
Entrevistamos a Daniel Riera con motivo de Segona Residència, una exposición que transforma su colección personal en un autorretrato tejido con memoria, deseo e identidad.
Durante años, Daniel Riera ha construido una trayectoria reconocida en la fotografía de moda y retrato, desarrollando una mirada capaz de moverse entre lo editorial y lo íntimo, entre la imagen cuidadosamente construida y la emoción que permanece más allá del encuadre. Sin embargo, Segona Residència propone un acercamiento distinto a su universo creativo. En lugar de mostrarnos las imágenes que ha producido, la exposición nos invita a recorrer aquellas que ha decidido conservar.

Presentada en el nuevo espacio artístico impulsado por Hereu en Poblenou, la muestra reúne una selección de obras procedentes de su colección personal, un archivo construido durante años a través de encuentros, descubrimientos, afectos y obsesiones. Lejos de responder a criterios especulativos o académicos, las piezas trazan un mapa emocional en el que conviven artistas contemporáneos, fotografías históricas, imaginarios queer, cuerpos mitológicos y relatos sobre la memoria, el deseo y la identidad.
Más que una exposición convencional, Segona Residència funciona como una autobiografía indirecta. Cada obra parece dialogar con la siguiente, construyendo una constelación de referencias que habla tanto de los artistas presentes como de quien las reúne. Conversamos con Daniel Riera sobre coleccionismo, memoria, belleza y la vulnerabilidad que implica abrir al público aquello que normalmente permanece dentro de casa.

La exposición parte de tu colección personal, algo que normalmente permanece en el ámbito privado. ¿Qué te hizo decidir abrir ese archivo íntimo al público?
Daniel Riera: La mayoría de las colecciones privadas permanecen así: privadas. Cuando un coleccionista compra una obra, suele desaparecer de la vista pública, a menos que un museo consiga un préstamo y la incluya en una exposición. Me pareció que mostrar una parte de la colección podía ser un ejercicio creativo muy interesante.
Además, coincidió con que Hereu estaba iniciando un proyecto artístico en un nuevo espacio en Poblenou, así que fue sumar dos y dos. Durante un concierto de Raül Refree en ese mismo espacio iniciamos la conversación. Jeric Acuña vino un día a casa, vio el caos que allí florece y empezamos a trabajar. Fue un proceso muy directo: ponerse manos a la obra y empezar a seleccionar qué línea podía encajar en el espacio y representar la colección. En unos tres meses estaba todo listo, libro incluido, que es una pequeña joya de la que solo existen 250 ejemplares.
Segona Residència propone habitar el universo de otro. ¿Qué crees que revela de ti esta “segunda casa” que quizá no aparece en tu trabajo editorial?
Daniel Riera: Creo que la mente humana es muy compleja y que, cuando entramos en el terreno de los deseos, las proyecciones y aquello que nos atrae, estamos hablando de experiencias, símbolos y representaciones que nos mueven, que resuenan en nosotros, que nos interpelan. El arte permite una conversación amable con uno mismo y con aquello que nos inspira, y a través de ella acabamos conociéndonos mejor.
Creo que, al contemplar una colección, el coleccionista también queda retratado y expuesto, de la mejor manera posible: a través de la belleza y del arte.

Muchas de las piezas que coleccionas nacen de relaciones, encuentros o afectos. ¿Podrías hablar de cómo el vínculo emocional influye en lo que decides conservar?
Daniel Riera: He tenido la suerte de tener muchos amigos artistas. Yo mismo estudié Bellas Artes y viví los inicios de carreras espectaculares como las de Susy Gómez o Carles Congost, de quienes conservo trabajos muy queridos y seguramente no los más conocidos.
Cuando descubro a un artista con el que conecto, se produce una especie de enamoramiento. Me ha ocurrido con José Bonell o Toni Molins, artistas muy contemporáneos, pero también con figuras del pasado como Gaston Goor, Will McBride o David Armstrong.
En la exposición hay una convivencia entre acumulación e intuición. ¿Sientes que tu mirada funciona más desde lo instintivo que desde lo conceptual?
Daniel Riera: La pulsión nace más del estómago; es algo bastante instintivo. Aunque sí existe una línea conceptual que voy encontrando con el tiempo, ciertas atracciones recurrentes. Como se suele decir, la cabra tira al monte.
No hay una estrategia definida. Tiene más que ver con lo que voy encontrando, y ese proceso está profundamente ligado a mis viajes, a mi vida y a mis encuentros. El mundo del arte es inmenso y esto no deja de ser una representación mínima de todo ello.
¿Recuerdas el primer objeto o imagen que guardaste con la conciencia de que estabas construyendo algo más grande que un simple recuerdo?
Daniel Riera: Ya durante mis años en Bellas Artes reuní varias obras de amigos, pero la primera vez que fui conscientemente a buscar algo muy concreto fue cuando adquirí una fotografía de Wilhelm von Gloeden en una galería de París. Fue mi primera compra “oficial”.
En ese momento vi claramente que necesitaba más compañía y, seis meses después, ya había incorporado media docena de obras más.

Tu trabajo ha estado muy ligado al retrato y al cuerpo. En esta colección aparecen también estos motivos. ¿Qué te sigue fascinando del cuerpo hoy?
Daniel Riera: El retrato y el cuerpo son materia prima tanto para la pintura como para la fotografía. Hablan de la visión del otro, de la atracción, de la fascinación que sentimos por los demás.
No conozco una forma más hermosa de fijar un recuerdo, un momento o una vivencia que a través de un retrato. Es algo inherente a la fotografía clásica. La vida está hecha de relaciones, encuentros, choques y experiencias con los otros; eso es precisamente lo que nos enriquece.
Gracias a la fotografía he podido situarme frente a grandes personajes de la cultura, pero también frente a personas cuya belleza, rareza o singularidad resultaban extraordinarias. Una fotografía pone en valor una vivencia, un rostro, un encuentro. Y eso sigue emocionándome profundamente.

Hay una presencia clara de lo masculino, pero también de lo mitológico. ¿Cómo dialogan estas dos dimensiones dentro de tu imaginario?
Daniel Riera: Me interesa el cuerpo masculino, pero también sus disidencias y sus ambigüedades. Me fascina el recorrido que ha tenido el desnudo a lo largo de distintas épocas de la historia del arte. Durante mucho tiempo solo se toleraba cuando existía una excusa religiosa o mitológica, y de ahí nace parte de mi interés.
Fue también la forma en que muchos artistas queer, antes incluso de que existiera esa palabra, pudieron dejar constancia de una determinada belleza y sensibilidad.
Lo mitológico me permite acceder a un pensamiento más abstracto y simbólico. Son narrativas que intentan explicar el mundo de otra manera. Me interesa cómo hemos utilizado los monstruos o las máscaras dentro de la cultura, y todo eso está presente, de una forma u otra, en la colección.
Esta exposición no ordena las obras de forma clásica, sino casi como un ecosistema. ¿Te interesa más generar relaciones que ofrecer lecturas cerradas?
Daniel Riera: Cada pieza ayuda a construir una constelación de obras que inevitablemente terminan relacionándose. A veces lo hacen desde la armonía y otras desde la fricción, pero siempre acabo encontrando un sentido a esa convivencia.
Hay parejas maravillosas dentro de la colección. Hydra y las serpientes, de Gaston Goor, dialoga perfectamente con Peleándose con la pincelada, de Pere Llobera. Me apasiona favorecer esos encuentros y observar cómo las obras conversan entre sí.

¿Hasta qué punto esta colección es también un autorretrato indirecto?
Daniel Riera: Creo que, aunque no quisiera, lo sería igualmente. Toda colección es, en cierta medida, un autorretrato.
Me alegra que esta no haya sido construida desde la especulación ni desde aquello que supuestamente toca tener. Forma parte de mi experiencia personal y responde a impulsos mucho más emocionales e intuitivos.
Mostrar una colección personal implica exponerse desde otro lugar, quizá más vulnerable. ¿Ha habido algo que te haya costado especialmente incluir?
Daniel Riera: Hay piezas más anecdóticas que otras y quizá son esas las que más dudas me generan. Los desnudos de Bob Mizer o Bruce of Los Angeles pueden parecer una frivolidad vistos desde el presente, pero en su momento tuvieron una función muy clara: aportar una iconografía queer en tiempos de censura.
Consiguieron convertirse en un producto casi mainstream dentro de un contexto altamente improbable y lo hicieron con una enorme inventiva para esquivar las restricciones de la época.
También me hace feliz conservar archivos procedentes de colecciones privadas como las de Vince Aletti o Roger Peyrefitte, así como fotografías anónimas de personas que documentaron su intimidad para sí mismas. Gracias a ello, hoy conservamos fragmentos de esas vidas.

A lo largo de tu trayectoria has trabajado mucho en moda y editorial. ¿Sientes que este proyecto te permite mostrar una faceta más libre o menos condicionada de tu mirada?
Daniel Riera: Separo bastante ambas facetas. Son mundos que he desarrollado en paralelo.
Mi trabajo como fotógrafo de moda y editorial me ha permitido viajar por todo el mundo, acceder a lugares que probablemente nunca habría conocido de otra manera y encontrarme con personas increíbles. Esos viajes han mantenido muy viva mi curiosidad por otros mundos y por otros artistas.
Muchas de las cosas que he descubierto durante esos desplazamientos han terminado formando parte de mi universo. Todo ello amplía la mirada y abre posibilidades, tanto para mi propio trabajo como para la colección.
¿Qué papel juega la memoria en tu manera de fotografiar y de coleccionar? ¿Confías en ella o intentas fijarla precisamente porque sabes que es frágil?
Daniel Riera: La fotografía es una herramienta maravillosa. No es la vivencia ni la experiencia en sí, pero sí una huella, un documento de aquello que ocurrió.
Tiene un enorme valor como representación, preservación y salvación de la memoria. El mundo no sería el mismo sin toda la iconografía que hemos construido quienes trabajamos con imágenes, junto a los miles de fotógrafos anónimos que han documentado sus propias vidas.
La colección reúne obras de épocas en las que la fotografía era más escasa, más necesaria y más analógica. Conserva ese uso original de fijar un cuerpo, una situación o un deseo de manera bellamente bidimensional.
Trabajos como los de Hervé Guibert, Jared French o Will McBride son auténticos tesoros para mí.

¿Crees que acumulamos imágenes para entendernos mejor o, en realidad, para no olvidarnos?
Daniel Riera: El poder evocador de una imagen es transformador. Las imágenes completan nuestra memoria y nos permiten reconstruir experiencias vividas.
Muchas veces las fotografías que conservamos de la infancia terminan siendo más sólidas que nuestros propios recuerdos, que con el tiempo se difuminan y se reconstruyen.
Si alguien recorriera la exposición sin saber nada de ti, ¿qué te gustaría que sintiera antes que entendiera?
Daniel Riera: Me gustaría que se emocionara. Que percibiera la enorme carga emocional que contienen muchas de las piezas y sintiera curiosidad por descubrir a todos esos artistas.
También me gustaría que ampliara su manera de entender la belleza, la fragilidad y la vida que yo veo reflejadas en estas obras.
Vivimos rodeados de prejuicios y de ideas preconcebidas. A veces alguien dice: “No me gusta Ocaña porque su pintura es naïf”. Sin embargo, dos de las obras que más me emocionan de toda la exposición son precisamente de Ocaña. Son piezas sensibles y tiernas: El enfermo al que se le aparece la Virgen, que suelo tener junto a mi cama, y Muchacho en la ventana. Son dos obras pequeñas, pero inmensas para mí.
Después de abrir esta “segunda residencia”, ¿ha cambiado tu forma de mirar tu propio archivo o incluso tu casa real?
Daniel Riera: Mi casa está un poco patas arriba desde que salieron esas treinta piezas. Se ha quedado desubicada.
Ha sido interesante replantear las paredes y pensar cómo llenar esos huecos con otras obras. También he redescubierto piezas que tenía guardadas y que ahora siento que deberían estar enmarcadas y visibles.
Además, me he dado cuenta de que necesito algo más de orden y una mejor gestión de todos los libros y revistas que acumulo, e incluso encontrar nuevas paredes donde poder mostrar más obras.
Cada movimiento genera otros movimientos. En mi proceso interno necesito sentir que cada pieza ocupa el lugar adecuado y que está acompañada por obras con las que pueda mantener una conversación interesante.
La exposición de Daniel Riera se puede visitar hasta el 9 de julio de 2026 en Segona Residència, carrer Pere IV, 78, 4º5ª, Barcelona.