
La señora F., como la identifica Lenka Milerová, decidió hacer limpieza a lo grande. Tan grande que acabó deshaciéndose de casi toda su finca y quedándose con una vieja pocilga y un pedazo de jardín. De dicho rincón de pasado porcino, la arquitecta proyectó una cabaña brutalista para veranear.
Todo comenzó con una ventana. La propietaria contactó con Lenka Milerová, originaria de la misma comarca, para abrir un amplio hueco en la estancia principal de la hoy cabaña brutalista ubicada en Panoší Újezd, en la República Checa. La clienta quería luz, aire y paisaje, pero, al estudiar la construcción y empezar a intervenir, tanto ella como la autora de la propuesta repararon en que aquella primera idea sabía a poco y que la oportunidad de transformar el espacio era mucho mayor. “Coincidimos en que todo el proyecto debía abordarse con una estética cruda e industrial, recurriendo al hormigón y al acero. Ella mantenía un vínculo emocional con el lugar, por lo que descartamos reconstruirlo desde cero”, explica Milerová.

Una reforma pequeña con ambición de gigante
La cabaña brutalista es diminuta –32 m² construidos y 22 útiles–, aunque su reforma, ejecutada con un presupuesto de 20.000 €, tuvo apetito de gigante, con piedra limpia, ladrillo enfundado en mortero de cemento y varios cortes en los muros que dejaron en anécdota el tímido planteamiento inicial de un único punto de claridad. Las nuevas ventanas se resolvieron con gruesos marcos de hormigón que se deslizan hacia el interior para formar un banco corrido del mismo material. Se trata de la pieza estrella del proyecto, un asiento multitarea donde se puede descansar, almacenar leña o incluso darse un baño.








Tres años de obra y soluciones sobre la marcha para esta cabaña brutalista
La obra se alargó tres años, una eternidad para un inmueble tan pequeño, pero cada fase abría la puerta a la siguiente. Se agregó un baño excavado en la pendiente del terreno y, sobre la marcha, fueron surgiendo distintas soluciones de adaptación. En ese proceso, la señora F. no fue una mera espectadora y llegó incluso a terminar ella misma la cocina exterior. Pero no fue la única ajena al oficio que echó una mano. “Mi padre también acabó involucrándose en el proyecto, soldando los soportes de fijación de la puerta principal”, añade Lenka Milerová.

Retrato de Lenka Milerová. Créditos: Lucie Adamcova.