
Personajes hechos polvo, vidas caóticas y cero respuestas: ¿por qué la Generación Z disfruta tanto leyendo historias que, sospechosamente, se parecen a la suya?
Personajes deprimidos, vidas caóticas y jóvenes perdidos. La literatura de la Generación Z está llena de personajes rotos, relaciones inestables, adicciones, ansiedad, depresión, soledad y vidas que parecen no tener solución. Y, aun así, no podemos parar de leer. Quizá porque, por primera vez, encontrarnos mal también se parece demasiado a sentirnos representados.

Hay algo extraño en los libros que nos llaman la atención en estos últimos años. Una chica que no duerme, un trabajo de mierda, una relación que no funciona, una relación madre e hija compleja, un protagonista que odia su propia vida o alguien que simplemente no encuentra su sitio.
La literatura de la Generación Z parece haberse acostumbrado a mirar directamente hacia todo aquello que antes preferíamos esconder. No es exactamente nuevo que la literatura trate temas tristes; lo nuevo es hasta qué punto nos sentimos identificados con ellos.

Personajes que no saben qué hacer con su vida.
En Se Tiene que Morir Mucha Gente de Victoria Martín, adaptada recientemente a la televisión encontramos: ansiedad, frustración, desencanto con el trabajo, adicción al diazepam y mucho humor negro alrededor del cansancio de existir. En El Verano en que mi Madre Tuvo los Ojos Verdes de Tatiana Țîbuleac, vemos a un hijo que odia a su madre pasar con ella su último verano antes de que esta muera de cáncer, mientras el resentimiento convive con el duelo, el abandono y un amor que nunca supieron expresar.

No sé Hablar del mar de Javier Correa, nos habla de la intimidad, la depresión y la dificultad para poner nombre a los sentimientos. Y en Normal People de Sally Rooney, dos jóvenes que se quieren profundamente se acercan a la dependencia emocional por culpa de sus inseguridades y su incapacidad de comunicarse.
Son historias que nos rompen el alma en pedazos. ¿Por qué las leemos igualmente?
Quizá no buscamos personajes felices ni heroicos, sino que preferimos personajes que nos recuerdan a nosotros mismos. Mientras las redes sociales nos muestran a menudo cómo llegar a ser la persona perfecta, estos personajes fracasan, recaen, se enfadan y tampoco tienen ninguna respuesta a cómo hacerlo mejor.

El atractivo de estar hechos polvo.
Hay algo todavía más curioso en todo esto: no sólo queremos leer sobre personajes deprimidos, ansiosos o perdidos. También queremos reconocernos dentro de su estética.
Pelo despeinado, la misma ropa durante tres días, tazas de café acumuladas, insomnio, fumar demasiado, no tener dinero para el alquiler o decir continuamente que estamos fatal. Estos son algunos de los códigos con los que la Generación Z construye su identidad.

Lo hemos leído y aceptado tantas veces que ya parece algo nuestro: estar mal, pero hacerlo con un estilo determinado. Queremos leer historias sobre personajes que están destruidos mientras vivimos en un entorno que nos exige constantemente estar bien.
¿Somos pesimistas o simplemente estamos cansados de fingir que todo está bien?
La literatura de la Generación Z funciona entonces como un espejo. No porque todos tengamos las mismas experiencias, sino porque nos reconocemos en sus sensaciones: no saber qué hacer con nuestra vida, sentirnos fuera de lugar, tener problemas para relacionarnos o no encontrar la causa de nuestro malestar.
Cuando un libro consigue decirlo por nosotros.
Es probable que el problema principal esté ahí: no sabemos identificar qué nos pasa hasta que alguien lo pone por escrito para nosotros. Vemos un TikTok en el que se habla de una película depresiva y tenemos que verla. Escuchamos una cita triste de un poema y sentimos que por fin alguien ha conseguido expresar aquello que nosotros llevábamos meses intentando descifrar. Encontramos algo triste y decimos: “soy yo”

Beautiful Boy de David Sheff habla de la adicción de un hijo y de sus recaídas desde el punto de vista de su padre. Su historia gira alrededor de la impotencia, la culpa y el desgaste emocional de una familia que intenta ayudar a alguien cuya enfermedad parece más fuerte que cualquier intento de salvarle.
La identificación no significa que todos vivamos lo mismo. Significa que reconocemos ciertos rasgos. No necesitamos que una historia sea exactamente igual a nuestra vida para encontrar algo nuestro dentro de ella.
What I’d Rather Not Think About de Jente Posthuma cuenta la historia de una mujer que intenta reconstruir su vida tras el suicidio de su hermano gemelo. Habla del duelo, la culpa y la identidad compartida.

Leer para no sentirnos solos.
Quizá todavía sea demasiado pronto para saber qué quedará de todos estos libros dentro de 20 años. Tampoco sabemos si dentro de unas décadas hablaremos de una “Generación Z” como hablamos hoy de otras generaciones, ni qué autores terminarán definiendo nuestra época. Pero hay algo que sí está pasando: estamos escribiendo y leyendo desde un momento histórico que todavía no sabemos interpretar.
La literatura de la Generación Z no tiene por qué ser una literatura de respuestas. Puede ser, precisamente, una literatura de preguntas: qué significa crecer cuando todo cambia demasiado rápido y tú te sientes atascado, qué hacemos con las expectativas heredadas y qué clase de adultos estamos llegando a ser.
Quizá sea eso lo que hace que no podamos cerrar este tipo de libros.
Porque una generación que aún está intentando descubrir quién es, tampoco puede escribir finales definitivos.
Imágenes generadas con ChatGPT