
Rodrigo Gervasi publica La Grieta, una novela sobre convivencia, precariedad y soledad. En esta entrevista reflexiona sobre los vínculos entre desconocidos, el peso del dinero, la culpa y el agotamiento emocional que atraviesan a una generación obligada a compartir espacio.
En un contexto donde la vivienda se ha convertido en trinchera, Rodrigo Gervasi (1998, Madrid) publica La Grieta, una novela que disecciona la convivencia forzada. Tras Recorridos mínimos, encierra a sus personajes en un piso compartido donde la precariedad, el cansancio emocional y la soledad acompañada se intensifican. A través de Hugo, el espacio doméstico se vuelve protagonista: un lugar de fricción y ternura entre quienes conviven por necesidad. Sin pretensiones de manifiesto, Gervasi convierte lo cotidiano en una radiografía generacional, incómoda y reconocible.

Los compañeros de piso suelen ser casi desconocidos que acaban compartiendo intimidad. ¿Cómo construiste esas relaciones?
Rodrigo Gervasi: Me interesaba el condicionamiento y las tensiones de la convivencia. Los jóvenes compartimos piso y nos contamos una historia para sostener esa situación, cuando en realidad responde más a una necesidad económica que a una elección afectiva. Reuní a personas muy distintas, con valores divergentes, encerradas en un espacio que termina siendo el verdadero protagonista. Quería explorar las fricciones y también esa ternura que aparece al intentar convivir con alguien diferente.
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Los jóvenes compartimos piso y nos contamos una historia para sostener esa situación, cuando en realidad responde más a una necesidad económica que a una elección afectiva.
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La convivencia forzada genera tensiones silenciosas. ¿Te interesaba más lo que los personajes dicen o lo que callan?
Rodrigo Gervasi: Quería mostrar. No quería personajes que funcionaran como altavoces de una posición concreta ni que tuvieran discursos cerrados. Necesitaba que fueran contradictorios, caóticos: agradables y desagradables a la vez, que no generaran una empatía o rechazo inmediato.
La precariedad laboral atraviesa la novela. ¿Querías retratar una situación concreta o un estado emocional?
Rodrigo Gervasi: No fue un gesto consciente. No escribí con la intención de denunciar nada. Al terminar la novela, ni siquiera pensé que fuera sobre eso. Fue algo que apareció después, en la lectura de otros. La precariedad está ahí porque es el contexto en el que vivimos.
¿Cómo afecta esa precariedad a las relaciones?
Rodrigo Gervasi: A veces explicamos los conflictos desde lo personal cuando están condicionados por el contexto. En la historia de Hugo quise indagar en eso. El punto de inflexión gira en torno al consentimiento, dentro de ese marco de convivencia forzada y falta de espacio propio. En otras condiciones, muchas de esas situaciones no se darían. La precariedad es el suelo sobre el que se construyen las relaciones. Está tan presente que casi desaparece.

Hay una sensación de agotamiento emocional constante. ¿De dónde nace ese tono?
Rodrigo Gervasi: Tiene que ver con la hiperconsciencia de Hugo. Lo encerré en unas pocas paredes y le hice conocer el piso de memoria, analizar cada detalle. Me interesaba “agotar el espacio”: que la historia sucediera completamente dentro pero que el lector pudiera conocerlo en profundidad. Ese nivel de atención genera cansancio.
La ciudad aparece como un lugar lleno de gente pero profundamente solitario. ¿Qué tipo de soledad te interesaba retratar?
Rodrigo Gervasi: No partí de una soledad concreta. Los personajes están acompañados, pero me interesaba explorar la idea de que nadie puede salvarnos. Hugo tiene a Lucas, que le sostiene, pero no es suficiente. La soledad no es tanto la ausencia de otros como la conciencia de que hay un lugar al que solo puede acceder uno mismo.
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La soledad no es tanto la ausencia de otros como la conciencia de que hay un lugar al que solo puede acceder uno mismo.
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¿Hasta qué punto el piso compartido funciona como refugio o como trampa?
Rodrigo Gervasi: Ese es el equilibrio. El piso es un anclaje y una fuente de malestar. Es donde Hugo encuentra su mínimo espacio propio, pero también donde se intensifican las tensiones. La historia oscila entre esas dos dimensiones.
La culpa es otro de los temas centrales. ¿Los personajes son conscientes de su situación?
Rodrigo Gervasi: Quería indagar en la culpa como algo que pesa y parece redimir. Busqué un personaje que la atravesara por completo y finalmente la dejara ir. El libro no tiene una resolución clara, pero esa transición es el verdadero desenlace. Saben que están en una situación difícil, pero también es lo único que han conocido.

En la novela hay dificultad para proyectarse hacia el futuro. ¿Es una decisión narrativa o un reflejo generacional?
Rodrigo Gervasi: Quise centrarme en lo micro: la cotidianidad. Es un mosaico de escenas diarias. Los personajes están ocupados en sobrevivir. No es que carezcan de ambición, pero ese no es el foco.
¿Qué papel juega el dinero en sus renuncias?
Rodrigo Gervasi: Es fundamental. Si los personajes hubieran tenido dinero, la historia no existiría. Marca el ritmo: la renuncia a vivir solos, al tiempo y a los placeres, y genera la incertidumbre. Es, en gran medida, un libro sobre la falta de dinero.
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Si los personajes hubieran tenido dinero, la historia no existiría.
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¿Te interesaba retratar una generación concreta o algo universal?
Rodrigo Gervasi: No pensaba en ninguna de las dos cosas. Escribo sobre la vida tal como la percibo; si eso resuena, aparece cierta universalidad.
¿Hay escenas que nazcan de experiencias propias?
Rodrigo Gervasi: La ficción siempre bebe de la realidad. Parto de experiencias cercanas y las desplazo hasta que dejan de pertenecer a un lugar concreto. Me interesa ese punto en el que lo reconocible se vuelve extraño.
Tras escribir La Grieta, ¿sientes que has puesto palabras a algo difícil de nombrar para tu generación?
Rodrigo Gervasi: Siento que he escrito algo sincero. Cada cual interpretará en ello lo que quiera y necesite.