La Invitación: una cena, mucho deseo y demasiadas verdades

Olivia Wilde convierte una cena entre vecinos en una comedia incómoda, sexy e inteligente sobre deseo, rutina, parejas y verdades capaces de cambiarlo todo.

Olivia Wilde convierte una cena entre vecinos en una comedia incómoda, sexy y bastante más inteligente de lo que aparenta. Con Seth Rogen, Penélope Cruz y Edward Norton, La Invitación (The Invite) habla de parejas, deseo y rutina sin ponerse solemne y con un final que, tranquilos, no vamos a destripar. La película se estrena el 16 de octubre, solo en cines.

Joe y Angela, un matrimonio aparentemente corriente, invitan a sus vecinos de arriba a pasar una velada agradable. La palabra “agradable” dura poco. Los invitados traen consigo una forma de entender las relaciones bastante menos convencional y una capacidad para poner el dedo justo donde más duele.

Lo más divertido de La Invitación es que el escándalo no está tanto en los vecinos como en lo que despiertan en sus anfitriones.

La historia arranca como una cena cotidiana entre dos parejas de vecinos que no se conocen demasiado, pero la velada da un giro cuando la pareja invitada saca a la luz sus dinámicas de relación y sexualidad mucho más abiertas, poniendo a prueba la convulsa relación de los anfitriones. El salón se convierte en un campo de batalla sentimental. Hay humor, incomodidad, deseo, discusiones y esos silencios que cualquier pareja de larga duración reconoce al instante.

La Invitación: una cena, mucho deseo y demasiadas verdades

Olivia Wilde encuentra en la comedia de actores el terreno perfecto para combinar improvisación, precisión y un reparto que se destroza con elegancia.

Olivia Wilde dirige con soltura. La Invitación es su tercera película como directora, después de Booksmart y Don’t Worry Darling. Aquí encuentra un tono que le sienta especialmente bien: comedia de actores, ritmo teatral y una cámara que sabe cuándo observar y cuándo dejar que el reparto se destroce educadamente en primer plano. Wilde apuesta además por la improvisación y por una puesta en escena muy controlada, una combinación que permite que los personajes parezcan vivos sin perder precisión.

La Invitación: una cena, mucho deseo y demasiadas verdades

De la obra teatral de Cesc Gay a su adaptación estadounidense, La Invitación conserva el ADN de una comedia doméstica donde una simple cena se convierte en un campo de batalla.

Y hay que hablar de Cesc Gay. La película no nace de una novela, sino de Los Vecinos de Arriba, su obra teatral que el propio director convirtió en cine con Sentimental. Aquella película española ya encontraba comedia en una situación doméstica aparentemente trivial: invitar a los vecinos a cenar. La versión estadounidense mantiene ese ADN y lo adapta a otro ritmo, otro humor y otra química. No hace falta haber visto Sentimental para disfrutarla, aunque comparar ambas versiones puede ser un estupendo juego.

La Invitación: una cena, mucho deseo y demasiadas verdades

Penélope Cruz disfruta cada segundo como Pina, una presencia arrolladora que pone patas arriba la cena y deja al descubierto las grietas de una pareja atrapada en la rutina.

Penélope Cruz, como era de esperar, se lo pasa estupendamente. Su personaje, Pina, entra en escena con una mezcla de naturalidad, desparpajo y peligro que atrapa la mirada. Cruz entiende que la gracia no está en interpretar a una mujer “escandalosa”, sino en comportarse como si aquello que para los demás resulta extraordinario fuese de lo más normal del mundo. Su química con Edward Norton funciona muy bien y, frente a ellos, Rogen y Wilde construyen una pareja que transmite con bastante precisión ese punto incómodo en el que el cariño sigue existiendo, pero la rutina ha empezado a comerse todo lo demás.

La Invitación: una cena, mucho deseo y demasiadas verdades

No queremos hacer spoiler, pero el último tramo tiene miga.

Ese es uno de los grandes aciertos de La Invitación. La película no pretende darte una lección sobre cómo debe ser una pareja ni decide quién tiene razón. Prefiere lanzar preguntas incómodas: cuánto conocemos realmente a la persona con la que vivimos, qué deseos escondemos para mantener la convivencia y si decir la verdad siempre mejora las cosas.
Puede que alguna situación resulte exagerada, pero ahí reside parte de su encanto. La Invitación no busca ser una comedia romántica convencional ni un drama matrimonial con cara de funeral. Quiere hacerte reír, incomodarte un poco y, de paso, mirar a tu pareja —o a la persona que tienes sentada al lado— con una ceja ligeramente levantada.

Y cuando llega el final, mejor resistirse a buscar explicaciones antes de tiempo. No vamos a contar nada, palabra. Solo diremos esto: hay finales que cierran una historia y otros que abren una conversación. El de La Invitación pertenece claramente al segundo grupo.