retrato al oleo de una chica adolescente

Carolina Häfner Jiménez se llama, pero ella es Koko Ché Jota. Granadina de nacimiento, esta artista plástica, pero multidisciplinar, estudió arquitectura en Alemania, donde se fue a vivir con sus padres, que volvían al país tras la caída del muro.

Antes de poder saber lo que quería hacer con su vida, su vida decidió muy temprano que estaría al frente de un estudio de arquitectura durante dos años, pero no fue fácil decidir escucharse y lanzarse en una búsqueda personal y, por fin, artística.

retrato al oleo de una chica adolescente retrato al oleo de una chica adolescente

Acabó volviendo a Granada, convirtiendo en definitivo lo que era temporal, y de rebote a Sevilla, donde reside actualmente expandiendo sus horizontes personales y sus muchos proyectos. Quizás porque había vivido tanto en tan poco tiempo, no tuvo más remedio que seguir su alma inquieta por diferentes cursos de artesanía, de moda, de costura, como un impulso que la llamaba a seguir expresándose para poder seguir encontrándose.
Carolina se lanzó hace sólo cinco años a la página en blanco que todo artista ha temido alguna vez y, al inundarse en ese vacío, apareció un trazo estático, moldeable, a su medida, del que surgirían los universos artísticos y filosóficos de Koko Ché Jota.

retrato al oleo de una chica adolescente retrato al oleo de una chica adolescente

Su obra y, en especial, esta colección llamada “los gusanos del lapso”, está llena de habitaciones vacías en gran parte, que sirven de marco personal a las mujeres de sus piezas, solitarias y serenas, libres de angustia; libres. Despide una tranquilidad inundada de fuerza, tensión poética que se esconde tras los detalles del cuadro a los que no prestamos atención.
Al mirar su obra, no puedo dejar de recordar una entrevista que le hicieron al gran Salvador Dalí para la televisión española. El periodista le planteó qué salvaría del Museo del Prado si hubiera un incendio, a lo que él respondió “Dalí (hablando de él mismo) salvaría el aire, pero especificamente el aire contenido en las meninas de Velázquez, que es el aire de mejor calidad que existe”. Pues ese aire maravilloso e invisible también rodea, sin llegar a acariciar, a las modelos de Koko, modelos de distintas y peculiares bellezas, que no necesitan sonreír porque no están ahí para complacer.

retrato al oleo de una chica adolescente retrato al oleo de una chica adolescente

Salvo una excepción que confirma la regla, todas las pinturas de Koko representan a una mujer. Al principio no era consciente de lo que hacía, por eso seguía haciéndolo, porque la serenidad de esas mujeres, convertida en fuerza, convertida en un trazo, elevado a la consciencia, es hacer política, es reivindicar un feminismo sutil, un espacio para la mujer donde no es un producto sexualizado. Ella no disfraza la realidad para que sea más comercial, no maquilla sus ilusiones, sino que les da presencia y un lugar privilegiado en esas solitarias habitaciones para que el mundo pueda ver cómo son realmente, cómo es la belleza cuando no vende nada, sino que es parte de una naturaleza a la que no han impuesto ningún filtro.
Así como Van Gogh, y los grandes impresionistas, pintaban una y otra vez la misma silla, el mismo lago o la misma catedral desde el mismo sitio, pero a diferente hora del día, haciendo que todas las pinturas fueran únicas; así Koko dibuja y esboza y desgrana la misma sencillez en cada habitación como si en realidad todas juntas fueran una sola casa, y la misma belleza eterna expresada por distinto rostro, misma tensión revolucionaria en cada distinto gesto relajado, como una repetición de las mismas esencias personales dentro la variedad.

retrato al oleo de una chica adolescente

Koko compara la vida con un gusano de la madera, que vive en el interior de un tronco, alimentándose de su entorno sin saber que cada bocado le lleva en una dirección distinta. Su camino está hecho a la medida de su propio cuerpo, que deja una sombra, un rastro por el que no puede volver. El paso del tiempo y la experiencia como una marca física, una cicatriz compartida con el universo.En “los gusanos del lapso”, esos rastros, esos recorridos vitales rodean a sus modelos como metáforas de sus propios caminos, expuestos y misteriosos.
Lo que Koko Ché Jota no parece conocer de su propio concepto sobre la vida y esos gusanos de la madera en su obra es que, tarde o temprano, a todo gusano le crecen alas. Estaba envuelta en una crisálida de vivos colores, pero hace tiempo que desplegó las alas y vuela casi sin saberlo. A los demás sólo nos queda tener la suerte de encontrarnos con su arte y poder así disfrutar de las delicadas e intensas brisas que despierta su aleteo.

Texto: Rafa Martin Cordero