
Sofía Alazraki explora en Ruido Sordo el deseo, el consumo y la obsesión contemporánea por el bienestar a través de objetos e imágenes inquietantes.
En Doble Erre, en el barrio madrileño de Usera, Sofía Alazraki explora las contradicciones del bienestar contemporáneo a través de objetos ensamblados e imágenes que mezclan placer, disciplina y desamparo. Una exposición sobre lo que sucede cuando el deseo promete salvarnos y termina dejándonos a solas con nosotros mismos.

El ruido que queda cuando la fiesta termina
Hay un momento después del exceso en el que el mundo parece quedarse sin sonido. No es exactamente silencio, sino una vibración persistente: el eco de algo que ha sucedido y cuyo sentido todavía intentamos descifrar. De esa resaca emocional parte Ruido sordo, la exposición individual de Sofía Alazraki presentada en Doble Erre, espacio madrileño vinculado a Ventana Project.

Inaugurada el 1 de octubre, la muestra reúne objetos ensamblados y fotografía para construir un universo en el que conviven el hedonismo, el deseo y la disciplina. La propuesta, acompañada por un texto de Ana Guebel, transforma escenas aparentemente cotidianas en pequeños retratos de una época obsesionada con sentirse bien. La exposición puede visitarse hasta el 7 de noviembre de 2026.

Queremos descansar, pero también optimizar el descanso
Una luz roja encendida a las tres de la mañana, un libro de autoayuda o una almohada colocada en una silla de oficina: los elementos descritos por Guebel dibujan una intimidad reconocible, aunque ligeramente desplazada hacia el absurdo. Son objetos asociados al cuidado, la productividad o el placer que, sin embargo, no consiguen cumplir del todo su promesa.
La paradoja resulta familiar. Dormimos peor mientras aprendemos técnicas para descansar, nos sometemos a rutinas para alcanzar la tranquilidad y convertimos el bienestar en otra tarea pendiente. Hasta el descanso parece exigir resultados.

Sofía Alazraki encuentra en esa contradicción una materia artística fértil. Sus composiciones no presentan el malestar como una tragedia solemne, sino que dejan espacio para una ironía tierna, incluso incómoda. Hay algo conmovedor en nuestros intentos de arreglarnos la vida con los mismos productos y mecanismos que contribuyen a desordenarla.

La fotografía comercial, puesta en evidencia
La artista trabaja con códigos visuales que recuerdan a la fotografía publicitaria: iluminación calculada, composición precisa y objetos dispuestos para atraer la mirada. Pero, en lugar de convertirlos en imágenes irresistibles de consumo, altera su significado.

En la publicidad, una mercancía suele presentarse como la solución a una carencia: comprar para descansar, consumir para seducir, adquirir para mejorar. En Ruido Sordo, esa promesa pierde su brillo. Los objetos aparecen cargados de deseo, pero también de agotamiento; parecen ofrecer una salida y, al mismo tiempo, revelar el callejón en el que nos encontramos.
Guebel define esta operación como una forma de «mercancía insumisa». La expresión resume el gesto crítico de Alazraki: utilizar la eficacia visual del mercado para mostrar aquello que sus imágenes suelen ocultar. La técnica sigue siendo seductora, pero el resultado ya no invita a comprar sin pensar.

Los objetos también tienen sus propias pulsiones
En este universo, las cosas dejan de funcionar como simples accesorios de la experiencia humana. Los objetos ensamblados adquieren una presencia inquietante, como si participaran activamente en las escenas y tuvieran deseos propios.
Esta perspectiva desplaza la frontera habitual entre sujeto y objeto. Los productos fabricados para satisfacer nuestras necesidades parecen independizarse de su función original. Ya no sabemos si los utilizamos nosotros o si, de alguna manera, organizan nuestra conducta.

La cuestión conecta con una sociedad en la que la experiencia física y su representación digital se confunden constantemente. Deseamos cosas, pero también deseamos las imágenes de esas cosas; perseguimos experiencias y, a la vez, la versión de nosotros mismos que imaginamos obtener a través de ellas. El consumo se convierte así en un circuito que promete satisfacción mientras mantiene el deseo permanentemente activo.
Entre el placer y el agotamiento
El humor de la exposición aparece precisamente cuando esa maquinaria pierde el control. Guebel introduce una risa subrepticia al imaginar que un objeto sexual podría proporcionar consuelo emocional. La ocurrencia resulta cómica, pero también deja al descubierto una soledad difícil de disimular.

En Ruido Sordo, el deseo no desaparece: persiste, cambia de dirección y busca nuevos objetos en los que depositarse. Lo que se interrumpe es la ilusión de que existe una satisfacción definitiva al alcance de la mano.
Quizá por eso el título funciona como una descripción del presente. Después de la velocidad, del estímulo constante y de la obligación de estar bien, queda una vibración tenue que no termina de apagarse. Sofía Alazraki no ofrece una receta para silenciarla. Propone algo más interesante: observarla de cerca, reconocer sus contradicciones y descubrir que, incluso en el fracaso de nuestras promesas de felicidad, puede haber una forma de lucidez.
Ruido Sordo de Sofía Alazraki
Hasta el 7 de noviembre de 2026
Galería Doble Erre
Nicolás Sánchez 109
Madrid