
El tren Fluvial, es una historia de infancia, huida y descubrimiento atravesada por el cine de Leonardo Favio, la poesía y una mirada radicalmente joven.
Tras su estreno mundial en la sección Perspectives de la Berlinale, El tren Fluvial, primer largometraje de los argentinos Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale, tendrá su premiere española en el Festival de Cine de San Sebastián y llegará a los cines el 16 de octubre. Su recorrido adquiere, además, una dimensión especialmente conmovedora tras la muerte prematura de Vignale.
Milo tiene nueve años, vive en un pueblo argentino y es un excelente bailarín de malambo. Su padre, sin embargo, no parece dispuesto a conformarse con la excelencia: quiere convertirlo en el hijo perfecto. Milo tiene otros planes. Sueña con Buenos Aires, una ciudad que conoce a través de las películas, y decide escapar para perseguir una idea tan infantil como universal: que en otro lugar quizá sea posible ser otra persona.
La película nace precisamente de esa tensión entre pertenecer y marcharse. Ferro comenzó a escribirla seis años antes del rodaje, después de su experiencia como protagonista de El Ángel. La inspiración inicial fue Gloria, de John Cassavetes, y la fascinación por esa verdad inesperada que puede aportar un niño a la pantalla. Años después, al conocer a Vignale, aquel proyecto encontró compañero, protagonista y territorio.

Milo no solo se escapa de su casa: intenta escapar del destino que otros han escrito para él.
El encuentro entre ambos directores resulta casi tan cinematográfico como la película. Ferro, nacido en Buenos Aires en 1998, llegaba con una carrera consolidada como actor, mientras que Vignale, nacido en 1997, había trabajado como editor y director de videoclips para artistas como Bizarrap, Duki, Nicki Nicole, Trueno, J Balvin, Nathy Peluso y Wos. Dos profesionales todavía muy jóvenes, procedentes de mundos distintos, que comenzaron colaborando en vídeos musicales y terminaron compartiendo una obsesión: hacer cine sin saber exactamente adónde los llevaría.
Su primer cortometraje conjunto, La Pasión, rodado en General Juan Madariaga, fue decisivo. Allí conocieron a Milo Barría, el niño que terminaría protagonizando El tren Fluvial. Según cuentan los directores, durante el rodaje de un documental Milo se acercó al trípode y empezó a dirigir la escena. Cuando le preguntaron si era director, respondió que no: simplemente estaba allí para molestar. El cine, a veces, tiene un sentido del casting bastante peculiar.

La película bebe de varias tradiciones, pero hay un nombre que sobresale: Leonardo Favio. Crónica de un Niño Solo fue un detonante para construir el conflicto de Milo, mientras que Soñar, Soñar funciona como espejo directo. En esta última, un joven del interior viaja a Buenos Aires para intentar triunfar como artista; en El tren Fluvial, Milo hace algo parecido, impulsado por una fantasía que nace frente al televisor.
El homenaje llega incluso al reparto: Diego Puente, el inolvidable Polín de Crónica de un Niño Solo, aparece como el hombre que recibe a Milo en la estación porteña. El gesto crea un puente entre dos generaciones de cine argentino y convierte la película en algo más que una cita cinéfila: una conversación entre películas separadas por más de medio siglo.

El cine de Favio no aparece como museo, sino como herencia viva.
También el tren tiene una dimensión poética. El título procede de Viaje Estival con Lucio, poema de Francisco Madariaga que describe el viaje de un padre y un hijo por una línea ferroviaria desaparecida. El propio tren utilizado durante el rodaje dejó de funcionar poco después. La coincidencia resume bien el espíritu de la película: filmar algo que está a punto de desaparecer.
Formalmente, Ferro y Vignale apuestan por la duración, los planos sostenidos y una cámara próxima a lo documental. Su cinefilia abarca a Favio, Cassavetes, Bresson, Tsai Ming-liang, Reygadas y Albert Serra. Con los intérpretes no profesionales evitaron incluso decir «acción»: utilizaban palabras como «ciervo», «café» o «mosca» mientras la cámara ya estaba grabando. Así conseguían capturar algo difícil de fabricar: el accidente.

Ese método explica la extraordinaria naturalidad de Milo, cuyo personaje mezcla picardía infantil y una sorprendente gravedad. La película quiere mirar el mundo desde antes del juicio, cuando las cosas simplemente suceden y todavía no necesitan explicación.
Y entonces aparece la tragedia que modifica inevitablemente nuestra lectura. Lucas A. Vignale murió el 14 de junio de 2026 en Río de Janeiro, con solo 28 años, en el choque de dos helicópteros. La noticia truncó la trayectoria de un director que apenas comenzaba a trasladar al cine la energía desarrollada durante años en la música y el audiovisual. La Berlinale recordó su fallecimiento precisamente después de haber acogido su primer largometraje.
Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale
Vignale y Ferro hicieron El tren Fluvial cuando todavía pertenecían a una generación que estaba empezando. Esa juventud se percibe en la película: en su riesgo, en su humor, en su libertad formal y también en la convicción de que el cine puede ser una aventura antes que una carrera.
Ahora la película continúa su viaje. De Berlín a San Sebastián y, después, a las salas españolas el 16 de octubre, El tren Fluvial llegará como una ópera prima especialmente singular: la primera película de dos directores que se atrevieron a cruzar la pantalla y perseguir un sueño.
Para Vignale, lamentablemente, el viaje terminó demasiado pronto. Para su película, acaba de empezar.
