
En Yo Siempre A Veces, precariedad, amor desgastado y adultez incierta se cruzan en un retrato generacional incómodo, honesto y sin respuestas fáciles.
La serie Yo Siempre A Veces no llega como promesa, sino como una confirmación de que Movistar+ apunta maneras este año. Esta producción es una de las apuestas más claras de la plataforma para este 2026 y, probablemente, se configure como uno de los retratos generacionales más incómodos y afinados de su catálogo.
Yo Siempre A Veces forma parte de las cinco propuestas nacionales que estarán presentes este fin de semana en el Festival de Cannes (y las 5 llevan el sello de la plataforma).
Tras meses de expectación desde el inicio de su rodaje y con la firma de SUMA Content (y los Javis en la producción), la serie confirma algo importante y es que no esta diseñada para gustar a todo el mundo, sino para señalar, tensar y, en muchos momentos, incluso incomodar.

Yo Siempre A Veces es un retrato muy bajado a tierra, casi áspero por momentos, de la precariedad juvenil en España.
Aquí no hay aspiracionalidad ni estética de la pobreza edulcorada. Hay trabajos mal pagados, incertidumbre constante y una sensación persistente de estar fuera de lugar. La serie no romantiza la inestabilidad, la convierte en el telón de fondo, en unas circunstancias atmosféricas que angustian y asfixian. Todo ello contribuye a crear una identidad muy clara, aunque bien es cierto que, por momentos, la acumulación de conflictos roza lo asfixiante.

En el centro están Laura y Rubén, interpretados por Ana Boga y David Menéndez, que sostienen la serie con una química inicial muy bien construida.
El primer episodio captura con precisión esa conexión casi eléctrica —fogosa, inmediata— que muchas veces se confunde con algo más trascendental. Pero uno de los mayores aciertos del guion es no quedarse ahí. La relación evoluciona hacia algo mucho más incómodo. Vemos el distanciamiento, la frustración y el desgaste de dos padres jóvenes que ya no se quieren como solían hacerlo y que tienen que sacar adelante a su retoño. Así, la serie rompe con bastante claridad el mito del amor romántico; no desde el cinismo, sino desde la constatación de que el afecto no siempre es suficiente para mantener una relación a flote.

Ese deterioro emocional se entrelaza con otro de los ejes más duros de la serie: la crianza. La maternidad —y, en menor medida, la paternidad— aparece aquí despojada de cualquier idealización. Criar a un hijo en un entorno hostil no es un viaje transformador en positivo, sino un ejercicio constante de supervivencia. Falta tiempo, falta dinero y, sobre todo, falta red. La serie acierta al mostrar cómo el cansancio y la presión terminan filtrándose en todas las decisiones.

Es precisamente en esa ausencia de red donde la serie lanza una de sus críticas más afiladas.
Yo siempre a veces introduce, con bastante ironía, una mirada hacia ciertos círculos sociales supuestamente progresistas: espacios donde se verbaliza mucho el cuidado, la empatía o la conciencia social, pero donde el apoyo real es frágil o directamente inexistente. No es una sátira exagerada, sino una observación bastante verosímil. La serie no juzga de forma explícita, pero deja muy claro el contraste entre discurso y práctica.

En paralelo, el relato se abre a problemáticas generacionales más amplias: la fuga de cerebros, la sobrecualificación convertida en trampa, la imposibilidad de construir estabilidad a medio plazo…
Los personajes no fracasan por su falta de esfuerzo, sino por un sistema que no es capaz de sostener su preparación ni les ofrece salidas claras. Este enfoque evita caer en el individualismo típico de muchas ficciones contemporáneas y sitúa el conflicto en un plano más estructural. El tono, sin embargo, no es exclusivamente dramático. Hay momentos de humor, pero no funcionan como alivio sino como contraste. La serie utiliza lo cómico para subrayar lo absurdo de ciertas situaciones cotidianas, no como mecanismo para suavizarlas.

Otro de los puntos más interesantes es su mirada sobre la adultez. Lejos de plantearla como una etapa definida, la serie la presenta como un territorio difuso.
Cumplir treinta no implica estabilidad ni certezas, sino, en muchos casos, todo lo contrario. Hay una idea que atraviesa toda la narración: la de no tener un lugar claro en el mundo. La casa de los padres ya no es refugio, pero tampoco lo es ningún otro espacio. Las amistades, atravesadas por sus propias precariedades, no siempre pueden sostener (a ti ni a tu bebé). Esa intemperie, tan emocional como física, es uno de los grandes logros de Yo Siempre A Veces.

En conjunto, estamos ante una ficción sólida, incómoda y bastante poco indulgente con su propia generación. No ofrece respuestas fáciles ni finales tranquilizadores. Lo que propone es más bien un espejo, a ratos distorsionado y a ratos demasiado nítido, de una realidad compartida por muchos. Y ahí está su mayor virtud: en no intentar arreglar lo que retrata.

En un momento en el que buena parte de la ficción contemporánea sigue buscando fórmulas de evasión, Yo siempre a veces opta por lo contrario: quedarse, mirar y sostener la incomodidad. Puede que no sea una serie para todo el mundo, pero precisamente por eso resulta relevante. Porque, cuando termina, lo que deja no es tanto una conclusión como una sensación persistente de pregunta abierta.