Cuando la diversidad se convierte en un producto rentable

El filósofo Simón Cano Le Tiec pone bajo la lupa el capitalismo arcoíris: empresas, consumo y visibilidad LGTBIQ+ frente a una pregunta incómoda, ¿inclusión real o estrategia comercial en una sociedad cada vez más mercantilizada?

En una ponencia impartida en Villanueva del Trabuco, dentro del ciclo Pensar la Diversidad, Simón Cano Le Tiec analiza cómo el capitalismo ha aprendido a incorporar símbolos, discursos y consumidores LGTBIQ+ sin asumir necesariamente sus reivindicaciones. El filósofo y antropólogo recorre conceptos como homocapitalismo o capitalismo rosa para plantear una cuestión que va mucho más allá de colocar una bandera en junio: qué ocurre cuando la aceptación social se mide por la capacidad de consumir y cuando la visibilidad corre el riesgo de sustituir a la transformación política.

Cuando la diversidad se convierte en un producto rentable

Un concepto que no es simplemente un eslogan

La expresión puede sonar provocadora, pero Cano comienza precisamente desmontando ese efecto. El capitalismo arcoíris no designa una modalidad económica completamente distinta, sino una forma de analizar cómo el mercado integra a colectivos que durante mucho tiempo fueron marginados. El concepto se relaciona con términos como homocapitalismo o capitalismo rosa y pone el foco en una operación concreta: convertir identidades y estilos de vida en segmentos reconocibles de consumidores. La incorporación produce visibilidad y también nuevas oportunidades comerciales. Ahí aparece la tensión central de la ponencia: que ser aceptado por el sistema no significa necesariamente transformar las condiciones sociales que antes generaban exclusión.

Cuando la libertad acaba significando poder comprar

Uno de los puntos más interesantes de la charla aparece cuando Cano habla de libertad. Su planteamiento es que el capitalismo arcoíris puede presentar como emancipación algo bastante más limitado: la posibilidad de entrar en el mercado, producir y consumir en igualdad de condiciones. Dicho de otra manera, una persona deja de ser incómoda para el sistema cuando puede convertirse en cliente. Esa integración tiene efectos positivos evidentes en la vida cotidiana, pero no equivale por sí sola a una libertad política o social plena. La pregunta que queda flotando es incómoda: ¿hemos ampliado realmente los márgenes de la diversidad o simplemente hemos ampliado el número de personas a las que el mercado sabe vender?

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La bandera arcoíris también puede convertirse en logo

El siguiente paso es observar qué ocurre con los símbolos. La bandera arcoíris, la estética del Orgullo o determinados códigos asociados a la diversidad pueden pasar de ser herramientas de identificación y protesta a funcionar también como recursos de comunicación. Cano dirige la crítica hacia el compromiso falseado de marcas, artistas e instituciones que incorporan esos códigos porque resultan rentables, contemporáneos o socialmente deseables. El problema no es que una empresa muestre apoyo a la comunidad LGTBIQ+, sino qué existe detrás de esa imagen. Cuando la adhesión termina al mismo tiempo que la campaña publicitaria, la diversidad corre el riesgo de convertirse en un decorado perfectamente compatible con las lógicas que pretendía cuestionar.

 

Ser visible no significa necesariamente tener más poder

Este marco permite introducir otra diferencia importante: visibilidad no es lo mismo que poder. Que haya más personajes, campañas, productos o celebridades vinculados a la diversidad puede normalizar realidades antes ocultas, pero esa presencia simbólica no garantiza una influencia equivalente en las decisiones económicas, políticas o institucionales. En sus reflexiones sobre el capitalismo arcoíris, Cano advierte precisamente de que la representación puede convertirse en una trampa cuando privilegia lo estético y comercial sobre la capacidad real de intervenir en la sociedad. El reto no sería desaparecer de la cultura popular, sino evitar que toda la diversidad termine reducida a una imagen amable, reconocible y, sobre todo, fácil de consumir.

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Cuando una protesta termina integrada en el sistema

Ahí entra en juego la institucionalización de los movimientos sociales. Cano plantea que las luchas nacidas para cuestionar determinadas estructuras pueden acabar integradas en ellas hasta perder parte de su potencia crítica. No se trata de afirmar que cualquier reconocimiento institucional sea negativo, sino de preguntarse qué se gana y qué se abandona durante ese proceso. Una reivindicación puede conseguir leyes, espacios públicos y legitimidad social y, al mismo tiempo, volverse más cómoda para empresas, administraciones y medios. La paradoja del capitalismo arcoíris está precisamente ahí: el sistema demuestra una enorme capacidad para absorber aquello que lo desafía, transformarlo en lenguaje propio y devolverlo convertido en producto, campaña o espectáculo.

 

No todo arcoíris corporativo es necesariamente una mentira

La charla evita, además, una conclusión demasiado fácil: interpretar el concepto como una condena automática de cualquier relación entre diversidad y mercado. El propio Cano ha explicado que su ponencia expone posiciones de distintos autores y que presentarlas no significa asumir todas sus premisas. Esa precisión resulta importante. La cuestión no consiste en decidir que toda marca que utiliza la bandera arcoíris actúa de mala fe, sino en analizar qué clase de compromiso existe detrás. El mercado puede contribuir a normalizar determinadas identidades y, simultáneamente, obtener un beneficio de esa normalización. Las dos cosas pueden suceder al mismo tiempo, y es precisamente esa ambigüedad la que vuelve interesante el debate.

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La inclusión también exige mirarse desde dentro

La crítica tampoco se dirige exclusivamente hacia las empresas. El capitalismo arcoíris obliga a la propia comunidad LGTBIQ+ a preguntarse cómo consume, qué representaciones acepta y hasta qué punto determinados estereotipos terminan reproduciéndose desde dentro. Cano ha defendido la necesidad de ese autoexamen para distinguir entre una visibilidad con consecuencias políticas y otra esencialmente estética. De ahí que resulte importante pasar de ser únicamente objeto de campañas, contenidos o productos a ocupar espacios donde realmente se toman decisiones. La inclusión puede expresarse en publicidad, música, moda o entretenimiento, pero su alcance cambia cuando también significa presencia en instituciones, universidades, empresas, órganos de dirección y lugares desde los que se construye poder.

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La pregunta incómoda que queda detrás del arcoíris

La ponencia termina funcionando como una invitación a recuperar la capacidad crítica dentro de la propia diversidad. Si el mercado es capaz de convertir prácticamente cualquier identidad en una categoría de consumo, la respuesta no pasa necesariamente por rechazar el consumo o la cultura popular, sino por reconocer qué mecanismos están operando. La diferencia entre inclusión y explotación comercial puede ser difusa, y precisamente por eso merece ser discutida. El capitalismo arcoíris pone nombre a esa zona gris en la que conquista social y oportunidad de negocio conviven. Y deja una pregunta especialmente útil: cuando una marca, una institución o una figura pública exhibe diversidad, ¿qué está dispuesta a hacer cuando ya no produce aplausos, reputación o ventas?