Esta Soledad: reconstruirse cuando todo también se tambalea

Hay películas que hablan de una ruptura y otras que hablan de todo lo que viene después. Esta Soledad, la ópera prima de ficción de Javier Giner, pertenece a las segundas.

Después del éxito arrollador de Yo, Adicto, el director vasco vuelve a reunirse con Oriol Pla y Marina Salas para explorar, desde un lugar mucho más íntimo y silencioso, qué ocurre cuando una relación termina y toca aprender a reconstruirse en solitario. Esta Soledad se estrena en el Festival de San Sebastián antes de llegar a los cines el 31 de octubre.

Leo y Lorea, interpretados por Oriol Pla y Marina Salas, ya no son pareja cuando comienza la película y las razones de ese desenlace aparecen apenas de refilón, muy avanzada la historia. No hay culpables, grandes revelaciones ni una explicación tranquilizadora que ordene el pasado. A Giner le interesa más lo que ocurre después: cómo se construye una identidad cuando deja de existir el proyecto de vida que habías construido junto a otra persona.

Esta Soledad: reconstruirse cuando todo también se tambalea

Ese punto de partida podría haber dado lugar a un drama de ruptura convencional, pero Esta Soledad decide mirar hacia otro sitio. Es una película de silencios, de miradas, de espacios y de aquello que ocurre cuando los personajes no saben —o no pueden— poner en palabras lo que sienten. Giner apuesta conscientemente por una narración menos explicativa, dejando agujeros y fueras de campo que el espectador debe completar con su propia experiencia. Una decisión que encaja con la propia naturaleza de la historia, puesto que, después de una pérdida tampoco nosotros recibimos un manual de instrucciones para entender qué nos está pasando.

Esta Soledad: reconstruirse cuando todo también se tambalea

Esta Soledad no cuenta tanto una ruptura como el periodo de soledad, transformación y reconstrucción que viene después

Y ahí aparece una de las grandes virtudes de la película: su capacidad para hablar de algo concreto y, al mismo tiempo, convertirlo en una experiencia reconocible. Todos hemos tenido que recomponernos después de una pérdida, aunque no siempre sepamos identificar exactamente qué fue lo que se rompió.

Bilbao es mucho más que el telón de fondo de la cinta. Y es que, esta frase podría parecer una obviedad cuando hablamos de una película rodada en la ciudad natal de su director, pero aquí resulta especialmente pertinente. Bilbao no funciona como decorado, sino como una prolongación del estado emocional de sus protagonistas. Los cielos encapotados, las calles mojadas, la humedad y ese paisaje cantábrico permanentemente suspendido entre la luz y la sombra parecen fundirse con la melancolía que atraviesa la historia.

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Esta soledad es ficción, pero está impregnada de una memoria emocional muy concreta.

Hay, además, una dimensión personal detrás de esa elección. Giner nació en Barakaldo y ha recuperado para la película parte de la memoria visual de aquella infancia marcada por el Bilbao industrial, los cielos grises y los Altos Hornos de Vizcaya. Incluso algunas localizaciones remiten directamente a esos recuerdos. Esta soledad es ficción, pero está impregnada de una memoria emocional muy concreta.

Y ahí aparece uno de los grandes puntos de conexión con Yo, Adicto. Aunque ambas obras sean formalmente muy diferentes —una explosiva, visceral y verbal; la otra contenida, silenciosa y sensorial—, hay una esencia común que empieza a convertirse en el sello de Giner. La familia, los vínculos, la salud mental, la vulnerabilidad, la dificultad para relacionarse con los demás y, sobre todo, la necesidad de entender qué hacemos con nosotros mismos cuando la vida se desordena vuelven a estar presentes.

Esta Soledad: reconstruirse cuando todo también se tambalea

Quizá por eso Esta Soledad sea menos autobiográfica en apariencia, pero no necesariamente menos personal. Giner parece haberse dado cuenta de que no necesita contar su propia historia para hablar desde un lugar íntimo y con mirada propia. Puede hacerlo a través de Leo y Lorea, de sus heridas, de sus contradicciones y de los espacios que habitan. Hay mucho de él en la película precisamente porque esta vez ha decidido esconderse detrás de sus personajes.

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La precariedad material también acaba siendo precariedad emocional.

La otra gran capa de la película aparece en las vidas laborales de sus protagonistas. Leo y Lorea se mueven en entornos vinculados a la cultura, trabajos que forman parte de sus aspiraciones pero que difícilmente les permiten construir una vida estable. Y la precariedad no aparece como un discurso añadido a la película, sino como una condición que determina sus decisiones.

Porque la inestabilidad económica acaba atravesándolo todo. La vivienda, el futuro, las relaciones, la posibilidad de independizarse o de imaginar un proyecto común. Esta soledad plantea así una pregunta incómoda: ¿se puede construir una vida cuando no tienes un buen sustento sobre el que apoyarla? Y quizá todavía más: ¿cómo construir vínculos sólidos cuando tu propia vida está permanentemente en suspenso?

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Es una mirada generacional que evita convertir a sus personajes en portavoces de una tesis. No hace falta que hablen de la crisis de la vivienda para que la crisis de la vivienda esté ahí. No hace falta explicar la precariedad para verla en sus vidas. Giner simplemente retrata una realidad que conoce y que le rodea: personas que encadenan trabajos, que persiguen una vocación mientras hacen malabares para llegar a fin de mes y que descubren que la inestabilidad laboral también condiciona la manera en la que aman.

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Y quizá por eso resulta tan natural que la película hable de una ruptura mientras, en realidad, está hablando de algo mucho más amplio: la dificultad de construir una vida adulta en un contexto en el que casi nada parece estable.

Este filme no es una reacción improvisada al éxito de aquella serie, sino un proyecto que llevaba tiempo germinando. Tras Yo, adicto, Giner recuperó el guion de esta historia, lo reescribió prácticamente desde cero y terminó construyéndolo pensando en Oriol Pla y Marina Salas. Y es que, volver a trabajar con ellos no es solo repetir una colaboración que funcionó sino que se traduce en buscar en dos actores que ya conoce registros que todavía no había explorado con ellos.

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El resultado es una pareja protagonista que se entiende especialmente bien en ese terreno de silencios y gestos mínimos.

Pla y Salas no necesitan explicar constantemente lo que sienten; la película confía en su corporalidad, en sus miradas y en la distancia entre ambos para hacer visible todo aquello que ya no está.

Y si algo demuestra el regreso de Giner es que Yo, Adicto no fue un golpe de suerte. Llega a su ópera prima de ficción con mucho más rodaje del que su condición de debutante podría sugerir. Antes de sentarse por primera vez en la silla de director de un largometraje, Giner llevaba años dirigiendo videoclips, publicidad y trabajando en televisión. Ha pasado mucho tiempo en sets, aprendiendo a trabajar con actores, equipos y diferentes formatos, acumulando ese “callo” que quizá explica que él mismo no viva Esta soledad como un debut absoluto.

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Su trayectoria, de hecho, tiene algo coherente: siempre ha estado buscando la manera de contar historias, independientemente del formato. Y ahora que dispone de hora y media larga para hacerlo, conserva esa misma intuición que le ha acompañado desde los videoclips: dejarse llevar por aquello que le provoca curiosidad, que le emociona o que todavía siente como un reto.

Esta Soledad: reconstruirse cuando todo también se tambalea

No es Yo, Adicto, pero sí que es otra parte de Giner. Quizá esa sea la mejor manera de entender Esta Soledad.

No es una película que intente repetir el fenómeno de la serie ni que busque demostrar que el director puede hacer algo completamente distinto. Es, más bien, la confirmación de que ambas películas, pese a sus diferencias, nacen del mismo lugar.

Las dos miran hacia dentro. Ambas hablan de vínculos, familia, fragilidad y reconstrucción. Las dos utilizan la ficción para explorar preguntas profundamente personales. Pero si Yo, Adicto necesitaba gritar para ser escuchada, Esta Soledad prefiere susurrar.

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Y en ese susurro Giner encuentra una voz propia: más silenciosa, más íntima y menos preocupada por darle respuestas al espectador que por dejarle espacio para encontrar las suyas.

Esta Soledad se estrenará en el Festival de San Sebastián, dentro de la sección New Directors, y llegará a los cines el 30 de octubre. Una primera película que llega después de muchos años de oficio y que, paradójicamente, habla precisamente de eso: de estar perdido, de no tener todas las respuestas y de intentar construir algo con lo que uno tiene.

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