
El director Alejandro G. Iñárritu presenta la película Digger, una sátira desmesurada sobre el poder, el ego y nuestra necesidad de fabricar héroes incluso cuando ya no queda nada que defender.
Hay algo realmente absurdo en imaginar el fin del mundo y que la mayor preocupación de alguien sea cómo va a quedar en las fotografías. En Digger esto tiene nombre, apellido y una fortuna construida sobre el petróleo. El personaje de Tom Cruise es un magnate que desencadena una catástrofe ambiental y, en lugar de asumir las consecuencias de sus propias acciones, emprende una carrera desesperada por demostrar que todavía puede salvar a la humanidad.
La idea parece sencilla, pero Alejandro G. Iñárritu la utiliza para construir algo mucho más tenso que una simple historia sobre un millonario irresponsable. Porque el verdadero problema no es únicamente quien tiene el poder de hacer las cosas, sino quien consigue convencer al resto de que sus intenciones son buenas. Y es aquí donde Digger comienza a llamar realmente nuestra atención.
El ego también puede ser una cuestión de supervivencia.
Digger Rockwell no es el típico villano que disfruta haciendo el mal. Su personalidad resulta más llamativa precisamente porque parece incapaz de reconocerse como tal. Está acostumbrado a que el dinero resuelva cualquier inconveniente, a que los demás sigan sus órdenes y a que su opinión importe más que cualquier evidencia. Cuando la realidad deja de obedecerle, su primera reacción no es asumir que se ha equivocado, sino que intenta que todo vuelva a estar bajo su control.
Hay personas que prefieren cambiar los hechos antes de admitir que ellos son parte del problema.
En este sentido, Digger plasma una forma de narcisismo que va más allá de la arrogancia. El protagonista necesita verse a sí mismo como una figura imprescindible. No le basta con tener recursos para intervenir en una crisis: necesita que sus acciones confirmen el estatus que él mismo se ha creado. Salvar el mundo se convierte, así, en otra fuente para alimentar su ego.

Digger y la obsesión por controlar la narración.
Vivimos rodeados de discursos que intentan decirnos quién tiene la razón, quién merece nuestra confianza y quién debe cargar con las consecuencias de sus actos. Las grandes fortunas, las instituciones y las figuras públicas no solo compiten por acumular influencia; también necesitan controlar las reacciones ante todo lo que sucede. No es suficiente con actuar; importa más quién cuenta lo ocurrido y desde qué perspectiva lo hace.
La película lleva esta dinámica hasta el extremo. Su protagonista entiende que una crisis puede convertirse en una oportunidad para reconstruir su imagen pública. La posibilidad de ser recordado como un salvador tiene tanta importancia como la amenaza que tiene delante. El desastre deja de ser únicamente una emergencia y se transforma en un escenario donde mostrar su grandeza.
Una de las cosas más destacables es que Iñárritu no necesita convertir a Digger en una copia exacta de una figura reconocible. Su exageración funciona porque reúne comportamientos que hemos aprendido a identificar: la seguridad del que nunca duda, la facilidad para desplazar responsabilidades y la convicción de que cualquier crítica es un ataque personal. El personaje resulta más desagradable cuando deja de resultarnos completamente ficticio.

Tom Cruise se aleja de la figura de héroe que siempre llega a tiempo.
La elección de Tom Cruise como protagonista le da otro toque a la película. Durante años, su figura cinematográfica ha estado asociada a personajes capaces de superar obstáculos imposibles, asumir riesgos físicos y resolver situaciones que nadie más podría afrontar. En Misión Imposible, echar a correr suele ser el primer paso para salvar el día. Aquí, sin embargo, interpreta a un hombre cuya confianza resulta mucho más peligrosa que sus enemigos.
El cambio no consiste simplemente en verlo envejecido e irreconocible bajo la caracterización. Lo interesante es observar cómo utiliza su propia posición para construir un personaje desagradable, caprichoso y con un gran complejo de superioridad. Cruise conserva esa energía desbordante que lo caracteriza, pero la pone al servicio de alguien que no merece la admiración que exige.
El hombre que tantas veces ha salvado el mundo en la pantalla interpreta ahora a alguien que necesita convencernos de que no es el responsable de destruirlo.
Esta contradicción permite ver la trayectoria del actor desde otra perspectiva. ¿Qué pasa cuando el héroe deja de ser una figura moral y se convierte en alguien que necesita protagonizarlo todo? La película encuentra ahí una de sus ideas más sugerentes, aunque su apuesta por la exageración de la realidad no siempre consigue que el humor funcione.

Una catástrofe filmada a lo grande.
La forma visual también importa. Rodada íntegramente en VistaVision, Digger apuesta por una imagen panorámica, composiciones cargadas de detalles y escenarios que refuerzan la sensación de encontrarnos ante un espectáculo fuera de escala. La fotografía de Emmanuel Lubezki acompaña esa ambición con encuadres que convierten los espacios en parte activa de la narración.
Nada parece estar dispuesto a pasar desapercibido. Los interiores, los personajes y sus movimientos contribuyen a crear un universo excesivo, casi artificial, en el que cada gesto parece necesitar una audiencia. Esa decisión encaja con una historia donde la representación importa tanto como los acontecimientos. Hasta la catástrofe parece susceptible de convertirse en espectáculo.
Pero, ¿cómo se critica una cultura obsesionada con el exceso sin terminar participando en ella? Inárritu elige precisamente esta cuestión. Su película no busca la discreción y, por momentos, su insistencia puede resultar agotadora. Sin embargo, esa desmesura también forma parte de lo que intenta poner en cuestión.

¿Quién decide quién merece ser recordado?
Quizá lo más engorroso de Digger sea que no presenta el poder como una cualidad extraordinaria reservada para personas excepcionales, sino como una posición desde la que resulta más fácil imponer una versión de los hechos. Su protagonista quiere sobrevivir a las consecuencias de sus acciones, pero también a la posibilidad de que los demás dejen de confiar en él.
La película no siempre encuentra el equilibrio entre la sátira y el espectáculo, y su ambición puede jugar en su contra. Aun así, plantea una cuestión que trasciende a su personaje: cuando alguien tiene suficientes recursos para construir su propia leyenda, ¿cuánto tarda el resto del mundo en creérsela?
No necesitamos que todos los que están en la cima del poder se crean héroes para que exista un problema. Basta con que algunos puedan permitirse actuar como si lo fueran y dispongan de los medios necesarios para contarnos su versión.
Un desastre puede tener muchas causas, pero siempre hay alguien dispuesto a contar lo que ha pasado a su manera y a decidir quién será recordado por ello.
