
En No hay Otra Opción, el director surcoreano Park Chan-wook retrata a un hombre corriente que es despedido y lucha por su familia, mezclando drama, ironía y tensión.
El próximo 13 de febrero se estrena en los cines españoles No hay Otra Opción, la nueva película de Park Chan-wook, uno de los cineastas más influyentes del cine contemporáneo. Lejos del thriller estilizado que lo consagró, el director surcoreano firma aquí un drama con humor negro que radiografía la fragilidad de la clase media moderna a través de una historia tan cotidiana como inquietante.
Tras veinticinco años de trabajo ininterrumpido en una empresa papelera, Man-su cree haber alcanzado una vida plena: estabilidad laboral, una casa familiar, esposa, hijos y hasta dos perros. Esa aparente seguridad se derrumba en un instante cuando la empresa lo despide con una frase tan burocrática como devastadora: “No tenemos otra opción”. El golpe no solo es económico, sino identitario. Man-su descubre que su lugar en el sistema es mucho más precario de lo que imaginaba.

Después de dedicar toda su vida al trabajo, Man-su es desechado como un viejo objeto.
Decidido a encontrar un nuevo empleo en tres meses, Man-su inicia un periplo que se prolonga durante más de un año entre entrevistas fallidas, trabajos temporales y una angustia creciente. La amenaza de perder la casa que tanto esfuerzo le costó adquirir lo empuja a una situación límite. Cuando intenta, sin éxito, entregar su currículum en Moon Paper —la empresa más exitosa del sector— y es humillado por su responsable, toma una decisión radical: si no hay vacantes, él mismo creará una.

Con No hay Otra Opción, Park Chan-wook se adentra en un territorio distinto dentro de su filmografía. Sin abandonar su precisión formal ni su ironía característica, el director construye un relato profundamente empático sobre un hombre corriente enfrentado a un sistema despiadado. El desempleo, la competitividad extrema y la ansiedad económica se convierten en motores dramáticos que conectan con la experiencia contemporánea de millones de espectadores.

Es la historia de alguien que podría ser cualquiera de nosotros.
El tono del film oscila con naturalidad entre la tensión psicológica y el humor negro. A medida que Man-su traza planes cada vez más meticulosos para recuperar su estatus, su torpeza y contradicciones generan una ironía amarga. La película no juzga a su protagonista, sino que observa cómo la presión social y económica puede empujar a una persona común hacia decisiones impensables.

El retrato familiar añade otra capa emocional al relato. Miri, la esposa de Man-su, afronta la crisis con una mezcla de optimismo y pragmatismo. Lejos de ser un personaje secundario, se erige como el verdadero sostén del hogar, renunciando a sus aficiones y adaptándose con firmeza a la nueva realidad. Park Chan-wook continúa así su tradición de crear personajes femeninos complejos y decisivos.

Miri no se quiebra ante la crisis: se fortalece.
El universo de No hay Otra Opción se enriquece con una galería de personajes secundarios que reflejan distintas formas de afrontar el fracaso laboral. Desde rivales directos en la búsqueda de empleo hasta matrimonios marcados por la frustración y la nostalgia, cada figura aporta matices a un mosaico social tan reconocible como incómodo. Las relaciones se tensan, se transforman y avanzan por caminos inesperados hasta un desenlace imprevisible.

El reparto es uno de los grandes atractivos del film. Lee Byung-hun ofrece una interpretación contenida y profundamente humana, capaz de transitar en segundos de la vulnerabilidad al desconcierto. Son Ye-jin, en su primera colaboración con el actor, dota a Miri de una serenidad firme que contrasta con el derrumbe interior de su marido. Junto a ellos, Park Hee-soon, Lee Sung-min, Yeom Hye-ran y Cha Seung-won completan un elenco coral de gran solidez.

A nivel visual y sonoro, la película mantiene el alto estándar habitual del director. La cinematografía de Kim Woo-hyung alterna la subjetividad del protagonista con una mirada más distante, mientras el diseño de producción convierte los espacios —especialmente la casa familiar— en reflejos del estado mental de Man-su. La música de Cho Young-wuk, grabada en parte en los míticos estudios Abbey Road, acompaña el relato con una partitura que combina tensión y sutileza emocional.

Una puesta en escena milimétrica al servicio de un drama humano.
Con No hay Otra Opción, Park Chan-wook invita al espectador a plantearse preguntas incómodas: ¿qué significa hoy llevar una vida digna?, ¿cuánto estamos dispuestos a perder para proteger lo que creemos nuestro? El resultado es un film intenso y cercano que confirma, una vez más, la capacidad del cineasta para reinventarse sin perder su identidad.