología se entrelazan para construir nuevas formas de percepción del entorno. Como él mismo señala, esta investigación busca establecer nuevos vínculos entre naturaleza, ciencia y tecnología: “He intentado acercarme desde varios ángulos a la misma idea, utilizar el agua como una fuente generadora de sonido que nos permita establecer un intercambio entre naturaleza, arte, ciencia y tecnología. El agua es un instrumento, pero todavía no somos capaces de entenderlo. La biología, las arquitecturas del río Segura y la electrónica se acoplan para construir composiciones que reinterpretan la vida del paisaje.”

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Un homenaje a las pioneras del sonido

La exposición también reivindica a varias figuras fundamentales de la música electrónica cuya aportación quedó durante décadas relegada a un segundo plano. Inspirándose en el documental Sisters with Transistors, Balanza dedica una serie de retratos a creadoras como Delia Derbyshire, Pauline Oliveros, Laurie Anderson, Laurie Spiegel, Éliane Radigue, Daphne Oram o Suzanne Ciani. Realizados mientras escuchaba su música en el estudio, estos trabajos establecen un diálogo entre imagen y sonido que funciona también como un homenaje personal a quienes ampliaron radicalmente los límites de la creación sonora.

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Según explica el artista, estos trabajos nacen de una escucha prolongada y de un reconocimiento profundamente personal hacia sus protagonistas: “Mientras realizaba estos retratos escuchaba concentrado la música de cada una de ellas. Esa comunión me permitió establecer un vínculo entre lo visual y lo sonoro desde la intimidad del estudio. De algún modo, esta serie es un homenaje personal a todas esas mujeres que expandieron los límites de la música electrónica trabajando muchas veces desde los márgenes.”

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Artefactos sonoros propone una reflexión sobre la evolución tecnológica de la música, pero también sobre aquello que permanece cuando desaparecen los dispositivos que la hicieron posible. Entre la arqueología analógica, la experimentación sonora y la investigación sobre el paisaje, Eduardo Balanza convierte el sonido en un material escultórico capaz de activar memoria, emoción y nuevas formas de percibir el mundo.

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Artefactos Sonoros podrá visitarse hasta el 4 de octubre de 2026 en el DA2. Más información aquí.