
Entre la danza española y la contemporánea, entre el escenario y el cine, Belén Martí Lluch (Palma de Mallorca, 1994) ha construido una mirada propia sobre el movimiento y sus posibilidades.
Su trayectoria parte de una formación arraigada en la tradición para abrirse hacia un lenguaje más humano, naturalista y conectado con el presente. En La Bola Negra, su trabajo como directora de movimiento explora el cuerpo como espacio de memoria, emoción y conflicto, desde la precisión del gesto hasta la fisicidad de la acción. En esta entrevista, Belén Martí Lluch nos desvela cómo ha construido el universo físico y emocional de la película, explorando el movimiento como lenguaje narrativo.

Te formaste en danza española en Palma de Mallorca antes de dar el salto a la danza contemporánea en Madrid. ¿Cómo sigue dialogando esa raíz con las formas contemporáneas de movimiento que propones hoy?
Belén Martí Lluch: Viví mi etapa académica de una manera agridulce: completamente entregada a sus técnicas y repertorios, pero también enfrentada a muchos de sus rasgos elitistas, estéticos y arcaicos. Fue un antes y un después confrontar ese universo desde la creación de uno propio, más naturalista, humano, contemporáneo y comprometido con el presente. La danza española es mi base y me ha dado herramientas muy ricas, pero hace tiempo que ya no soy solo eso. Ahora me estimula entender el movimiento como un todo, sin saber exactamente qué es.
Has sido bailarina, actriz y creadora. ¿Cómo influye esa experiencia a la hora de dirigir a otros intérpretes?
Belén Martí Lluch: Aunque cada vez siento que estoy más cerca de dejar a un lado mi faceta escénica, esta me ha dado un conocimiento esencial. Dirigir es comunicarse, guiar en el viaje y construir con el otro. Haber estado al otro lado te proporciona la empatía y la sensibilidad necesarias.
¿Cómo traduces conceptos abstractos o emociones sociales complejas a un lenguaje físico?
Belén Martí Lluch: Uno de mis grandes retos es conseguir que el cuerpo, el movimiento y la escena reflejen un tiempo concreto de la historia y que las creaciones sean humanas y universales. No existe una fórmula repetible: cada idea demanda una manera distinta de hacer que descubres durante el proceso. Siempre siento que empiezo de cero, desde la escucha y la sensibilidad hacia la idea.
En La Bola Negra, ¿cómo construiste una identidad corporal para un universo lorquiano tan específico?
Belén Martí Lluch: Lorca atraviesa la película desde la emocionalidad, la fragilidad y la fuerza con las que se construyeron las secuencias. Empaparme de ese impulso fue construyendo su movimiento: un cuerpo presente, apasionado y entregado. Todo parte de esa energía brutal y de tripa lorquiana.

¿Cómo fue trabajar con Javier Calvo y Javier Ambrossi?
Belén Martí Lluch: Nuestra manera de trabajar juntos se ha agrandado. Entendieron que la película necesitaba una mirada holística sobre todo lo que entendemos como movimiento, no únicamente como coreografía. Estuve durante todo el rodaje, traduciendo su dirección en los cuerpos y en el movimiento. Son muy exigentes, pero existe mucho espacio para las propuestas. Consiguen que puedas crear con libertad y que su universo termine convirtiéndose en el de todos.
¿Cómo integraste el protocolo militar con la búsqueda de emoción y naturalidad?
Belén Martí Lluch: A través de mucho estudio y de la integración del protocolo militar de la época. Contamos con especialistas que nos enseñaron desde los saludos protocolares hasta procesos más duros, como el fusilamiento. Entrenamos durante meses para que los actores pudieran tener esos movimientos integrados durante el rodaje y trabajar desde una emoción más real.
¿Cómo trabajaste con un reparto con formaciones físicas tan diferentes?
Belén Martí Lluch: En la preproducción hicimos sesiones de movimiento divididas por tramas para generar un “cuerpo concreto y colectivo”. Para los soldados trabajamos la ira, la violencia y una masculinidad viril arquetípica; para Milo, el trance a través del flamenco; y para las bailarinas de cuplé, un universo picante y folklórico. No buscábamos una técnica depurada, sino energías específicas. La mezcla de los distintos bagajes hacía las escenas más reales.

¿Cómo dialogó el movimiento con la cámara y la fotografía?
Belén Martí Lluch: Fue un trabajo muy estimulante y conjunto. Algunas coreografías se plantearon como planos secuencia y otras como bloques que después se montaron con un lenguaje cercano al videoclip. En las escenas de Nené, movimiento y dramaturgia se construyeron conjuntamente. Es como jugar al ping-pong en equipo, pero con ideas en lugar de una pelota.
¿Qué ha transformado La Bola Negra en tu manera de entender la dirección de movimiento?
Belén Martí Lluch: Muchísimo. La película es titánica y ha sido precioso descubrir que podía hacer cosas que antes no sabía que podía hacer. Me reafirma en la certeza de que todo es movimiento, incluida la quietud. Estoy agradecida por la confianza y por una mirada visionaria sobre todo lo que puede aportar una dirección de movimiento.
¿Hacia dónde se dirige ahora tu trayectoria?
Belén Martí Lluch: Estoy en un momento bonito de mi carrera. Me siento en forma y, al mismo tiempo, consciente de que todavía queda muchísimo por explorar. Ya estoy enganchada a este tipo de creaciones: las que te atraviesan, tienen un mensaje profundo y necesario y, además, te desafían artísticamente. Hay una vitalidad inevitable en esos procesos. Tu vida es un poco diferente después de terminarlos: te han pasado cosas, estás más vivo.
Fotografías: Luisa Gutiérrez