La Risa y la Navaja enfrenta culpa europea y poder colonial

La Risa y la Navaja de Pedro Pinho explora colonialismo, culpa histórica y escucha intercultural en Guinea-Bissau desde una mirada crítica e incómoda.

Hay películas que no piden paciencia: la exigen. La Risa y la Navaja, la nueva obra de Pedro Pinho, es una de ellas. Con una duración que sobrepasa las tres horas, no está hecha para todo tipo de públicos. Y, sin embargo, sería injusto reprocharle su metraje. Pinho ya ha demostrado en trabajos anteriores su inclinación por las narraciones dilatadas; en su cine, el tiempo no es un capricho, sino una herramienta.

Aquí, esa extensión se siente como un mecanismo consciente para desplegar con amplitud un abanico de temas que difícilmente podrían comprimirse sin perder matices. Aunque es cierto que, en ese afán por abarcar tanto, algunas líneas parecen quedar inconclusas, como si la película prefiriera sugerir antes que cerrar.

Un esfuerzo deliberado por despojarse de su mirada eurocéntrica y comprender las particularidades de una sociedad marcada por carencias y urgencias

La historia sigue a Sergio, un ingeniero ambiental que se instala en una metrópolis de África Occidental, en la región de Guinea-Bissau, con un propósito eminentemente laboral —podríamos decir incluso científico—: participar en la construcción de una carretera que unirá el desierto y la selva. Su aproximación inicial al entorno es casi objetiva. Sergio no emite juicios de valor sobre aquello que ve; más bien parece decidido a empaparse de todo lo que le rodea, a comprender las razones de cada interlocutor, o al menos a escuchar a todos para poder integrar ese conocimiento en su trabajo si fuera posible. En su actitud se percibe un esfuerzo deliberado por despojarse de su mirada eurocéntrica y comprender las particularidades de una sociedad marcada por carencias y urgencias que, desde la comodidad occidental, resultan difíciles incluso de imaginar.

La Risa y la Navaja enfrenta culpa europea y poder colonial

Un recordatorio de que la intervención extranjera siempre deja rastros, a veces invisibles.

Allí entabla una relación estrecha, aunque inevitablemente desequilibrada, con dos habitantes de la ciudad, Diara y Gui. Al mismo tiempo, descubre que un ingeniero italiano, asignado meses antes a la misma misión, ha desaparecido misteriosamente. Esta intriga funciona como hilo, pero no es el verdadero centro de la película. Pinho utiliza esa desaparición como eco inquietante: un recordatorio de que el territorio no es neutro, de que la intervención extranjera siempre deja rastros, a veces invisibles pero siempre dolorosos.

La Risa y la Navaja enfrenta culpa europea y poder colonial

Un sentimiento de culpa histórica que busca restaurar los males del colonialismo.

El núcleo de La Risa y la Navaja parece residir en una necesidad casi urgente: paliar el mal cometido por el hombre blanco en el continente africano. Sergio encarna ese impulso contemporáneo de reparación, nacido de un sentimiento de culpa histórica que busca restaurar los males del colonialismo. Pero la película no se limita a trazar un retrato culpabilizador o salvador. Lo que hace es tensionar esa voluntad redentora, mostrar sus fisuras. Incluso cuando Sergio se esfuerza por escuchar, por comprender y por actuar con respeto, su presencia forma parte de una estructura mayor de poder y desigualdad.

La Risa y la Navaja enfrenta culpa europea y poder colonial

Quizás lo más relevante sea observar cómo, pese a que su labor profesional actúa como motor del personaje, Sergio necesita de la socialización, de construir su propio círculo por pura supervivencia. En un entorno que le es ajeno, el ingeniero comprende que el conocimiento técnico no basta. La integración no es solo una estrategia emocional, sino una condición para entender el terreno, sus dinámicas y sus límites. Diara y Gui no son meros acompañantes narrativos; son sujetos con que matizan la perspectiva de Sergio y le acompañan.

La Risa y la Navaja enfrenta culpa europea y poder colonial

Portugal se asoma a su pasado, a una herida aún abierta

Porque si algo distingue a la obra de Pinho es su voluntad de descentralizar el punto de vista. No solo vemos la mirada de Sergio como posible salvador, sino que accedemos a una panorámica más amplia a través de los ojos de los lugareños. Este cruce de miradas permite entender la complejidad de la región, sus contradicciones internas y sus aspiraciones. Guinea-Bissau, antigua colonia portuguesa, no es aquí un simple escenario exótico. Portugal se asoma a su pasado, a una herida aún abierta que sigue marcando el presente. La película funciona así como un ejercicio de memoria histórica y de autocrítica, donde el gesto de observar se convierte también en un gesto político.

La Risa y la Navaja enfrenta culpa europea y poder colonial

En lo formal, La risa y la navaja parece mutar por momentos hacia el terreno del documental. La cámara se detiene en los rostros, en los espacios, en conversaciones que parecen fluir con naturalidad. Esta hibridación evoca la mirada del extranjero —y la del propio director— y actúa como un ejercicio consciente del lugar que ocupa quien filma. No se trata de apropiarse de una realidad, sino de exponerse ante ella, aceptando la incomodidad que implica.

El recorrido internacional del film confirma su relevancia. Tuvo su première mundial en la 78ª edición del Festival de Cannes, dentro de la sección Un Certain Regard, donde Cleo Diára obtuvo el premio a Mejor Actriz. Posteriormente, celebró su estreno nacional en la 70ª edición de la Seminci de Valladolid, donde consiguió el Premio Punto de Encuentro. Además, ha sido nominada a Mejor Película Europea en los Premios Goya 2026. No obstante, no llegará a las salas españolas hasta el 24 de abril

La Risa y la Navaja enfrenta culpa europea y poder colonial

La risa y la navaja no ofrece respuestas sencillas ni conclusiones cerradas. Es una película exigente, consciente de su duración y de su densidad temática. Pero en esa ambición reside su fuerza: la de invitar al espectador a escuchar, a cuestionar su propia posición y a asumir que comprender al otro es un proceso largo, complejo y, quizá, interminable.