
Hemos convertido cualquier espera en una oportunidad para mirar una pantalla. Tal vez el problema no sea que tengamos demasiadas cosas que hacer, sino que ya no sabemos qué ocurre cuando no hacemos ninguna.
Esperar cinco minutos en una parada de autobús, caminar hasta casa sin auriculares, estar tumbado en la cama sin una serie de fondo, mirar por la ventana cómo pasa la tarde… Situaciones completamente normales que, sin embargo, parecen haberse convertido en pequeñas pruebas de resistencia. En cuanto aparece un hueco, lo llenamos. Abrimos Instagram, respondemos un mensaje, cambiamos de canción o entramos en TikTok para salir diez minutos después sin recordar prácticamente nada de lo que hemos visto.

La desaparición de los ratos inútiles
Hubo un momento en el que esperar formaba parte de la vida. Esperar al médico, esperar a un tren, esperar a un amigo que llegaba tarde.
Esos momentos podían convertirse en cualquier cosa: mirar a la gente, inventarse historias sobre desconocidos, pensar qué íbamos a cenar o simplemente no pensar en nada.
Ahora resulta mucho más incómodo encontrarnos con esos espacios vacíos. El teléfono ha conseguido algo bastante extraño: convertir cualquier intervalo de tiempo en una puerta hacia otra parte.
Nunca nos quedamos exactamente donde estamos.
Y el aburrimiento se ha convertido en algo casi sospechoso. Si estamos esperando, deberíamos aprovechar el tiempo. Si estamos solos, deberíamos entretenernos. Si no tenemos planes, deberíamos buscarlos.
Hasta el hecho de descansar parece exigir una explicación.

El problema de no hacer nada
Hay una diferencia importante entre descansar y no hacer nada.
Descansar suele tener un propósito: dormimos para recuperarnos del cansancio, paseamos para despejarnos, vemos una película para desconectar o hacemos ejercicio para sentirnos mejor.
No hacer nada, no promete absolutamente nada.
No mejora nuestra productividad, no genera contenido y no proporciona una habilidad nueva. Por tanto, tampoco se puede convertir fácilmente en algo que mostrar, compartir o publicar.
Precisamente por eso, el aburrimiento puede resultar tan incómodo en una época obsesionada con aprovechar cada minuto. Hemos aprendido a sospechar de todo aquello que no parece llevarnos a ninguna parte.
Incluso cuando tenemos tiempo libre, sentimos que deberíamos estar haciendo algo con él.

Cuando cinco minutos parecen demasiado
Hay una escena cotidiana que resume bastante bien todo esto: entrar en un ascensor y sacar el móvil.
No ha pasado nada y solo tenemos que esperar unos segundos. Pero esos segundos parecen suficientes para buscar una notificación, comprobar la hora o deslizar el dedo por la pantalla hasta que el ascensor llegue a su destino.
También lo hacemos en una cola, en un semáforo, en una sala de espera o mientras se calienta la comida.
El problema no es consultar el móvil. El problema aparece cuando cinco minutos sin él empiezan a parecernos demasiado largos.
Hemos reducido tanto nuestra tolerancia a los espacios vacíos que una pequeña espera puede sentirse como una interrupción.
Quizá esa sea una de las consecuencias más curiosas de vivir permanentemente conectados: ya no necesitamos estar entretenidos porque tengamos algo que hacer. Necesitamos estar entretenidos porque no soportamos demasiado bien no tener nada que hacer.

El cine todavía sabe esperar
Por eso resulta tan curioso que siempre volvamos a las mismas películas.
Hay personajes que caminan durante minutos sin que ocurra nada importante. Personas que desayunan, conducen, fuman, esperan un tren o miran por la ventana.
Son escenas que podrían eliminarse sin alterar demasiado la trama y que, sin embargo, terminan siendo algunas de las imágenes que más permanecen.
El cine sabe que una historia también puede existir en sus márgenes.
Hoy estamos acostumbrados a que todo avance rápidamente. Una escena tiene que aportar información, un diálogo debe esconder una revelación y un plano parece necesitar justificar su duración.
Pero la vida real no funciona así.
La mayor parte de nuestros días está compuesta precisamente por esos momentos que una película podría omitir.
Nos levantamos, esperamos, caminamos, miramos por la ventana, hacemos café, viajamos en metro, nos quedamos pensando en algo durante unos minutos y seguimos con nuestro día.
Puede que nos estemos acostumbrando a vivir como si nuestra propia vida necesitara ser un montaje.

¿Y si el aburrimiento fuera útil?
No hace falta romantizarlo. El aburrimiento puede ser desesperante. Puede hacer que cinco minutos parezcan veinte y que una tarde entera se convierta en un vacío interminable.
Pero también tiene algo que estamos empezando a perder: la posibilidad de estar a solas con nuestro propio tiempo.
Cuando dejamos de consumir estímulos constantemente, aparecen cosas que no habíamos buscado: recuerdos, asociaciones extrañas, canciones que vuelven a nuestra memoria, planes absurdos o preguntas que llevaban meses escondidas en algún rincón de nuestra cabeza.
El aburrimiento no siempre produce creatividad, pero sí crea espacio para que algo aparezca.
Y quizá eso sea precisamente lo que nos cuesta.
No estamos acostumbrados a esperar a que aparezca algo.Estamos acostumbrados a buscarlo.

Una pequeña resistencia
No hace falta borrar nuestras redes sociales ni fingir que vivimos en otra época. Podemos seguir viendo vídeos, escuchando podcasts y llevando auriculares por la calle.
La cuestión es dejar algún hueco sin rellenar.
Esperar algo sin sacar inmediatamente el móvil. Caminar por gusto. Sentarse en una cafetería sin convertir el momento en una fotografía. Dejar una tarde libre sin intentar transformarla en algo memorable.
Al principio puede resultar incómodo. Después llega el aburrimiento. Y quizá no pase nada. Ese es precisamente el punto.
No todo tiene que ser productivo. No toda experiencia tiene que convertirse en un recuerdo, contenido, aprendizaje o anécdota. Algunas horas pueden desaparecer sin dejar absolutamente nada detrás.
En una época en la que tenemos acceso inmediato a cualquier tipo de estímulo, tal vez la verdadera rareza sea poder quedarse quieto delante de nada.
No tenemos que rellenar cada hueco. Quizá necesitamos descubrir qué podemos hacer cuando no hay nada que mirar.
Porque una vida interesante también debería tener momentos que no lo sean.
Imágenes creadas con IA