
En Sacresize, Alberto Velasco convierte la danza en un acto político y emocional desde el que reivindicar la belleza, la potencia y la libertad de los cuerpos gordos sobre el escenario.
Con Sacresize, Alberto Velasco no solo firma una nueva pieza escénica: abre una grieta necesaria dentro de los imaginarios corporales que seguimos arrastrando como sociedad. Concebido como un “dispositivo coreográfico” para cuerpos gordos, el espectáculo mezcla danza, cine, performance y pensamiento político para cuestionar la violencia estética que atraviesa nuestras vidas y reivindicar la posibilidad de habitar el cuerpo sin culpa ni vergüenza.
Foto superior de Dominik Valvo
Dividida en dos actos —Size y Sacre—, la obra dialoga con referencias tan dispares como el ballet clásico, el twerking, el butoh o La Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky para construir un manifiesto escénico tan incómodo como profundamente amoroso.
@Adrián Nucelaar
A lo largo de esta conversación, Alberto Velasco reflexiona sobre la representación de los cuerpos gordos en la cultura, la idea del “terrorismo corporal”, la necesidad urgente de generar referentes positivos y la importancia de convertir el escenario en un espacio verdaderamente inclusivo. Pero, sobre todo, habla desde un lugar íntimo y político a la vez: el deseo radical de existir sin pedir perdón por ocupar espacio.
Sacresize se define como un “dispositivo coreográfico”. ¿Qué implica exactamente ese concepto en tu manera de crear?
Para mí, pensar en “dispositivo coreográfico” tiene más que ver con el juego que con el peso de una coreografía cerrada. Siempre he sentido que las creaciones tienen que contener esa idea de libertad, de juego, y la palabra “coreografía” muchas veces viene cargada de norma, de estructura, de algo fijo. Con este espectáculo necesitaba sacudirme todo eso.
El término “dispositivo” me permitía acercarme a la creación desde otro lugar: tener delante muchísimas maneras posibles de llegar a una misma escena. Durante el proceso he creado distintas coreografías para los mismos momentos, porque quiero que esta pieza pueda replicarse en distintos lugares del mundo, con diferentes elencos y con cuantos más cuerpos gordos sobre el escenario, mejor.
Necesito que exista esa flexibilidad para adaptarme a los cuerpos que llegan, a lo que esos cuerpos proponen, a cómo dialogan con el movimiento. Quizá tengamos quince días de ensayos, que es poquísimo tiempo para montar una pieza, y aun así quiero que haya espacio para que cada elenco transforme el espectáculo. Por eso hablo de dispositivo coreográfico: algo abierto, vivo, mutable y profundamente libre.
Hablas de un ballet para personas gordas. ¿Qué significa reapropiarse de un lenguaje históricamente normativo como el ballet?
Ha sido una gozada. De verdad, una diversión absoluta. Siempre desde el respeto, claro, pero también desde el deseo de romper las normas del ballet y construir las nuestras propias.
Al final, el ballet plantea una narrativa, una utilización concreta de los cuerpos y unas reglas muy determinadas, pero todo eso puede ser ejecutado por cualquier tipo de cuerpo. Que históricamente solo se haya asociado a cuerpos delgados me parece anecdótico. En realidad, el lenguaje está ahí para ser habitado.
Así que ha sido muy fácil imaginarlo desde cuerpos gordos. Muy placentero. Muy liberador.
@Adrián Nucelaar
El proyecto parte de una herida: la violencia hacia los cuerpos gordos. ¿En qué momento decides que esa herida debe convertirse en materia escénica?
Creo que la violencia hacia los cuerpos gordos es extensible a la violencia que reciben todos los cuerpos dentro de este sistema capitalista. Yo hablo desde mi experiencia porque soy un cuerpo gordo, pero es una herida compartida. Incluso los cuerpos normativos viven bajo una presión constante: la obligación de mantenerse dentro de una idea concreta de belleza para no convertirse jamás en aquello que la sociedad considera “lo peor”, que es engordar.
No siento que un día decidiera convertir esto en materia escénica. Más bien siento que asumí la misión de contarme en el escenario teniendo en cuenta lo que soy. Y cuando un cuerpo gordo se desnuda en escena, no solo se desnuda físicamente: también se desnuda poéticamente. Enseñamos el alma.
Además, todo lo que aparece en escena se convierte automáticamente en signo escénico. El público lo interpreta, lo proyecta, lo lee. No podemos escapar de eso. Por eso creo que es urgente que el compromiso con la diversidad corporal sea colectivo y no recaiga únicamente sobre las personas gordas.
¿Qué tipo de reacción te gustaría provocar en el público: incomodidad, identificación, liberación…?
La primera palabra que me viene es amor.
Creo que el viaje puede empezar incluso desde el rechazo, y está bien reconocerlo. No estamos acostumbrados a ver cuerpos gordos en escena, y el primer impacto puede ser incómodo. Después puede llegar la identificación, la incomodidad, la liberación, incluso la catarsis… pero ojalá todo desemboque en amor.
Amor hacia los demás cuerpos, hacia la empatía y también hacia uno mismo. Ojalá la gente salga pensando que su cuerpo es hermoso, sea como sea, y entendiendo que los cuerpos cambian, envejecen, se transforman. Ojalá podamos vivir sin sentir constantemente la espada del sistema encima, exigiéndonos modificar quienes somos.
Foto: Dominik Valvo
En el espectáculo cuestionas por qué pedimos perdón por ocupar espacio. ¿Tú cuándo dejaste de hacerlo?
No creo que sea una conquista cerrada. Hay días mejores y días peores.
Cuando empiezas a preguntarte por qué pides perdón por ocupar espacio, también empiezas a darte cuenta de cómo los cuerpos gordos sentimos constantemente que tenemos que compensar nuestra existencia. Como si no bastara con existir. Parece que tienes que ser especialmente simpático, especialmente inteligente o especialmente brillante para justificar tu presencia.
Y no, no tengo eso completamente resuelto. Hay días en los que consigo no pedir perdón y otros en los que cualquier fragilidad hace que el miedo vuelva. Y entonces vuelves a encogerte. Es durísimo vivir así.
Hablas de “terrorismo corporal”. Es un término muy potente. ¿Qué experiencias personales o colectivas lo sostienen?
Uso ese término porque siento que el sistema mantiene a todos los cuerpos en un estado permanente de miedo. Los medios de comunicación, las redes sociales y todas las ideas aprendidas sobre los cuerpos nos empujan constantemente a sentir vergüenza.
Los cuerpos gordos vivimos bajo la amenaza continua de que no merecemos ser felices simplemente por existir. Pero no solo nos pasa a nosotros: todos los cuerpos están atravesados por esa violencia. Nos quieren pequeños, inseguros, vulnerables.
Y además es un sistema que se beneficia económicamente de nuestra vergüenza. Gana muchísimo dinero haciendo que odiemos nuestros cuerpos.
@Adrián Nucelaar
Insistes en la importancia de generar referentes gordos positivos. ¿Qué referentes echaste en falta tú?
Todos. Yo crecí en los años noventa y prácticamente todos los personajes gordos existían para provocar risa o para representar aquello en lo que nadie quería convertirse.
Y sinceramente, no creo que estemos mucho mejor ahora. Seguimos teniendo una representación bajísima en cine y televisión. Y cuando aparecen cuerpos gordos, muchas veces el conflicto gira exclusivamente en torno a su peso.
Necesitamos referentes gordos complejos, deseables, felices, protagonistas. Porque además nos estamos perdiendo una cantidad enorme de historias maravillosas.
En Sacresize, la representación no es solo estética, sino política. ¿Crees que el escenario sigue siendo un espacio de exclusión corporal?
Sí, totalmente. La estética es política. No creo que una cosa pueda separarse de la otra.
El escenario sigue siendo un espacio de exclusión corporal, aunque quizá algo menos que el cine o la televisión. Al menos en las artes escénicas existe más presencia de cuerpos diversos. Pero sigue habiendo violencia.
La diferencia es que en teatro o danza recibimos la reacción del público en directo. Nos exponemos desde el cuerpo y sentimos inmediatamente cómo se nos mira. Eso genera emociones muy concretas.
Ojalá el escenario fuera un espacio mucho más amable para todos los cuerpos.
Foto: Dominik Valvo
Introduces el concepto de “cuerpo tránsito”, esa idea de vivir deseando otro cuerpo. ¿Cómo se traduce eso físicamente en la coreografía?
El concepto lo tomo de El cuerpo no es una disculpa y me atravesó profundamente. Vivimos en la obligación constante de demostrar que estamos intentando cambiar nuestro cuerpo. Como si habitar el cuerpo que tenemos fuese algo incorrecto.
Eso genera una sensación de no pertenencia. Y en la coreografía aparece especialmente en la primera parte del espectáculo, SIZE. Son cuerpos que van y vienen, que parecen escapar de sí mismos, incapaces de quedarse quietos dentro de su propia piel.
En Sacre, sin embargo, ocurre lo contrario: aparece la rotundidad, la permanencia, la afirmación de existir tal y como somos.
Prefieres hablar de “opresión” antes que de “desigualdad”. ¿Qué cambia cuando nombras las cosas así?
Cuando hablamos de desigualdad parece que estamos describiendo algo abstracto, casi accidental. Pero la opresión implica que existe una estructura concreta, un sistema, un opresor.
Y eso cambia muchísimo el discurso porque nos obliga a señalar quién se beneficia de esa violencia y contra qué tenemos que luchar. No es casualidad. Hay decisiones políticas, económicas y culturales detrás de todo esto.
Además, todo lo que vivimos pasa a través del cuerpo. No habitamos ideas: habitamos cuerpos.
@Adrián Nucelaar
Hay una reflexión muy interesante sobre la animalización de los cuerpos gordos. ¿Cómo dialoga eso con la escena y el movimiento?
Mi primer espectáculo se llamaba Vaca, que era el insulto favorito de mis compañeros de colegio. Y nunca había pensado hasta hace poco en cómo animalizamos sistemáticamente a los cuerpos considerados inferiores: los cuerpos gordos, las mujeres, las personas migrantes…
En Sacresize hago una reapropiación de todos esos insultos: vaca, foca, morsa, ballena… Pero no porque quiera dejar de relacionarme con esos animales, sino porque me niego a aceptar que un animal sea algo inferior.
Una vaca es hermosa. Una morsa es hermosa. La naturaleza es diversa y los cuerpos humanos también lo son.
En el proyecto citas a Naomi Wolf y su idea de la cultura de la dieta como domesticación. ¿Cómo atraviesa esa lectura tu proceso creativo?
La tengo muy presente porque la cultura de la dieta nos atraviesa constantemente. Todo el mundo opina sobre tu cuerpo. Todo el tiempo aparecen nuevas rutinas, nuevas dietas, nuevas formas de “mejorarte”.
Y eso nos enferma. Nos convierte en personas obsesionadas con modificar nuestro cuerpo en lugar de vivir dentro de él.
Además, quiero desmontar la idea de que un cuerpo gordo es necesariamente un cuerpo enfermo. Yo tengo hábitos saludables, hago ejercicio y sigo teniendo un cuerpo gordo.
Por eso necesito que en escena aparezcan cuerpos gordos felices, sanos, bailando y ocupando un lugar sublime.
Foto: Dominik Valvo
La interseccionalidad es otro eje importante del proyecto. ¿Cómo se materializa esa complejidad en el elenco y la dramaturgia?
La gordofobia está completamente atravesada por el racismo, el clasismo y la aporofobia. Y durante el proceso me di cuenta de algo muy fuerte: muchas de las reflexiones sobre la gorditud vienen de pensadoras afrodescendientes y latinoamericanas.
En los cuerpos blancos occidentales, la gordura aparece como algo de lo que hay que escapar constantemente. Como una amenaza. Y eso dice muchísimo de cómo funciona el sistema.
Por eso me interesa que Sacresize también interpele a la blanquitud y a los privilegios desde los que se construyen ciertos imaginarios corporales.
El espectáculo está dividido en dos actos, Size y Sacre. ¿Qué viaje emocional propones entre uno y otro?
Hay un prólogo y luego dos actos que funcionan casi como un espejo invertido.
Size plantea toda la violencia que recibimos desde las imágenes. Mientras se proyecta la película, ocho cuerpos gordos bailan delante… y aun así el público apenas puede mirarlos. La imagen lo devora todo. Invisibiliza esos cuerpos.
Y precisamente de eso habla esa primera parte: de la imposibilidad de ser vistos dentro de un sistema tan poderoso.
Después llega Sacre, donde todo cambia. Pasamos de la sombra a la luz, de la invisibilidad a la celebración absoluta de los cuerpos gordos y sus singularidades.
Foto: Dominik Valvo
En Size trabajas con una pieza audiovisual creada junto a Afioco Gnecco. ¿Qué papel juega el cine como “villano” dentro de la obra?
La película funciona como un contenedor de toda la violencia estética que recibimos a través de la imagen. En la pieza, el cine ocupa el lugar del villano.
Pero en realidad yo no creo que el cine sea el enemigo. Creo que tiene un poder inmenso para construir nuevas narrativas y nuevas formas de imaginar el mundo. El problema es que muchas veces ese poder está secuestrado por el sistema.
Hay una reflexión de Lucrecia Martel que me encanta: dice que quizá ya hemos mostrado suficientes mundos violentos y apocalípticos, y que ahora deberíamos imaginar escenarios posibles de convivencia, belleza y amor. Estoy muy de acuerdo con eso.
El segundo acto dialoga con Igor Stravinsky. ¿Por qué era importante revisitar La consagración de la primavera desde estos cuerpos?
Porque llevo esa pieza metida en el cuerpo desde hace años. También por mi admiración absoluta hacia Pina Bausch.
Siempre sentí que la percusión y la fisicidad de La consagración de la primavera dialogaban muy bien con mi cuerpo. Y soñaba con verla interpretada por un elenco de cuerpos gordos.
Además, históricamente, cuando aparece un cuerpo gordo en compañías normativas suele utilizarse como elemento anecdótico o disruptivo. Aquí ocurre lo contrario: todos los cuerpos ocupan el centro.
Y la música de Stravinsky con cuerpos gordos es una cosa increíble. Brutal.
@Aitana Valencia
A nivel coreográfico, hablas de cualidades propias del cuerpo gordo como la vibración o la contundencia. ¿Qué has descubierto durante el proceso?
Lo más fascinante ha sido descubrir que cada cuerpo gordo es un universo completamente distinto.
Yo partía de mi propio cuerpo y de mi propia manera de vibrar, pero al trabajar con otras personas entendí que cada una tiene ritmos, pesos y movimientos diferentes. Hay cuerpos más compactos, otros más blandos, vibraciones distintas, cadencias distintas…
La riqueza corporal que aparece ahí es infinita. Hay recursos escénicos que un cuerpo delgado jamás podría producir de la misma manera.
Y siento que esto es solo el comienzo. Sacresize funciona casi como un manifiesto inicial de una investigación muchísimo más grande.
También trabajas con estilos como twerking, folklore o butoh. ¿Qué te interesa de ese cruce de lenguajes?
Me interesa todo aquello que ayude a contar lo que queremos contar.
Todo lo que rebota, vibra y conecta con algo telúrico me parece importantísimo. Hay movimientos presentes en muchísimas culturas —desde África hasta Latinoamérica o España— que conectan directamente con la tierra y con el cuerpo.
Y luego el butoh aporta algo espiritual, sostenido, casi fantasmal.
La pieza intenta viajar constantemente entre lo terrenal y lo espiritual, siempre atravesado por el cuerpo.
Foto: Dominik Valvo
El proyecto tiene una dimensión colectiva muy fuerte, con laboratorios abiertos y cuerpos no profesionales. ¿Qué te aporta ese encuentro con lo no académico?
Es el motor del proyecto. Lo académico, históricamente, ha expulsado a los cuerpos gordos de la danza. Así que reapropiarnos de la danza desde lo amateur y desde el deseo de bailar me parece precioso.
En los talleres siempre surge la misma pregunta: ¿qué es un cuerpo gordo? Y ahí aparecen situaciones muy complejas. Personas que se identifican como gordas aunque desde fuera alguien pueda no percibirlas así.
Pero yo jamás voy a cuestionar cómo alguien vive su cuerpo.
Lo que ocurre en esos encuentros es profundamente emocionante. Hay una necesidad enorme de bailar sin sentir opresión, sin sentir juicio. Y se genera una comunidad llena de amor y de libertad que está en el corazón mismo de Sacresize.
Sacresize aspira a ser un dispositivo replicable en distintos territorios. ¿Cómo imaginas su impacto más allá del escenario?
Creo que el impacto ya está ocurriendo. En los talleres, en las conversaciones, en entrevistas como esta. El simple hecho de hablar sobre los cuerpos ya genera espacios de reflexión muy profundos.
Y me interesa muchísimo descubrir cómo dialogará el proyecto con otros territorios y otras culturas. Habrá lugares donde ciertas cuestiones estén más avanzadas y otros donde la violencia corporal sea todavía más fuerte.
Pero justamente ahí está la riqueza del proyecto: en dejar que cada contexto transforme también la pieza.
Al final, Sacresize habla del deseo de habitar nuestros cuerpos con tranquilidad. De construir espacios de comunión, de amor y de reconocimiento colectivo. Y eso, para mí, ya es profundamente político.
Alberto Velasco / Sacresize
Teatros del Canal
Del 28 de mayo al 7 de junio de 2026