
El regreso a la estética de 2016 expresa nuestra necesidad de recuperar espontaneidad, color y libertad.
Flash, cámaras digitales, colores llamativos, camisetas rotas, la habitación desordenada y una época en la que todavía no parecía obligatorio tener todo bajo control, ¿por qué estamos obsesionados con la estética de 2016 diez años después?

Hay algo peculiar en mirar fotos de 2016, no por el hecho de que hayan pasado diez años, sino porque sentimos que todo esto perteneció a un mundo totalmente ajeno al mundo en el que vivimos ahora. La moda era tener camisetas rotas y llamativas, la habitación llena de cosas y totalmente desordenada, el eyeliner corrido, complementos gigantes y fotos borrosas.
Ahora, en cambio, todo parece más limpio, más neutro, más adulto. La estética de 2016 vuelve a nuestras pantallas,recuperamos pantallas compactas de nuestros cajones y recreamos fotos que parecen devolvernos algo que perdimos hace tiempo.

Nos hemos acostumbrado a parecer adultos.
Durante los últimos años, la juventud ha comenzado a vestirse para aparentar un cierto grado de madurez. La “it girl”, el quiet luxury, los tonos neutros, el maquillaje casi invisible o los armarios construidos alrededor de prendas básicas han convertido la sobriedad en una especie de aspiración.
No se trata de demonizar el minimalismo. Se trata de preguntarnos por qué alguien de 20 años tiene la necesidad de vestir, decorar y tener un tipo de vida que le haga sentir que tiene diez años más.
Tal vez tenga que ver con una época en la que crecer ha dejado de ser únicamente hacerse mayor y ahora también significa tener que aparentar que lo tienes todo bajo control. Hay que tener un planning minimalista para estudiar, trabajar en sitios que aparenten sofisticados, hacer viajes carísimos, estar completamente conectado contigo mismo y, si es posible, que todo eso quede reflejado en Instagram.
La estética de 2016, en cambio, pertenece a una juventud mucho menos preocupada por parecer adulta. O al menos así lo recordamos.

Cuando tener personalidad se convirtió en seguir una moda.
Nuestra generación ha aprendido a buscar referentes incluso antes de saber qué queremos realmente para nosotros mismos. Abrimos Pinterest para decidir cómo vestir, Letterboxd para construir nuestro imaginario cinematográfico, Spotify para descubrir qué música debería formar parte de nuestra personalidad y TikTok para saber cuál es la nueva moda que tenemos que seguir.
La moda siempre ha servido para expresarnos, pero internet ha acelerado el proceso hasta convertir la identidad en algo casi editable. Podemos cambiar de estilo cada semana, adoptar una nueva personalidad y construir un personaje alrededor de ella. Y entonces ocurre algo curioso: la identidad comienza a convertirse en una plantilla.
La estética de 2016 era algo menos calculada, no porque sus protagonistas fueran necesariamente más originales, sino porque todavía no existía esta obsesión por convertir cada elección en una declaración de identidad. Una camiseta podía ser simplemente una camiseta.

¿Por qué queremos volver a 2016?
Aquí es donde aparece la nostalgia, pero no necesariamente una nostalgia real. Muchos de nosotros no tenemos recuerdos suficientemente concretos de 2016 como para echar de menos aquella época tal y como fue. Lo que añoramos es la versión que internet ha reconstruido: Tumblr, Vine, Instagram con filtros, cámaras digitales, selfies con flash, colores saturados, playlists compartidas y fotos que parecían hechas para nosotros y no para un algoritmo.
La estética de 2016 se ha convertido así en una especie de cápsula temporal. Una década después, recuperar una cámara digital puede resultar tan atractivo como recuperar una película antigua; no porque el objeto sea mejor, sino porque introduce una distancia entre la experiencia y la pantalla.
La fotografía deja de ser inmediata, el resultado no se puede revisar diez veces antes de ser publicado, y precisamente ahí está su encanto.

El atractivo de no tenerlo todo bajo control.
También hemos empezado a echar de menos las cosas que no funcionan a la perfección. Un flash demasiado fuerte, una foto con un mal ángulo, un outfit con tres estampados distintos, una canción que no encaja del todo con nuestros gustos.
La estética de 2016 recupera este tipo de imperfecciones y las convierte en algo deseable. Quizá sea por eso que también están regresando los objetos físicos como los CDs, los fotomatones, las revistas o los pósteres; son cosas que no necesitan una actualización continua para poder ser utilizados.
En una generación obsesionada con lo nuevo, lo antiguo acaba sintiéndose algo más personal e íntimo.

El cansancio de tener que ser alguien.
Hay otra razón por la que todo esto vuelve a resultar atractivo, y es que estamos agotados de la obligación de tener una personalidad completamente definida. No vale con que nos guste algo; parece que tenemos que saber qué dice eso sobre nosotros.
Una película se convierte en una referencia, una canción en una declaración, una prenda en una nueva tendencia y un viaje en un documental. Incluso lo que nos mueve en nuestro día a día parece haber adquirido cierta responsabilidad narrativa. El problema es que cuantas más posibilidades tenemos para decidir quiénes somos, más fácil se nos hace observar al resto para comprobar si lo estamos haciendo bien.
Es aquí donde la estética de 2016 adquiere una dimensión diferente. Ya no como la moda del año la cual tenemos que copiar, sino como una fantasía de una época en la que todavía podíamos cambiar de opinión sin sentir que estábamos contradiciendo nuestra propia marca.

No echamos de menos 2016.
Idealizar 2016 es demasiado sencillo, también existían entonces las comparaciones, la inseguridad y la presión por encajar. No era un paraíso y probablemente tampoco querríamos recuperar esa época exactamente como fue. Lo que resulta interesante son los elementos que sí hemos decidido rescatar.
No hemos recuperado todo 2016, hemos recuperado ciertos códigos que nos transmiten colores y cierto caos. Hemos reconstruido una versión del pasado que responde bastante bien a todo lo que hoy en día echamos de menos.
Por eso la estética de 2016 quizá no sea tanto una vuelta hacia atrás, sino que sea más una protesta silenciosa. Una manera de decir que no todo tiene que ser limpio, que no todo tiene que combinar y que no todo está hecho para convertirlo en contenido.

¿Qué es entonces lo que queremos recuperar?
Al final nunca hemos querido volver a vivir el año 2016. Tal vez lo que queremos es mucho más difícil de recuperar, y eso es la posibilidad de hacer las cosas sin pensar en lo que podrían significar.
Vestirnos porque nos gusta una camiseta y no porque pertenece a una estética en concreto, hacer una foto horrible y guardarla, escuchar una canción y no pensar en si es muy básica y si es lo suficientemente underground como para subirla. Salir, cambiar, vivir sin calentarnos la cabeza.
La estética de 2016 vuelve porque hemos encontrado en ella una imagen de todo esto: color, desorden, exceso, espontaneidad. No es el pasado lo que queremos recuperar, sino la sensación de que todavía podemos movernos dentro de él sin que nadie nos esté mirando.
Seguramente el color que hemos pérdido nunca haya estado en ninguna fotografía, estaba en la posibilidad de no tener que explicarnos.
Y, es por esto, que diez años después seguimos mirando hacia 2016. No echamos de menos una época, echamos de menos sentir que somos libres.