
Un Verano por m², creada por la compañía 7 Minutos de Gloria, convierte la lucha vecinal por la vivienda en experiencia teatral urgente, colectiva y esperanzadora.
Hay obras necesarias y luego están las urgentes. Un Verano por m², ideada, dirigida y creada por 7 Minutos de Gloria, pertenece sin duda a la segunda categoría. En cartel de febrero a mayo en el Teatro del Barrio, la pieza no solo aborda el conflicto de la vivienda: lo convierte en materia escénica palpitante, en conversación incómoda y reconocible, en espejo generacional.

Ya no es solo que sea fundamental hablar de vivienda es que es impostergable. El acceso a un hogar se ha convertido en el gran tema de conversación de toda una generación, en la preocupación que atraviesa sobremesas y terrazas. Y el teatro, como termómetro social, no puede permanecer ajeno. Lo que nos desvela, lo que condiciona nuestros proyectos de vida, termina inevitablemente subiéndose a escena. En Un Verano por m², esa inquietud colectiva se transforma en relato vivo, en conflicto dramático y en pregunta directa al espectador.
7 minutos de Gloria, foto de Marta García
La obra ensancha el concepto de vivienda hasta convertirlo en identidad, en memoria compartida, en red afectiva.
“La casa no es solo la casa”, dice el texto en una de sus líneas más certeras. Y en esa frase, seguramente, se encapsula toda la propuesta. Porque Un Verano por m² no habla únicamente del techo que nos protege de la intemperie cada noche. Hogar también es el bar de la esquina, el lugar donde quedáis los de siempre, las plazas que nos han visto crecer. La obra ensancha el concepto de vivienda hasta convertirlo en identidad, en memoria compartida, en red afectiva.

7 Minutos de Gloria nace como colectivo y compañía de teatro contemporáneo. Integrado por ocho jóvenes de contextos dispares que procuran dar voz a las necesidades que plantea su generación. Y se nota. Hay una pulsión clara por hablar desde el presente, con códigos reconocibles, con humor ácido y una energía que rebosa esencia Gen Z sin caer en la caricatura.

Rescatan una historia real de la que tan poco se ha oído hablar y la convierten en un artefacto escénico vibrante.
El espectáculo combina ficción y documental con inteligencia. Rescatan una historia real de la que tan poco se ha oído hablar y la convierten en un artefacto escénico vibrante. El dispositivo dramatúrgico alterna escenas narrativas con momentos casi asamblearios, donde el público siente que podría levantar la mano y votar. Esa mezcla aporta verdad y, sobre todo, compromiso.

Es el Madrid de 1990, pero podría ser el de ahora mismo
La historia nos lleva al Madrid de 1990, al barrio ficticio de Cerro Belmonte, un humilde enclave de la periferia noroeste que decide independizarse de España durante una semana. ¿El motivo? Los vecinos, amenazados por el Ayuntamiento con la expropiación de sus casas (a cambio de un precio irrisorio por metro cuadrado) dentro de un programa de especulación inmobiliaria, inician una potente lucha vecinal que culmina en un gesto tan simbólico como radical: su independencia. Hartos de la indiferencia por parte de las clases dirigentes optan por robar una estrella de la Comunidad de Madrid y confeccionar su propia bandera. Así, con este particular gesto, constituyen su reino independiente.

Podría parecer una anécdota histórica, pero la pregunta que sobrevuela toda la función es otra: ¿cuándo hemos dejado que nuestros barrios dejen de serlo? Lo que ocurre en 1990 resuena peligrosamente con nuestros días. La gentrificación, la especulación, la expulsión silenciosa de quienes sostienen la vida comunitaria son heridas abiertas.

La revolución aquí no tiene grandilocuencia, tiene charlas en el bar y sillas de plástico.
Pese a las negativas institucionales, los vecinos no se rinden. Día a día, semana a semana y asamblea a asamblea, van tejiendo estrategias intentando hacer frente a su situación. El ingenio y la creatividad se convierten en armas políticas. La obra acierta al mostrar la épica de lo cotidiano: pancartas pintadas a mano, reuniones interminables, discusiones, desacuerdos y reconciliaciones. La revolución aquí no tiene grandilocuencia, tiene charlas en el bar y sillas de plástico.

La historia de lucha vecinal se transmite de manera visceral, no solo como relato, sino como experiencia compartida en el escenario.
Otro de los aciertos más claros de Un Verano por m² es que, al igual que los vecinos de Cerro Belmonte, la obra nace de un proceso de creación colectiva. Cada decisión, cada escena, cada estrategia escénica es fruto del diálogo constante entre los integrantes de 7 Minutos de Gloria, reflejando la misma lógica de colaboración, ingenio y resistencia que vemos en el barrio ficticio. Este paralelismo no es solo anecdótico: subraya la coherencia ética y artística del proyecto, haciendo que la historia de lucha vecinal se transmita de manera visceral, no solo como relato, sino como experiencia compartida en el escenario. La obra se convierte así en un microcosmos de la propia comunidad que quiere celebrar y proteger, reforzando la idea de que la fuerza colectiva es la que permite transformar la realidad.
Aunque el trasfondo es duro, la pieza está atravesada por un humor mordaz que aligera sin restar profundidad. Hay ironía generacional, referencias contemporáneas y una autoconciencia que no cae en el panfleto. El equilibrio entre denuncia y entretenimiento es uno de sus mayores logros.

Quizás el futuro esté, precisamente, en manos de esas nuevas generaciones que ya no conciben el arte desligado de la acción. Si algo demuestra esta propuesta es que la conciencia colectiva no es patrimonio del pasado. El grito de guerra de los vecinos de Cerro Belmonte no debería quedarse en una anécdota teatral ni en una hazaña aislada de 1990: debería ser una llamada a la acción hoy. Porque si la casa no es solo la casa, entonces defenderla es también defender la vida que late dentro y alrededor de ella.
Al final, lo que queda es una historia esperanzadora. Una que ilustra el tan manido —pero no por ello menos cierto— mantra de que solo el pueblo salva al pueblo. La obra subraya la importancia de la comunidad, de remar todos en la misma dirección, de ir todos a una y dejar los intereses individuales de lado cuando lo colectivo está en juego. Y, más que ofrecer respuestas cerradas, insta a la acción.
7 minutos de Gloria, foto de Marta García
No es la primera vez que el colectivo aborda el tema de la vivienda, y lo hacen con una valentía y contundencia que se percibe en cada gesto, en cada diálogo.
Se nota con claridad que 7 Minutos de Gloria tienen muy claro lo que quieren contar. No es la primera vez que el colectivo aborda el tema de la vivienda, y lo hacen con una valentía y contundencia que se percibe en cada gesto, en cada diálogo. Se siente que esta es una historia que emociona de verdad a sus creadores/intérpretes, y esa emoción se transmite directamente al público: desde la butaca, uno no solo contempla la obra, sino que se convierte en partícipe de su manifestación, de su lucha. Un vecino más sentado a la fresca en esa silla de plástico. La experiencia es tan envolvente que acabas hasta entonando sus cánticos revolucionarios, sintiendo que, por un rato, formas parte del barrio y de la comunidad que defiende su derecho a, simplemente, habitar.

Un Verano por m² no pretende ser neutral. Toma partido. Y en ese gesto encuentra su fuerza. Es una historia conmovedora que nos recuerda que el hogar no se mide en metros cuadrados, sino en vínculos. Y que, quizá, todavía estamos a tiempo de defenderlos.