El Museo Munch: una nueva forma de hacer arquitectura

El Museo Munch en Oslo, que Juan Herreros y su socio Jens Richter inaugurarán este invierno de 2020, apunta hacia una nueva arquitectura que opera bajo la lógica de la base de datos.

Navegar bases de datos como Youtube, Instagram, Idealista, Gmail, Pornhub, Spotify, Grindr y Tinder, para escrutar, categorizar, catalogar, hacer listas y favoritos no es sólo la forma en la que pasamos una creciente parte de nuestro día a día. Indexar bases de datos se ha convertido además en una forma dominante de producción artística y cultural como han demostrado artistas como Nam June Paik (1932-2006) o Trevor Paglem (1974).

El Museo Munch: una nueva forma de hacer arquitectura

Imágenes superiores: Museo Munch de Juan Herreros y Jens Richter. Fotografía de Guttorm Stilen Johansen

Según el filósofo de medios Lev Manovich (1960) en su artículo “Database as a Genre of New Media” (2000), la incursión de la lógica de las bases de datos como expresión cultural ha supuesto un punto de inflexión para el arte. Si una base de datos es una colección de información relacionada, sin orden, sin principio o final, sin trayectorias de causa y efecto, y sin una única “idea” que conglomere sus partes, es, por lo tanto, incompatible con el modelo de narrativa lineal que ha dominado gran parte de la expresión cultural hasta el momento.

Me veo en Harlem con Juan Herreros (San Lorenzo del Escorial, 1958).

A pocas manzanas de la Universidad de Columbia, donde es profesor de Práctica Profesional de la Escuela de Arquitectura (GSAPP en sus siglas en inglés), Juan Herreros me expone la tendencia que ve emergiendo en la arquitectura dado el aluvión de los procesos de gestión, administrativos y de comunicación, contrarios a la romántica noción de la arquitectura como una práctica creativa solitaria. Herreros se refiere a ellos como “la cara-B” de la arquitectura. “La instrumentalización de estos lenguajes hasta ahora considerados auxiliares al diseño ofrece significativas oportunidades para un nuevo modelo de trabajo”, asegura el catedrático también de la Escuela de Arquitectura de Madrid.

El Museo Munch en Oslo, que Juan Herreros y su socio Jens Richter inaugurarán este invierno de 2020 y que, sin duda, constituye ya un hito para la capital noruega, ejemplifica esta forma de trabajo que el arquitecto describe. De más de 26.000 metros cuadrados, y de organización en altura, Herreros explica la concepción del museo como una cuestión de indexar bases de datos. El proceso de proyecto “ya no puede ser descrito como el esfuerzo por materializar la obsesión de un individuo”, sino más bien “como un proceso de selección y gestión de masivas unidades de información -inputs en forma de datos, referencias, opiniones, o conocimientos expertos- aportados por especialistas, grupos de opinión, colaboradores, clientes y futuros usuarios”, dice Juan Herreros. De esta forma, el Museo Munch es la cristalización de una administración de pactos entre más de un centenar de personas expertas a los que hay que añadir una serie de agentes civiles con voz y criterio que deben ser igualmente escuchados. El edificio, concluye Herreros, fue fruto de un esfuerzo de “recodificación en términos de diseño de documentos objetivos producidos por terceras partes, pero también de otros formatos como los acuerdos alcanzados en mesas de diálogo o enormes series de emails, o las decisiones dirimidas en los medios de comunicación y las redes sociales.”

A diferencia de otras formas de expresión cultural, el producto de la lógica de la base de datos es el establecimiento de interfaces para la navegación y canalización de información. La instalación de Estudio Herreros para la Bienal de Venecia de 2012 llamada “Dialogue Architecture” (Arquitectura del Diálogo), fue un despliegue de este modus operandi. La exposición mostraba un tipo de oficina de arquitectura administradora, donde cada uno de los edificios proyectados se presentaba en paralelo a decenas de autores ajenos a los ortodoxos diseñadores y donde hacer arquitectura se mostraba como sinónimo de configurar interfaces de trabajo. Para el Museo de Munch en Oslo, esto se tradujo en que muchos de los elementos que conforman el edificio se diseñaran ya no en la mesa del arquitecto sino en las cadenas de mensajes de WhatsApp y correos electrónicos en las que se intercambiaban decenas de variables técnicas, legales, ambientales, o artísticas aportadas por expertos, consultores y usuarios.

El Museo Munch: una nueva forma de hacer arquitectura

Imagen superior: Museo Munch de Juan Herreros y Jens Richter, fotografía de Adriá Goula

Y esto no es del todo nuevo para la arquitectura.

La lógica de la base de datos ha inducido, desde su concepción, múltiples y muy diversas formas de trabajo. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, la disciplina vio un progresivo interés por instrumentalizar una creciente presencia de herramientas de gestión de grandes conjuntos de información. El uso de cuestionarios y formularios, la acumulación de datos ciudadanos, o el uso de estadísticas y gráficos dirigieron nuevas formas de trabajo como la “Ekística” de Constantinos Doxiadis, las “Arquitecturas Participativas” de Lucien Kroll, el “Parametricismo” de Luigi Moretti o una sensibilidad para la “Transparencia Operativa” de Rem Koolhaas.

Hoy son los contratos legales, eslóganes, correos electrónicos, entrevistas, campañas publicitarias, acuerdos de confidencialidad, WhatsApps, reuniones, Revit, relaciones públicas y posts de Instagram los ingredientes que Herreros identifica como los nuevos ensamblajes que están transformando las oficinas de diseño. Si el cambio que las bases de datos habían traído consigo para la arquitectura durante el siglo pasado problematizó la hegemonía del “autor”, las nuevas herramientas de gestión ponen en cuestión principios tan fundamentales para la disciplina como la “idea”, la narrativa, y, según Juan Herreros, el poder y el control hasta el detalle por parte del arquitecto, así como lo irrefutable de la presencia física en la obra.

El Museo Munch: una nueva forma de hacer arquitectura

Imagen superior: Museo Munch de Juan Herreros y Jens Richter, fotografía de Adriá Goula

La consecuencia de la inclusión de un número de nuevas voces en el proceso de diseño y el rol del arquitecto como mediador de ellas supone para la arquitectura una forma de trabajo híbrida, difusa, delegada y que desdibuja los límites de las herramientas y disciplinas que el proceso de proyecto de un edificio ha requerido tradicionalmente. La creación de “ideas”, entendidas como germen y planteamiento justificativo de un pensamiento de un solo autor queda un tanto obsoleta frente a una oficina de arquitectura que se establece como una plataforma de gestión de diversas voces creadoras, y cuyos productos se evalúan por su capacidad de hacer converger deseos dispares, y no necesariamente por una aparente congruencia conceptual propiciada por un gesto singular.

Juan Herreros se muestra excepcionalmente optimista respecto a lo que esta nueva forma difusa, delegada y negociada de hacer arquitectura conlleva. “Una nueva generación de oficinas ha aprendido a operar con procedimientos ‘impuros’. [Estas] no necesitan defender a toda costa la visión del arquitecto, sino que se exponen a escuchar, dialogar y considerar cualquier confrontación como una situación productiva en términos de diseño”.

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Texto de Igor Bragado*
*co-director de la firma Common Accounts. Se formó en la oficina de Juan Herreros.

+ www.estudioherreros.com
+ www.commonaccounts.online
+ www.munchmuseet.no